Contextos

“No hay alternativa para Egipto: vamos a convertirnos en Irán”

Por Bárbara Ayuso 

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"Sólo una cosa podía salvarle: 'El fiscal me dijo que si no abandonaba mis planteamientos personales, sería encarcelado. Karim escogió su libertad y acabó en la cárcel. Allí cumplió tres años por injurias al islam e incitación a la sedición, y un año por insultar a Mubarak""Egipto, se lamenta, es un país con un 40% de analfabetismo y gente aún muy tradicional, 'a la que los islamistas radicales le están diciendo que si no vota por ellos, irá al infierno'""'El Estado que han impuesto es fascista', denuncia. 'Los islamistas atacan a la gente sólo porque piensa diferente. Lo cual no es muy diferente de lo que hacían los nazis'"

Aunque no le añora, Karim Amer agradece cada día que fuera Hosni Mubarak quien le metiera en la cárcel. Pragmático fervoroso y alérgico a los dramas, simplemente ha echado cuentas: si hoy se hubiera atrevido a criticar el islamismo radical como hizo en 2005, su historia no sería sólo la del primer bloguero egipcio encarcelado por sus escritos. Porque, en el Egipto de Mohamed Morsi, tres años entre rejas no habrían sido suficientes para castigar su insulto al islam. Karim habría pagado la “blasfemia” con seis años de oscuridad, como cualquiera que ose hoy cuestionar los designios del Faraón.

No falta quien dice que Karim se buscó acabar en la cárcel. Creció en una familia salafista de Alejandría, pero el fundamentalismo que le inculcaron no hizo de él una persona temerosa de Alá. “No era capaz de temer a algo que no entendía ni veía”, recuerda. “Es muy difícil convertirse en una persona que está en contra de todo lo que le han enseñado desde la cuna. Fue duro sacarse todo eso de la cabeza, pero era algo que no podía evitar. Hubo un clic en mi mente”. Los ataques de intolerancia terminaron de edificar su ateísmo: “Los salafistas no suelen entender que alguien se rebele de esta manera. No lo toleran”, explica. Que un día decidiera poner por escrito sus reflexiones sobre lo que ocurría a su alrededor, como la violencia contra las mujeres o la utilización política de la religión, provocó su definitiva caída en desgracia. “Es como una mafia: si estás contra ellos, van a por tí”, asegura ahora. Entonces, las palabras fueron otras: “Algunos profesores de la universidad actúan en contra de cualquiera que piense libremente”, escribió en su blog. Su expulsión de Al Azhar fue fulminante.

Se trasladó a El Cairo, pero sirvió de poco. Estaba marcado. Durante una visita a su familia, su madre le avisó del peligro:

Vino y me dijo: “Tengo miedo, hay gente que te está apuntando”. Lo hizo, aunque también es salafista.

Probablemente le salvó la vida.

Karim empezó entonces a temer algo que sí podía ver, y sufrir: las detenciones por sus escritos y las continuas amenazas desde grupos radicales. Tras doce días en la cárcel, continuó escribiendo. Sobre la reacción sectaria contra los coptos en las protestas de Alejandría en 2005 o a favor del secularismo en el país del Nilo. Y en 2006 se acabaron los avisos:

Me detuvieron por mis escritos, y formularon dos cargos contra mí por insultar al islam y por blasfemia.

Sólo una cosa podía salvarle: “El fiscal me dijo que si no abandonaba mis planteamientos personales, sería encarcelado”. Karim escogió su libertad y acabó en la cárcel. Allí cumplió tres años por injurias al islam e incitación a la sedición, y un año por insultar a Mubarak. Él no detecta síntoma de valentía en ello:

Me mantuve firme en lo que pensaba, era lo único que podía hacer. Tenía derecho a decir lo que dije.

“Lo que ha ocurrido es culpa nuestra”

La campaña internacional para su liberación no le restó un día de cárcel ni le libró de las torturas, pero gracias a ella hoy es refugiado político en Bergen (Noruega), aunque incapaz de separar la mirada de Egipto. Volvió sólo una vez, para participar de las protestas de Tahrir y el derrocamiento del tirano que le metió entre rejas. No halló lo que buscaba. Su relato se vuelve más agrio cuando recuerda lo vivido en la plaza cairota clamando por la libertad que cuando le privaron de ella. “Desafortunadamente, estuve allí”, dice, masticando las palabras mientras espera la reacción del interlocutor. ¿Desafortunadamente? “Sí, y no porque fuera arrestado por el Ejército, como lo fue mucha gente. Desafortunadamente porque teníamos grandes sueños y éramos muy románticos”, dice con un lamento. “Lo que ocurría en Tahrir era buenísimo”, y apostilla, “especialmente para vosotros, los europeos”.

Y ahora, mira: arrestan a diario a gente por lo mismo que escribí yo.

Con amargura, reconoce que creyó que las protestas asegurarían un futuro mejor a Egipto, pero la realidad ha forzado su descreimiento. “El problema de la revolución… si es que quieres llamarlo así”, explica, “es que nunca pensamos en una alternativa. Y si haces algo así tienes que tener un plan completo, que nosotros no teníamos. Sólo sabíamos que Mubarak tenía que irse, queríamos que se fuera”. Karim recuerda cómo “cuando le preguntabas a la gente en Tahrir cuál era la alternativa, te decían que no era una cuestión para abordar en ese momento”.

El bloguero no culpabiliza a los Hermanos Musulmanes ni al islamismo radical de la deriva que ha tomado Egipto: “Es enteramente nuestra culpa”, señala. Diagnóstico que extiende a lo ocurrido en las elecciones: “Teníamos dos opciones: entre lo peor y lo peor. El Ejército o los islamistas. Mubarak trabajó muy duro para dinamitar a la oposición, y por eso no teníamos una oposición fuerte”, explica. Paralelamente, “estuvo favoreciendo a los islamistas, no directamente, pero sí de otras muchas maneras”.

Karim se opone frontalmente a la extendida creencia de que uno de los escasos méritos de la era Mubarak fue el de mantener a raya el radicalismo religioso. “Estos grupos salafistas ya existían entonces, y estaban muy controlados por la policía de seguridad. No les dejaba liderar la oposición, pero utilizaba a los extremistas, a los que permitía seguir controlando la educación”, recuerda.

Mubarak los usó como una bomba que podía explotar. Y eso es lo que ha ocurrido. Ha explotado.

Los grupos radicales, “después de la revolución, descubrieron que tenían una oportunidad de establecer su sistema, de abolir todo e implantarlo. Por eso participaron en el proceso político, y eso es exactamente lo que están haciendo”, dice. “Lo peor es que ellos jamás han creído en la democracia, para ellos es algo que va en contra de la religión”, asegura, con tono grave:

Créeme, yo crecí en ese ambiente. Cuando era más joven recibí decenas de lecturas y enseñanzas de esos mismos clérigos salafistas que ahora controlan el país. No es opinable: están en contra de la democracia.

“No hay alternativa para Egipto”

Si hay una palabra que aterroriza a Karim Amer no es cárcel, ni islam. Es futuro. Porque mirar adelante supone afrontar que los años más negros de Egipto aún están por llegar.

No hay alternativa para Egipto: vamos a convertirnos en Irán.

Y es que, en su opinión, sin una oposición organizada y con un Gobierno islamista inculcando el terror a golpe de detención y de tortura, no hay margen para la esperanza. “Quizás dentro de treinta años sí, cuando la gente vea que los Hermanos Musulmanes están ahorcando gente en plena calle”. El régimen de los ayatolás es el triste espejo en el que se mira hoy su país: “En Irán también eligieron a los islamistas, y acabaron levantándose en contra del régimen”, señala. “Te garantizo que en pocos años habrá una oposición fuerte en Irán, y no existirá el poder tal y como existe ahora”. Le gustaría decir lo mismo de Egipto.

Pero Karim sabe que el camino es largo y que cada día que pasa es una parcela de libertad que se le arrebata al pueblo egipcio. “Tenemos muchos problemas, pero uno de los más importantes es el religioso. Y es algo que tardará tiempo en sanar”. Aunque sabe que ya hay mucha gente “organizada y luchando por el secularismo”, pronostica una batalla desigual:

Egipto es un país con un 40% de analfabetismo y gente aún muy tradicional, a la que los islamistas radicales le están diciendo que si no vota por ellos, irá al infierno.

Karim teme las consecuencias que dejará en Egipto una educación islamista tan estricta como la que él recibió. La mayoría no podrá zafarse. “Con la religión es muy fácil controlar a la gente, especialmente cuando eres joven. Hay cosas de las que puedes decidir huir o no, pero cuando tienes miedo a algo que no existe, algo que no ves, eres manejable al antojo de cualquiera”, apunta. “Puedo entender que mucha gente necesite la religión para sentirse protegido, el problema es cuando es una obligación, una imposición, como está ocurriendo ahora mismo”.

“Hay que diferenciar entre los musulmanes y los islamistas”, precisa. “No estoy diciendo que no puedan tener mezquitas y enseñar en ellas lo que quieran, pero fuera de ellas debería estar prohibido. Inmediatamente”.

Karim se siente incómodo hablando de utopías, y regresa al mundo real . “Eso es algo que jamás tendremos si continuamos con los islamistas, eso lo sabemos. El Estado que han impuesto es fascista. Los islamistas atacan a la gente sólo porque piensa diferente. Lo cual no es muy diferente de lo que hacían los nazis”, remata.

Ha aceptado que no podrá volver a ver a su familia en un par de décadas. Tampoco regresar a su país, visitar su casa o pasear por El Cairo. No se atreve a plantearse si volverá a hacerlo. El bloguero guarda para el final su predicción más amarga, ilustrada con el ejemplo de la obra teatral Hassan, Marcus and Cohen. Escrita en 1954, es una sátira de los tres grupos sociales que predominaban en Egipto: musulmanes (Hassan), Marcus (coptos) y Cohen (judíos). Por aquel entonces estaba permitido reírse de los estereotipos. Pero las nuevas generaciones sólo conocieron la exitosa versión cinematográfica de 2007, interpretada por dos celebridades del país, Adel Imam y Omar Sharif. Hassan y Marcus, se llamó. Cohen había desaparecido, ya no había población judía a la que satirizar.

En treinta años, la película se llamará simplemente Hassan.