Contextos

Obama: Putin no colabora en Siria debido a la Guerra Fría

Por Lee Smith 

Vladímir Putin, presidente de Rusia.
"La claridad de Putin y su intransigencia son lo que han hecho del Kremlin, y no de la Casa Blanca, el lugar al que se dirige cualquiera que desee tratar el tema de Siria"

En su rueda de prensa conjunta con David Cameron del pasado lunes, Barack Obama afirmó que la razón por la que Moscú no está de acuerdo con la Casa Blanca respecto a Siria es la Guerra Fría. “No creo que sea un secreto que perdura cierta desconfianza entre Rusia y otros miembros del G8 u Occidente”, dijo Obama. “Han pasado varias décadas desde que Rusia y el bloque oriental se transformaron. Pero parte de ese recelo sigue existiendo”.

Al parecer, Obama no puede (o no quiere) reconocer que las opiniones de la Casa Blanca y de Rusia respecto a Siria son diferentes no porque los vestigios de la enemistad durante la Guerra Fría hayan clavado una estaca en el corazón de la armonía internacional, sino, simplemente, porque los intereses de ambos países son diferentes. Pero eso supone asumir que realmente lo son. De hecho, la diferencia más evidente es que Vladímir Putin se muestra claro respecto a lo que quiere en Siria y Obama no. De las muchas razones ofrecidas para explicar la negativa del mandatario ruso a abandonar a Bashar al Asad, quizá la más significativa sea ésta: ¿por qué debería permitir que la Casa Blanca obtenga una fácil victoria derrocando a Asad, cuando a Moscú le cuesta igual de poco bloquear a Obama y mantener en su puesto al presidente sirio?

La claridad de Putin y su intransigencia son lo que han hecho del Kremlin, y no de la Casa Blanca, el lugar al que se dirige cualquiera que desee tratar el tema de Siria. El próximo viernes visitará Rusia el secretario general de la ONU, Ban Ki Moon, el último de una serie de interlocutores que han buscado el consejo de Moscú al respecto, entre los que se cuentan el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu; el ministro de Exteriores jordano, Naser Yudeh; el premier británico, David Cameron, y John Kerry. La semana pasada, Putin hizo que este último le esperara durante tres horas, pero el estadounidense obtuvo lo que venía buscando, una conferencia de paz conjunta con Rusia que se celebrará en algún momento del mes próximo.

La Administración Obama no desea prejuzgar el resultado de las conversaciones. Kerry dijo que, como “individuo”, le resulta imposible ver a Asad gobernando Siria en el futuro, pero que no es él quien debe decidirlo. Pero lo que el secretario de Estado sienta como “individuo” es intrascendente. Como principal diplomático de la Administración, su trabajo consiste en representar y ayudar a poner en práctica la política presidencial, que Obama formuló claramente en agosto de 2011: Asad debe hacerse a un lado. Puede que el problema de Kerry sea que no está claro que el presidente siga pensando lo mismo.

De hecho, durante la conferencia de prensa con Cameron, Obama pareció retractarse de sus exigencias respecto a la partida del dirigente sirio. Explicó que el objetivo era ahora “negociar una transición política pacífica que conduzca a la marcha de Asad, pero que mantenga intacto el Estado sirio.” En otras palabras, la marcha de Asad no es una condición para cualquier acuerdo político, que es lo mismo que llevan sosteniendo los rusos desde hace mucho tiempo. En vez de eso, dice Putin, las negociaciones conducirán a un proceso a cuyo término las partes interesadas podrán decidir quién gobernará Siria: Asad u otra persona. En resumidas cuentas: la Casa Blanca ha hecho suya la postura rusa. 

Con los bombardeos del pasado fin de semana en Reyhanli, una ciudad turca próxima a la frontera siria, en los que murieron 46 personas, Asad proporcionó a los rusos un montón de fichas para que las usen por él en la conferencia de paz. Si bien el presidente sirio no puede tomar represalias contra Israel por los dos ataques contra Damasco que tuvieron como objetivo armamento iraní, aún puede complicar la vida a otros aliados estadounidenses, como Turquía. Ésa es la posición negociadora de Asad, que los rusos no tendrán demasiado problema en representar: claro que sí, decíos a vosotros mismos que al término de esta transición todas las partes implicadas en Siria decidirán que Asad debe irse, o todo el mundo excepto él mismo; y si tratáis de obligarle a marcharse, prenderá fuego a la región, empezando por dos de vuestros aliados, Turquía y Jordania.

El reportaje del Washington Post del fin de semana pasado muestra que las fuerzas de Asad, con la ayuda de Irán, de Hezbolá y de las milicias entrenadas por los iraníes, están a la ofensiva; este reportaje se suma a otros análisis que afirman que puede ganar un hombre a quien se llegó a creer destinado a perder no sólo el poder sino la vida. “¿Han vacilado los Estados Unidos respecto a Siria tanto como para dejarle ganar?”, pregunta Liz Sly, reportera del Post, en un tweet. “¿Era ése el objetivo?”. Sea como fuere, si Asad –un hombre cuya desaparición la Casa Blanca consideraba cuestión de tiempo, no una mera posibilidad– se sale con la suya deberá agradecérselo no sólo a Irán y Rusia, también a Obama.

The Weekly Standard