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Oriente Medio: dueños de su propio destino (1)

Por Joshua Muravchik 

Mapa de Oriente Medio
"A juicio de Karsh, 'la representación de los Acuerdos de Sykes-Picot como epítome de la perfidia occidental no podría estar más alejada de la verdad'. Lejos de perseguir la subyugación de los árabes, fue 'la primera vez en la historia en que una gran potencia reconocía el derecho de los árabes a la autodeterminación'"

«La tensión ha sido alimentada por el colonialismo, que negó derechos y oportunidades a muchos musulmanes, y una Guerra Fría en la que a menudo se utilizaba a los países de mayoría musulmana como agentes, sin tener en cuenta sus aspiraciones». Eso dijo Barack Obama en El Cairo a los cinco meses de acceder a la presidencia, en un discurso formulado como el eje del primer objetivo de su política exterior: mejorar las relaciones de EEUU con el mundo musulmán. Obama estaba verbalizando la idea, muy extendida entre los comentaristas y líderes occidentales, de que las agonías de Oriente Medio son imputables al duro trato a la región por parte de las potencias occidentales: primero los colonialistas europeos y después los americanos de la Guerra Fría. En tanto que los efectos colaterales de las turbulencias regionales alcanzan a Occidente, eso es como decir que quien siembra vientos recoge tempestades.

Efraim Karsh, profesor distinguido de Estudios sobre Oriente Medio en la Universidad Bar Ilán de Israel y profesor emérito en el King’s College de Londres, apunta hacia esta suposición en su reciente y breve libro, The Tail Wags the Dog (La cola mueve al perro). «Las influencias externas, por muy potentes que fuesen, han desempeñado un papel secundario», sostiene Karsh, y no han constituido ni la fuerza principal subyacente al desarrollo político de la región ni la causa primera de su notoria volatilidad». Durante la Guerra Fría, por muy egoísta que fuese el trato deparado por las superpotencias rivales a Oriente Medio, se vieron «una y otra vez (…) impotentes para controlar un desarrollo no deseado». Hoy,

la región se está precipitando a un regreso al futuro [por ejemplo, el islamismo y el salafismo] y no hay absolutamente nada que las naciones occidentales puedan hacer para revertirlo.

Más llamativamente, Karsh cuestiona la creencia popular de que los destinos de las principales entidades de Oriente Medio –Siria, el Líbano, Israel, Palestina, Jordania e Irak– fueron en gran parte determinados por Gran Bretaña y Francia, que se repartieron el botín arrebatado a Turquía en la I Guerra Mundial. La fuerza motriz que impulsó esa expansión no fue Lloyd George ni Clemenceau, sino un aventurero local:

No fue el Gobierno británico, sino Husein, jerife de La Meca, perpetrador de la Gran Revuelta Árabe contra el Imperio Otomano, quien dio el empuje inicial a la creación del Oriente Medio contemporáneo, maniobrando ente el mayor imperio del planeta a fin de que se expandiera más allá de sus planes originales para el periodo de postguerra.

Karsh defiende los infames Acuerdos de Sykes-Picot de 1916, la negociación secreta entre Londres y París. A juicio de Karsh, “la representación de los Acuerdos de Sykes-Picot como epítome de la perfidia occidental no podría estar más alejada de la verdad”. Lejos de perseguir la subyugación de los árabes, fue «la primera vez en la historia en que una gran potencia reconocía el derecho de los árabes a la autodeterminación».

En lugar de los europeos occidentales, fueron los otomanos, sus correligionarios musulmanes, los principales colonizadores de los árabes, y lo que provocó el expolio del Imperio Otomano no fue la avaricia de Occidente sino la suya propia. Por muy decrépito que estuviese su imperio, dice Karsh, los otomanos habrían podido mantenerlo intacto si no hubiesen entrado en la guerra, y esta decisión no les fue impuesta, sino que lo hicieron deliberadamente con la esperanza de ganar ventaja sobre su gran potencia rival, Rusia.

Efraim Karsh, The Tail Wags the Dog, Bloomsbury, 2015, 256 páginas.

© Versión original (en inglés): Commentary.
© Versión en español: Revista El Medio