Contextos

'Ocupación', 'conflicto' y otras justificaciones del terrorismo

Por Carmelo Jordá 

Terroristas de Hamás.
"En esta ocasión, el ejemplo de lo peor del periodismo antiisraelí e incluso antisemita lo ha dado 'El Periódico de Catalunya' con una nauseabunda columna de su coordinador de Opinión, Joan Cañete Bayle"

Aunque la situación dista mucho de ser la ideal, los que recordamos cómo era la prensa española hace unos años tenemos que admitir que antes la información sobre Israel era aún más sesgada y que, con esa cierta perspectiva, lo que hemos podido ver y leer sobre el último atentado en Jerusalén habría sido mucho peor hace un decenio.

Internet ha sido el gran factor que ha facilitado el cambio. En primer lugar, algunos medios modestos han logrado romper el monopolio de los grandes periódicos y las televisiones y ofrecer otra versión de los hechos, más ajustada a la verdad y frente a la que es más difícil sostener un discurso basado en mentiras, medias verdades y opiniones sesgadas.

La segunda cuestión yo creo que ha sido aún más importante: la posibilidad de saber con exactitud cuántos lectores tiene cada noticia ha servido para ajustar la información sobre Israel a la demanda real, y el país hebreo ha dejado de ser el rey de una información internacional que, como tantas cosas, interesaba más a los periodistas con una agenda muy concreta que al lector habitual de prensa en España, así que cada día el periodista propalestino de turno tiene menos posibilidades de colocarle su mercancía averiada al redactor jefe o al director.

La culpa de todo la tiene la ocupación

Hasta aquí lo que podríamos denominar buenas noticias, porque en todo esto sigue habiendo una parte mala o incluso siniestra: el tratamiento mejora pero tampoco es el que debería ser. Sí, es algo que podríamos decir sobre la mayoría de la prensa española a la hora de lidiar con el terrorismo (y mira que tiene delito que nos pase eso en España), pero que empeora tremendamente si hablamos de Israel.

En esta ocasión, el ejemplo de lo peor del periodismo antiisraelí e incluso antisemita lo ha dado El Periódico de Catalunya con una nauseabunda columna de su coordinador de Opinión, Joan Cañete Bayle. Amén de varias inexactitudes, en las que no me voy a detener ahora, la tesis central es que el de Jerusalén no es terrorismo fanático como sí lo es el de los atentados de Niza o Berlín, sino un producto de “la ocupación” que los malvados israelíes ejercen sobre los palestinos, pobres víctimas que, como diría Miguel Urbán, “no ven otra salida que inmolarse”.

Ya de por sí es bastante repugnante adjudicar al terrorismo unas causas que lo explican tanto que en la práctica lo justifican; pero si además para hacerlo cambias el orden de los hechos, la arcada se convierte en vómito asegurado: el terrorismo palestino, por ejemplo, no es una reacción a la valla defensiva que rodea Cisjordania, sino que ésta fue una respuesta, y muy exitosa por cierto, a los salvajes ataques terroristas de la Segunda Intifada.

Además, si la ocupación fuese el problema real, se habría solucionado ya en la mesa de negociaciones, donde Israel ha ofrecido poner fin a la misma en numerosas ocasiones. Pero no ha sido el caso. Los palestinos siempre han dicho no.

Del mismo modo, la pobreza no es la causa de los ataques terroristas ni entre una población árabe israelí que disfruta de un nivel de vida por encima de la media de los países del Oriente Medio; ni entre los palestinos de Cisjordania, que en cuanto se han dedicado más a trabajar que a matar han visto progresar su economía; ni en ningún otro lugar del mundo, ya que, de ser así, el África Negra, Bangladesh y ciertas zonas de Iberoamérica serían un hervidero de terroristas y sólo son un hervidero de gente que trata de salir adelante y ganarse la vida.

No: la culpa del terrorismo palestino no la tiene la ocupación, como la culpa del terrorismo etarra no la tenía “el conflicto” artificialmente creado por los propios asesinos. Aquí, allá y acullá, cuando hay un terrorista, la culpa es de una ideología lo suficientemente fanática como para convencer a algunos de que merece la pena segar vidas por ella. Unas veces es un nacionalismo cerril y teñido de rojo; otras, un totalitarismo teocrático y salvaje; y a veces, incluso, una extraña mezcla de los dos anteriores.