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Obama frente a Israel: si al menos tuviera corazón...

Por John Podhoretz 

Barack Obama.
"'Aliado' deja meridianamente claro lo difícil que ha debido de ser para alguien encargado de salvaguardar la relación especial entre Israel y EEUU trabajar con un presidente y un equipo que son por defecto o por ideología manifiestamente hostiles al Estado judío, o a la mera idea de la existencia de un Estado judío"

No sé si he leído jamás un libro tan revelador como Aliado, del historiador Michael Oren, las impresionantes memorias de sus cuatro años como embajador de Israel en EEUU. Lo que ha escrito Oren es un relato de su servicio como diplomático durante una guerra fría, la que lanzó la Administración Obama contra Israel en cuanto asumió el poder. Por mucho que desde fuera se viera que las cosas entre la gente de Obama y los israelíes iban mal, lo cierto es que desde dentro lucían aún peor. La cruda animadversión de la Administración está alarmantemente presente en casi cada una de las 374 páginas del texto, y va mucho más allá de la problemática relación entre el presidente y el jefe de Oren, Benjamín Netanyahu. La primera reunión de Oren en el Departamento de Estado con el entonces vicesecretario de Estado, Jim Steinberg, marcó el tono:

Era un pescador entregado, famoso por hacer moscas en su tiempo libre. Verdaderamente, la actitud de Steinberg hacia el Estado judío evocaba el viejo adagio israelí: “Nos quiere como el pescador quiere al pez”.

Más tarde Oren sería maltratado verbalmente, de manera harto irracional, por otro funcionario del Departamento de Estado, Tom Nides, cuando los esfuerzos palestinos por conseguir el reconocimiento del Estado palestino en la ONU amenazaron con desembocar en una ley de larga data aprobada por el Congreso para romper relaciones diplomáticas y económicas con ellos. “No querrás que la jodida ONU se venga abajo por vuestro jodido conflicto con los palestinos, y que caiga también la jodida Autoridad Palestina”, le dirá un enfurecido Nides a Oren.

Incluso los gestos de afecto y los actos de apoyo de la Administración estaban a menudo cargados. Oren usa el término hebreo para “abrazo”, chibuk, a la hora de describir los cínicos esfuerzos por “mantenernos cerca” y restringir la libertad israelí de acción:

Los aportes norteamericanos al sistema misilístico de defensa de las Fuerzas de Defensa de Israel, por ejemplo, contrarrestaban la defensa israelí de un ataque preventivo contra las plantas nucleares iraníes, y generaban más tiempo para las negociaciones.

Sus tratos con los medios de élite también fueron desagradables. Oren llamó al responsable de la página editorial del New York Times, Andrew Rosenthal, luego de que el diario publicara un artículo del presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, en el que éste sugería que los árabes habían aceptado el plan de partición de la ONU de 1947. La conversación fue como sigue:

“Cuando escribo para el ‘Times’, los comprobadores de datos examinan cada palabra”, dije para empezar. “¿Ha comprobado alguien que Abás da los datos completamente cambiados?”.

“Es tu opinión”, replicó Rosenthal.

“Soy historiador, Andy, y hay opiniones y hay hechos. Que los árabes rechazaron la partición y los judíos la aceptaron es un hecho irrefutable”.

“En tu opinión”.

“Dime, ¿las fuerzas aliadas desembarcaron en Normandía el 6 de junio de 1944?”.

“Puede que algunos lo vean así”, replicó Rosenthal.

Hay pasajes de Aliado que encuentro desconcertantes –sobre todo las repetidas protestas por cómo ciertos políticos y medios con los que Oren estableció relaciones personales se preocupan por Israel pero no lo demuestran de palabra u obra. (Y dudo mucho de que el actor y director Ben Affleck tenga “un conocimiento de estadista sobre Oriente Medio, pues lo estudió en la universidad”)–. Aun así, Aliado deja meridianamente claro lo difícil que ha debido de ser para alguien encargado de salvaguardar la relación especial entre Israel y EEUU trabajar con un presidente y un equipo que son por defecto o por ideología manifiestamente hostiles al Estado judío, o a la mera idea de la existencia de un Estado judío.

Oren rememora cómo él mismo cayó presa del Romance Obama en 2008. Pero eso fue antes de que supiera de la honda frialdad de Obama, “un frío [que] lo distancia de los aliados tradicionales de América –no sólo de Israel–, cuyos embajadores se me quejaban de la inaudita indiferencia de la Administración“. “El problema de Obama no es que se haga el sordo”, se lamentó un colega europeo. “Es que tiene un corazón de hojalata”.

Pero no fue su corazón de hojalata lo que llevó a Obama a lanzar su guerra fría contra Israel. Sino su ideología de pacotilla.

Michael B. Oren, Ally. My Journey Across the American-Israeli Divide, Penguin, 2015.

© Versión original (en inglés): Commentary
© Versión en español: Revista El Medio