Contextos

Oded Revivi, pontífice

Por Mario Noya 

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"'La paz se cultiva durante generaciones, por medio de los vínculos y las relaciones personales, no [surge de] firmas ceremoniales en los jardines de la Casa Blanca', sentencia este colono inverosímil que aboga por que haya más y no menos contactos entre israelíes y palestinos, y se muestra esperanzado por el nuevo 'approach' al conflicto que está desplegando la Administración Trump, a la que de todas formas aconseja que se lo tome con calma"

Oded Revivi (Ramat Gan, 1959), que fue abogado, que fue tanquista en el Ejército israelí, ahora y desde hace ya diez años es alcalde de Efrat y, siempre que le dejan y pueden, pontífice; sí, alguien que construye puentes.

Revivi es también el encargado de las relaciones internacionales del Consejo de Yesha, la entidad que agrupa a los israelíes residentes en los territorios que él no llama “palestinos”, tampoco “Cisjordania” ni “la Margen Occidental [del río Jordán]”, sino “Judea y Samaria”. Esos israelíes y sus comunidades (que, desintoxica, no son “fortines provisionales como la palabra asentamiento sugiere, sino pueblos y ciudades […] con sus centros comerciales, sus edificios altos, sus fábricas y [hasta] una gran universidad”) están ahí, en su tierra ancestral, para quedarse, advierte, “y cualquier acuerdo de paz futuro habrá de tener en cuenta esta realidad”, que comprende otra certeza: tampoco se van a ir de allí los residentes árabes, los palestinos que a Revivi, colono con mando en plaza, no le estorban ni molestan. “En la actualidad, más de medio millón de israelíes residen en menos del 2% de Judea y Samaria, y muchos más palestinos pueblan en torno al 20% de la misma área”, escribió hace un año. “Ambas poblaciones son permanentes y ninguna de las dos va a ser desarraigada de sus hogares. Una vez interioricemos esta realidad, la paz será mucho más fácil de alcanzar”.

El artículo donde Revivi escribió eso se titulaba “Si no somos el obstáculo, quizá seamos la solución”, y en él el sumo pontífice de Efrat, comunidad judía que serpentea entre Hebrón y Belén, hacía un encendido elogio de la empresa colonial israelí en los territorios. Y es que considera que los asentamientos que no son tales sin lugar a dudas son formidables dinamos que energizan la región, haciéndola más próspera y habitable para todos. “Tomemos Efrat como ejemplo. Actualmente tenemos 10.000 residentes, y cada día vienen a trabajar 1.000 palestinos. La ciudad está planeada para [albergar a] 70.000 personas, lo que supondría la creación de miles de nuevos empleos con salarios elevados para los palestinos locales”.

Puentes y sinergias. Estrategias win-win buenas para todos. ¿Para todos? No. “La Autoridad Palestina (AP) entiende que nuestras comunidades representan una amenaza existencial para su liderazgo porque procuramos los empleos que ella no procura”, denuncia.

Y lamenta que los grandes perjudicados por este estado de cosas sean los palestinos de a pie, que –asegura– quieren vivir en paz y que sus comunidades prosperen como las de sus vecinos judíos pero que no pueden decirlo en público porque no viven en un régimen de libertades –sus plazas no pasan el test Sharansky–, sino en uno que los reprime y condena a una supervivencia de vasallos enfeudados a unos señores que no lo son, por corruptos y ladrones:

La Autoridad Palestina está en bancarrota. Ha dilapidado miles de millones de dólares en ayuda internacional y rechazado cada oferta israelí de tierras por paz, razón por la cual no tienen un Estado.

“El camino a la paz puede que sea largo y, siendo realistas, quizá lleve décadas”, ha escrito Revivi, que piensa como pontífice, con visión a largo plazo, y clama por un cambio de paradigmas, por no seguir los frustrantes caminos trillados que no han llevado a ningún lado. “Empezará con diálogo y construyendo puentes, no muros”, insiste.

Y predica con el ejemplo. Invitando a líderes locales árabes a festejar Sucot en la sucá comunitaria de Efrat (y removiendo cielo y tierra para conseguir su liberación luego de que la AP los apresara por “conspirar con el enemigo”). Ofreciendo a las aldeas árabes vecinas la red de saneamiento de aguas de su ciudad (pero las presiones de los elementos más fanatizados de las mismas echaron abajo el plan porque –¿quiénes son los segregacionistas que quieren imponer el apartheid?– “no iban a permitir que las aguas residuales árabes fluyeran junto con las judías”). Y hasta abogando por el desmantelamiento de la valla de seguridad/muro de separación que levantó su propio partido Likud para poner fin al espanto del terrorismo suicida que signó la Segunda Intifada. “Nosotros estamos aquí, y también están ellos (como están el Ejército y la Policía). Las soluciones deben alcanzarse por medio del diálogo entre los vecinos de la zona”, no ceja Revivi. “Hemos de encontrar la manera de crear una infraestructura que lleve a la cooperación entre los dos pueblos sin (…) que alguien que se toma un café con sus vecinos judíos pueda convertirse en la siguiente víctima de la paz” cargada de Oslo.

“La paz se cultiva durante generaciones, por medio de los vínculos y las relaciones personales, no [surge de] firmas ceremoniales en los jardines de la Casa Blanca”, sentencia este colono inverosímil que aboga por que haya más y no menos contactos entre israelíes y palestinos (“La mayoría de los israelíes y los palestinos rara vez interactúan a diario. La excepción son los 450.000 israelíes y el millón largo de palestinos que viven los unos al lado de los otros en Judea y Samaria”), y se muestra esperanzado por el nuevo approach al conflicto que está desplegando la Administración Trump, a la que de todas formas aconseja que se lo tome con calma:

Si el Rey de los Acuerdos [como gusta de presentarse Donald Trump] (…) quiere forjar el acuerdo definitivo [entre los israelíes y los palestinos], necesitará bastante paciencia, porque, como los rascacielos que llevan su nombre, tendrá que construirlo desde los cimientos, ladrillo a ladrillo.

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“¡Perturbadlos con los hechos!”. Oded Revivi pide a los suyos que combatan la israelofobia con la realidad, arma formidable que deja en evidencia hasta a los diplomáticos europeos que se reúnen con él con toda la carga a cuestas de sus prejuicios y prevenciones y que –nos contó el otro día a un grupo de periodistas y políticos españoles en una bodega-restaurante de Efrat–, a veces, desarmados por este demonio que no huele a azufre y dice cosas perfectamente razonables y sensatas, intentan una última maniobra y sin querer se rinden diciéndole, ¿suplicándole?: “Ahora tráenos a un colono normal”. O sea, al hombre de paja que les dobla la espalda con toda esa carga tóxica de distorsiones.