Contextos

Nosotros, los libaneses

Por Husein Abdul Husein 

Bandera del Líbano.
"La identidad sociopolítica libanesa es un híbrido de las culturas levantina y occidental. De sus raíces levantinas los libaneses han heredado la misoginia, el patriarcado, el tribalismo y otros aspectos sociales anteriores a la Ilustración. De Occidente han importado la mercantilización de las mujeres, el consumismo y el intelectualismo huero""Los libaneses tienen un concepto peligrosamente retorcido del Estado. Para ellos, el nacionalismo es la coexistencia de las sectas. La participación de cada una de ellas en la burocracia es proporcional a su peso demográfico, algo que mina la meritocracia, anima a la corrupción e impide la exigencia de responsabilidades"

Gracias a la distensión entre saudíes e iraníes en el Líbano, este país ha disfrutado de estabilidad desde febrero de 2014. Pero por culpa de una codiciosa oligarquía, de unos dirigentes incompetentes y de una cultura narcisista, estamos al borde del colapso.

Los conflictos regionales se han cobrado un precio muy alto en el Líbano. La guerra civil concluyó en 1990 después de que Estados Unidos mediara para lograr un acuerdo sirio-saudí.

Hafez al Asad tuvo la habilidad de navegar entre dos aguas, Irán y Arabia Saudí; pero su hijo Bashar se arrojó en brazos de Teherán, con lo que empujó a Siria y al Líbano a la órbita iraní.

En 2003, asustados por la invasión estadounidense de Irak, tanto Arabia Saudí como Irán se alegraron de ver a los norteamericanos atrapados en un atolladero. Como Teherán se impuso, Riad dio un giro y decidió ayudar a Washington.

Irán consideró que ese giro saudí constituía una agresión y respondió a escala regional. Países con población suní y chií como el Líbano se convirtieron en líneas de fractura. El primer ministro libanés Rafik Hariri fue asesinado en 2005, y también fueron eliminados diversos políticos y periodistas contrarios a Siria.

La suerte del Líbano mejoró con el estallido de la revolución siria (2011), que se convirtió en la válvula de escape de las guerras regionales. Tras varios enfrentamientos, iraníes y saudíes decidieron que les convenía mantener la estabilidad en el Líbano: los iraníes querían que el centro de mando de Hezbolá se mantuviera estable para que pudiera combatir en Siria. Los saudíes querían mantener las inversiones que tenían desde hacía décadas en el Líbano de la posguerra.

Y así, desde 2013, el Líbano se ha librado de la inestabilidad regional, lo que significa que sus problemas son de fabricación doméstica.

La identidad sociopolítica libanesa es un híbrido de las culturas levantina y occidental. De sus raíces levantinas los libaneses han heredado la misoginia, el patriarcado, el tribalismo y otros aspectos sociales anteriores a la Ilustración. De Occidente han importado la mercantilización de las mujeres, el consumismo y el intelectualismo huero.

La imagen de mujeres que toman el sol en bikini mientras fuman sus narguiles es algo distintivo del Líbano, lo mismo que los jóvenes que conducen coches de lujo con caros cigarros en la mano, todo ello pagado por sus competitivos y generosos padres. Famosas cantantes libanesas, que rompen casi todos los tabúes sociales escondiendo poca carne sobre el escenario, mantienen a la vez unos principios sociales regresivos. Una de ellas dijo que se oponía a que las mujeres tengan “más derechos de los que les corresponden”, y a atacar “la masculinidad de los hombres”.

Además de su mezcla de apariencias occidentales y principios medievales, los libaneses tienen un concepto terriblemente inadecuado del espacio público. Una mayoría trata siempre de engañar al sistema. Casi siempre, los libaneses prefieren emplear sus contactos para saltarse no sólo las reglas, sino los procedimientos administrativos básicos, porque hacer cola como todo el mundo es, para la mentalidad libanesa, cosa de perdedores y pobres.

Los libaneses tienen un concepto  peligrosamente retorcido del Estado. Para ellos, el nacionalismo es la coexistencia de las sectas. La participación de cada una de ellas en la burocracia es proporcional a su peso demográfico, algo que mina la meritocracia, anima la corrupción e impide la exigencia de responsabilidades. Cuando una secta considera que está siendo tratada injustamente en el reparto de puestos gubernamentales, sus líderes, con el apoyo de sus partidarios, arman un escándalo por lo que denominan la “pérdida” de sus “derechos”.

Por algún motivo, los libaneses no pueden limitarse a considerarse individuos con los mismos derechos y vinculados directamente al Estado sin oligarcas de por medio.

La mayoría de los libaneses consideran que tiene derecho a algo. Esperan que el Estado haga magia para ellos y parecen incapaces de comprender que el Estado es un reflejo del pueblo. Simplemente no entienden que los recursos estatales proceden sobre todo de los impuestos, que muy pocos de ellos pagan.

Los libaneses también son insufriblemente quejicas. Maldicen al Estado y a los oligarcas, pero siguen eligiendo a la misma casta que mantienen en el poder durante todo un siglo.

Los libaneses tienen un sentido anticuado de la identidad nacional. A menudo discuten por cuestiones históricas. Así, ser libanés gira en torno a Fairuz, la cocina a base de meze, una bandera y un himno nacional machista.

Por algún motivo, los libaneses parecen incapaces de reorientar su identidad nacional y vincularla al futuro. En vez de tener unos oligarcas luchando por sus derechos, ¿qué tal si desinflan sus egos y dejan paso a los intereses del Líbano, como el crecimiento de la economía y la creación de puestos de trabajo?

Por último, un comentario sobre los movimientos alternativos, sobre todo en la sociedad civil. Si bien son sobre todo jóvenes, ofrecen poco más que eslóganes. Se suelen definir a sí mismos en negativo, es decir, diciendo lo que no son: no son políticos, no son sectarios, no son corruptos, etc.

No hay motivo alguno para que los movimientos alternativos teman la política. Que ofrezcan una nueva clase de política: una informada, que brinde una perspectiva novedosa, independiente de los oligarcas y sus tejemanejes.

Los libaneses parecen estar condenados al fracaso, y no porque vivan en un entorno difícil, sino porque son peligrosamente inconscientes de sus carencias.

La Constitución del Líbano necesita de un preámbulo; quizá de uno que empiece así: “Nosotros, los libaneses”, y que refleje una nueva idea nacional: tomar las riendas de su propio destino. Si los libaneses no se ayudan a sí mismos, poco pueden hacer otros por ellos.

© Versión original (en inglés): NOW
© Versión en español: Revista El Medio