Contextos

Nostalgia del 98

Por Juan Luis Chulilla 

Banderas de Palestina e Israel.
"En 1998 hablábamos de paz y del futuro en unos términos que hoy me generan una intensa nostalgia. Entonces, la paz parecía razonablemente posible""La colonia española que conocí en el 98 (periodistas, miembros de ONG) vivía en una singular burbuja, aislada en su mayor parte de la sociedad israelí y viviendo una experiencia extremadamente mediada de la realidad árabe""Desgraciadamente, lo que no ha cambiado desde entonces es la cobertura pornográfica que los medios de comunicación españoles hacen (salvo honrosas o puntuales excepciones) de la zona y de sus sucesivos conflictos. Empleo 'pornográfico' como descripción en el mismo sentido que se aplicaba al 'Der Sturmer' de J. Streicher: contenidos gruesos, escandalosos, provocadores, maniqueos y esencialmente falsos""Si el público español y de habla hispana tuviera más fácil acceso a otro tipo de contenidos sobre la zona, es posible que el producto pornográfico perdiera interés para todos salvo para los más irreductibles equivalentes en el siglo XXI del lector de 'Der Sturmer', para quienes el 'sionismo' es el culpable exclusivo de los males no de la zona, sino de la humanidad entera"

Hace 17 años, por estas fechas, vivía en Jerusalén. Tuve la enorme suerte de que me aceptaran en una beca de intercambio entre la Universidad Complutense de Madrid y la Universidad Hebrea de Jerusalén como fellow researcher en el programa dirigido desde la Rothberg School for Overseas Students.

Cuando aterricé, no podía sospechar en aquellos días que el impacto académico quedaría completamente eclipsado por el impacto personal que me supusieron aquellos meses. Los cambios personales fueron múltiples y profundos, y siguen siendo un componente importante de la persona que soy en 2015.

Este impacto se debió a que pude aprovechar una oportunidad que hoy resulta básicamente imposible: desplazarme con libertad y sin peligro por todo el territorio de mayoría musulmana. Una vez terminó mi aterrizaje y aclimatación, no pude sino rechazar el esquema de visitas en grupo, guiadas y programadas, que ofrecía la universidad a todos los estudiantes. No albergo ninguna crítica a este programa, que permitía un amplio abanico de experiencias a los estudiantes compatible con la apretada agenda de estudios.

Sin embargo, algo muy dentro de mí me hizo tomar otro camino. En las pocas excursiones en las que participé en las primeras semanas, me reconcomía la sensación de estar pasando al lado de experiencias ajenas a mi vida anterior sin poder participar de ellas. Veía la vida, las vidas, bullir a sus ritmos mientras el guía desgranaba para nosotros la información relevante para cada visita. Acudí a Israel en calidad de antropólogo en plena formación. La antropología es y sigue siendo mi vocación, porque no me puedo resistir a comprobar de primera mano cómo se mira el mundo con otros ojos y se habla de él con otras voces.

El primer paso por mi cuenta fue recorrer Ha’ir Ha’atiká, la Ciudad Vieja de Jerusalén, fuera de los circuitos turísticos. Cogía un taxi colectivo (sherut o service, árabe las más de las veces) y me plantaba en la Puerta de Damasco. A partir de ahí, mis pies se iban haciendo poco a poco con el mapa de las callejuelas, y acababa por encontrarme con distintos habitantes que me habrían las puertas de sus negocios, de sus casas, y dedicábamos algo de ese tiempo lento de la Ciudad Vieja a que me contaran su versión de la Ciudad y la Situación. La situación del proceso de paz antes de que descarrilara, con Rabin muerto no hacía mucho, con incertidumbre pero también con esperanza.

Una persona me llevó a otra, y fui ampliando mis recorridos por los barrios de Jerusalén, de Sheij Yarrá y la American Colony a Rehavia, Talpiot, Mahaneh Yehuda y un largo etcétera. Me faltaba el tiempo, necesitaba un caleidoscopio más complejo, más voces para un cuadro que nunca se iba a completar. Y en la propia Puerta de Damasco, los conductores de sherut me invitaban a viajes que hoy no sabría si tomar: “Ramallah, Ramallah, Ramallah…”, “Beth Lejem, Beth Lejem, Beth Lejem…”. En aquella época no lo dudé, porque además me azuzaba algo cercano al hambre: mi beca era limitada, y en Ramala podía comer muy barato.

Muy barato… o gratis. En más de una ocasión, tan sólo por preguntar por el nombre de una calle y responder a la pregunta sobre mi nacionalidad con un titubeante “Aná hisbani” (soy español) me encontraba comiendo gratis sin buscarlo. Y junto a la comida, otra historia, otra recriminación, otra esperanza, siempre envueltos en el valor supremo de la hospitalidad. Durante esos meses, hablé con todo el que quiso hablar conmigo, sin limitaciones de credo o ideología y sin miedo, una vez que la vida diaria se llevó por delante los prejuicios que traía conmigo por mi exposición a los medios de comunicación españoles.

Posiblemente, la mayor recompensa que obtuve fue tratar con toda esa variedad de personas. Hoy suena inimaginable hablar tranquilamente con un grupo de islamistas, por ejemplo. Se diría que se pone la vida en riesgo sólo por reunirte con ellos, y no sin razón. Pero en aquellos días era posible, con tal de haber entablado contacto con personas más moderadas (o, para el caso, con trabajadores de ONG). Quería ir más allá de los retratos mediáticos y ver cómo reaccionaban ante quien no simpatizara con su causa, y comprobé que el interés era razonablemente mutuo –insisto, en aquellos días–. No es algo que después de 2001 recomendara a nadie que no adoptara fortísimas medidas de seguridad, y aun así… Pero en aquellos días se podía. Yo pude.

Mucho más importante para mi futuro fue comenzar a hacer amigos israelíes. Si el palestino es una figura desvirtuada por los medios de comunicación, aún lo es más el israelí (o, como desgraciadamente se sigue repitiendo, “el israelita”). Su condición de judío choca con el antisemitismo, que sigue incomprensiblemente vivo en un país de judíos invisibles como es España.

No tengo problema en reconocer que acudía al trato con israelíes con una mochila cargada de prejuicios, derivados tanto de la visión mediática como de mis años de formación en Ciencias Políticas y Sociología de la Complutense. Sin embargo, el deseo irrefrenable de querer hablar con todos me llevó a eso, a hablar. Con israelíes. Desde el primer día, al vivir entre ellos. Y la mochila de prejuicios me duró bien poco al tratar de manera continuada con personas que no podía imaginar tan cercanas a mi vida, a mis esperanzas y a mis objetivos. Me fui encontrando con los que acabaron siendo algunos de mis mejores amigos, a los que sigo visitando cada pocos años en Israel o acuden a mi casa cada vez que pueden.

Algo que ha cambiado a peor desde aquellos días es la esperanza. En 1998 hablábamos de paz y del futuro en unos términos que hoy me generan una intensa nostalgia. Entonces, la paz parecía razonablemente posible, y con ella la prosperidad a la que aspira cada persona, cada familia: ganarse la vida, ver crecer a los niños y cuidar de los mayores. Nada más. Y nada menos. Mis amigos israelíes no eran en aquellos días escépticos respecto al proceso de paz, por más que las dudas fueran razonables. Los árabes con los que traté eran menos optimistas, lo que tenía todo el sentido, pero detrás de todas las posiciones e intereses estaba y está la posición del ciudadano común, que aspira a una paz sencilla en la que ocuparse con tranquilidad de sus asuntos.

No puedo dejar de señalar que mi privilegio fue una elección personal. La colonia española que conocí en el 98 (periodistas, miembros de ONG) vivía en una singular burbuja, aislada en su mayor parte de la sociedad israelí y viviendo una experiencia extremadamente mediada de la realidad árabe, en la que no entraba, para empezar a hablar, la distinción entre palestinos y “árabes del 48″, como los de Abu Gosh, por poner un ejemplo. Realmente, la mayor parte de la sociabilidad de esa colonia era endógama o, todo lo más, con otros grupos de expats. Y de esos mimbres salían las crónicas sobre el conflicto israelo-palestino.

Después de aquella estadía vinieron otras, pero ya no fue lo mismo. Ya había tenido lugar la Segunda Intifada, y después la guerra de Irak de 2003. Como español, ya no era recibido por los árabes con la calidez y la apertura de años atrás. Una de las frases más comunes era “ya sé que los españoles no sois como vuestro Gobierno, pero…”, como comienzo de una perorata que arrancaba con la foto de las Azores.

La seguridad, por supuesto, era cosa del pasado. La Segunda Intifada me la pasé pendiente del email y del teléfono, hasta saber si un atentado en Ben Yehuda había pillado o no a alguno de mis amigos que podían pasar por allí. Y el 19 de agosto de 2003 no fui una de las víctimas del atentado en Shmuel Hanavi porque no cogí ese día el autobús que solía coger debido a un intenso dolor de pies que me llevó a tomar un taxi. Ya no pude hacer los recorridos que hacía en Judea y Samaria, ni recorrer con tranquilidad calles que antes no me suponían ningún problema. Nunca pude enseñar a mi mujer y mis hijos los espacios que conocí en el 98, por consideraciones que ahora tenía que tener sobre la seguridad.

A veces el recuerdo me acude con especial intensidad, con y sin motivo. Me recuerdo andando, o sentado en un café junto al enésimo desconocido que estaba dejando de serlo. No siempre me resulta fácil volver a aceptar que esos días no van a volver, no sólo por pasados sino por irrepetibles. Ojalá me equivoque, pero la sensatez me mueve a pensar en una solución que, en el mejor de los casos, distará de ser lo que deseaba el común de los ciudadanos de entonces.

Desgraciadamente, lo que no ha cambiado desde entonces es la cobertura pornográfica que los medios de comunicación españoles hacen (salvo honrosas o puntuales excepciones) de la zona y de sus sucesivos conflictos. Empleo “pornográfico” como descripción en el mismo sentido que se aplicaba al Der Sturmer de J. Streicher: contenidos gruesos, escandalosos, provocadores, maniqueos y esencialmente falsos. Cambiando fecha y tono superficial, las bestialidades que se llegaban a vomitar sobre die Jude son básicamente equivalentes a las que podemos leer un día sí y otro también sobre el “ocupante israelí”, el “sionista”, etc. Obviamente, el consumidor de propaganda antiisraelí se ofenderá gravemente si se le compara con un lector del diario de las SA, por lo que matizaré: en nuestros días, en los medios españoles también se pueden consumir productos mediáticos más sofisticados, equivalentes a su vez al Völkischer Beobachter coetáneo de Der Sturmer.

Ya he mencionado mi explicación a este fenómeno, ese sorprendente aislamiento de los corresponsales españoles respecto a la sociedad israelí. El resultado es, con todo, espantoso: las personas están ausentes en sus retratos maniqueos, con independencia del grosor del pelo del pincel con el que retraten en cada momento. Para quien haya vivido en esas tierras, hablar de “los israelíes” o “los palestinos” como entidades unitarias causará risa o indignación, seguidos de frustración y hasta pena por la dificultad que conlleva que el consumidor de productos mediáticos españoles sobre la zona vaya más allá del relato de buenos y malos.

No se puede volver al 98, a la situación del proceso de paz previa a la Segunda Intifada. El miedo real a que un lobo solitario te mande al hospital o al cementerio impide paseos y encuentros como los que viví en su momento. Lo que sí se puede hacer es hablar de personas. De los habitantes de esas tierras, de la increíble variedad de sus diferencias, de los mil y un cuentos interesantes que se derivan de sus vidas cotidianas. Más allá de un conflicto que se prolonga y que en los medios españoles es desde hace décadas un producto maniqueo de venta fácil (y asegurada), hay esperando una cornucopia de relatos que nacen de la brutal densidad cultural de Israel (y, particularmente, de Jerusalén). No hace falta ser antropólogo para sentirse fascinado por detalles de miles de mundos ajenos y, sin embargo, al alcance de la mano.

Tengo una esperanza: la de que se invierta la cadena causal. Un factor nada desdeñable en el conflicto israelo-palestino es la atención mediática enfermiza por una visión maniquea del mismo. Mientras en Siria se atacaba a la población civil con armas químicas o se la bombardeaba con munición destinada a destruir edificios, lo que casi monopolizaba la atención de los medios españoles era la ofensiva en Gaza, pese a que el número de víctimas fuera sustancialmente inferior. No había proporcionalidad tampoco en la cantidad y calidad de los epítetos que se dedicaban a los Gobiernos israelí y sirio.

Si el público español y de habla hispana tuviera más fácil acceso a otro tipo de contenidos sobre la zona, es posible que el producto pornográfico perdiera interés para todos salvo para los más irreductibles equivalentes en el siglo XXI del lector de Der Sturmer, para quienes el “sionismo” es el culpable exclusivo de los males no de la zona, sino de la humanidad entera. Sin esa atención desproporcionada a la zona, se eliminaría un factor de presión significativo y se limitaría el efecto de la propaganda fantasiosa del liderazgo palestino sobre su población.

Hoy resulta muy difícil aspirar a la paz de forma realista o cercana. Pero quiero pensar que es más sencillo y probable buscar un cambio, por parcial que sea, a la cobertura mediática de esa tierra. Quiero pensar que es posible hacer llegar a los hispanoparlantes contenidos que les llamen la atención de manera sostenida sin recurrir a la malhadada pornografía de las piedras, los tanques, el bueno y el malo.