Contextos

Naftalí Bennett y el futuro de la derecha en Israel

Por Eli Cohen 

Naftali Bennett campaign

Antes de que salieran las primeras israelitas en la trepidante noche electoral del 22 de enero, Naftalí Bennett prometía ser un huracán. Aunque la sorpresa fue Yair Lapid, el joven y nuevo líder de la derecha israelí consiguió un resultado bastante bueno para su partido, Habait Hayehudí (El hogar judío), lo que le ha permitido ser socio de gobierno de Bibi Netanyahu y le abre la puerta a un futuro muy prometedor.

Fuera de las fronteras de Israel, el nombre de Bennett empezó a sonar después de que David Remnick le dedicara un extenso e interesante reportaje en The New Yorker. Interesante pero difuso. La visión que da el premio Pulitzer de la derecha israelí es confusa, como si Netanyahu, Avigdor Liberman o Bennett –y hasta Meir Kahane– tuvieran el mismo origen ideológico. La derecha israelí tiene visiones y padres políticos distintos. No obstante, en los últimos años, y aquí sí acierta Remnick, se están acercando posturas. Mientras la izquierda anda algo perdida y se centra en apadrinar a los indignados locales, la derecha está reencontrándose a sí misma en una amalgama de sionismo renovado, religión y libertad económica.

Ciertamente, la derecha israelí tiene distintos orígenes. No son lo mismo la derecha laica de Netanyahu, procedente del movimiento sionista revisionista Betar y de Vladimir Zeev Jabotinsky –el padre de Netanyahu, Benzión, reputado hispanista, fue su secretario personal–, la derecha aún más laica de Liberman, con tintes putinianos, el centroderecha de Kadima o Hatnuá, escisiones de Likud; y la derecha religiosa de Habait Hayehudí, la derecha ultraortodoxa de Shas o, mucho menos aún, la ultraderecha del difunto Meir Kahane. Pero en los últimos años la derecha está, en cierta medida, aunando posiciones en torno al diálogo con los palestinos y la cuestión de los colonos. Además, en este momento político, en el que la izquierda anda descabezada y dando tumbos, el movimiento de los colonos quiere sustituir el sentimiento pionero socialista de los kibutzim por otro sentimiento, también pionero, vinculado a la repoblación la tierra ancestral del pueblo judío en Judea y Samaria y el mantenimiento Hebrón o Shiló como ciudades israelíes y judías.

Que la derecha israelí está viviendo una fase de confluencia se revela también en detalles como que el joven Bennett fuera jefe de gabinete de Netanyahu o en el hecho de que Moshé Feiglin, el líder más antipáticamente insumiso del Likud, adopte posturas incluso más radicales que las de Bennett.

Bennett no es un colono iluminado como los que vemos retratados tan arquetípicamente en la televisión, que se van con lo puesto a una colina de Cisjordania con una furgoneta y luciendo pintas de hippies que han roto con la sociedad y quieren vivir en la naturaleza. Bennett ni siquiera vive en una colonia, sino en Raanana. Además, tampoco creció en una familia religiosa: sus padres eran judíos americanos seculares emigrados desde San Francisco. Bennett es, al fin y al cabo, el rostro del nuevo israelí: empresario tecnológico de éxito, patriota orgulloso, héroe del ejército, endemoniadamente honesto y claro. Sus postulados son estos: ya basta de ilusiones con los palestinos, esta es nuestra tierra y, en lo económico y social, laissez faire a lo sabra: “Yo digo: vive y deja vivir”, dice cuando se le pregunta por la homosexualidad, por ejemplo.

A pesar de que es religioso, su mensaje electoral deja la religión en un segundo plano. En este sentido, Bennett ha recogido el testigo de muchos israelíes que están hartos de que los palestinos siempre contesten a cada iniciativa de paz con violencia. Jóvenes que piensan que no servirá de nada dar territorios, como ha quedado comprobado después de los Acuerdos de Oslo y de la desconexión con Gaza. Una nueva generación de israelíes que sabe que no ha existido nunca un Estado árabe llamado Palestina –nota curiosa para las nuevas generaciones: los judíos que nacían en Israel antes del establecimiento del Estado se hacían llamar a sí mismos palestinos– y que jamás antes de la llegada de los judíos los árabes de la zona reclamaron el territorio como suyo. Nuevos votantes que fueron niños durante la Segunda Intifada, que probablemente tengan familia viviendo en una colonia y que saben que los territorios objeto de controversia son, precisamente, eso, territorios disputados, afectados por fronteras dibujadas por Jordania y no por los palestinos, y que sobre todo se preguntan por qué no pueden vivir judíos en un futuro Estado palestino si en Israel viven un millón y medio de árabes, con todos los derechos garantizados. La religión, pues, no ha sido su principal gancho ni el leitmotiv de su marketing electoral. Reflejo de ello es una encuesta que publicó Haaretz que mostraba que el 43% de los votantes potenciales de Bennett eran seculares. De hecho, en palabras del propio Bennett, muchos árabes drusos, que sirven en el ejército israelí, se han unido a su movimiento.

No obstante, la religión no se queda atrás. Bennett y el movimiento sionista religioso datí leumí–, del que se ha convertido en jefe absoluto (Tablet titulaba una monografía sobre Bennett “El nuevo jefe del sionismo) tienen como padre ideológico al rabino Abraham Isaac Kook, que creía, entre otras cosas, que Theodore Herzl, completamente secular, era un mesías, porque su idea y su ímpetu trajeron al pueblo judío de vuelta a la tierra que le dio D’s. Pero con el fin de la guerra de la independencia, y con el sionismo oficial prácticamente copado por los sionistas laicos y socialistas, los datim leumim, que conformaron coaliciones de gobierno con los laboristas durante los primeros veinte años del Estado, jamás tuvieron gran protagonismo en la formación y el desarrollo político del país, ni reclamaron cambiar el statu quo establecido por Ben Gurión y las facciones religiosas. Es después de la Guerra de los Seis Días (junio de 1967), en que Israel comienza a administrar Judea y Samaria, cuando realmente emerge un fuerte movimiento, favorecido por todos los gobiernos israelíes, para el establecimiento de colonias, ciudades y pueblos en Gaza y Cisjordania.

Es muy necesario apuntar que los colonos no son un todo homogéneo, como tampoco lo son los religiosos en Israel. Hay diferentes grupos y organizaciones, con visiones distintas y muchas veces contrapuestas e incluso enfrentadas. No es lo mismo el colono religioso que se lleva a su familia a Hebrón, que el emigrante ruso que se establece en Ariel o Efrat solamente por razones económicas. Por eso el movimiento colono ha estado políticamente inerte, o como mucho ha intentado que algún político de un partido mayoritario les represente.

El proceso que ha llevado al surgimiento de a un líder sionista religioso como Naftalí Bennett también ha producido otros cambios en la sociedad israelí. Por ejemplo, en 1990 sólo el 2,7% de los oficiales de infantería eran religiosos; en 2007 lo eran ya el 34,1%. El israelí con kipá y uniformado decidido a defender su tierra, que tan tosco sigue resultando a ciertas conciencias occidentales, es cada vez más común en una sociedad que siempre ha sido abrumadoramente laica.

Este nuevo resurgir del sionismo con connotaciones bíblicas marca un vivo contraste con el que vivió Max Nordau, lugarteniente de Herzl:

El sionismo no tiene nada que ver con la teología, a los pioneros no los ha impulsado ni la Torá ni el Talmud, sino los tiempos difíciles.

A pesar de las buenas perspectivas de esta nueva derecha liderada por Bennett, basada sobre todo en las desilusiones ante el proceso de paz y la poca confianza en los líderes palestinos, su plan para terminar con el conflicto es, amén de irreal, perjudicial para el futuro de Israel. Bennett lleva en su maletín lo que llamó Plan para la Calma, que se parece mucho a la tesis de la solución de ocho Estados del doctor Mordejai Kedar. Pese a que Kedar, especialista en el mundo árabe de la Universidad de Bar Ilán, sostiene que un Estado palestino sería inviable por los conflictos que enfrentarían a las distintas tribus palestinas, ambos ven como solución que Israel se anexione Cisjordania y otorgue autonomía a las ciudades palestinas. Los palestinos, de entrada, jamás aceptarán que la ocupación militar de facto se convirtiera en ocupación militar de iure; Hamás acabaría con los líderes palestinos moderados y desencadenaría una oleada de terrorismo. Además, el Estado binacional, que terminaría con el Israel moderno, sería, tarde o temprano, inevitable.

Es totalmente lógico que Bennett y la nueva derecha no tengan confianza alguna en los líderes palestinos. Los palestinos siempre han ofrecido por respuesta el no y la violencia. Sin embargo, la solución al conflicto sigue pasando por potenciar a líderes palestinos moderados, que no tienen voz en el establishment de la ANP y mucho menos en la Gaza de Hamás. Naftalí Bennett insistió en la campaña una y otra vez en que quiere restablecer el orgullo de ser judío y vivir en la tierra de Israel, terminar con el conflicto y que todos los israelíes asuman sus responsabilidades como ciudadanos, claro aviso a los ultraortodoxos eximidos de hacer el servicio militar. Es incuestionable que éstas serán las líneas generales, cada vez más extendidas, en la derecha y en el sionismo religioso.

Todo apunta a que, si Likud no espabila, en un futuro no muy lejano las dos posiciones políticas mayoritarias en Israel serán la sionista religiosa de Bennett y la centrista laica de Yair Lapid. Los años de gloria del laborismo se han venido abajo –como apuntó Daniel Gordis– con la política de tierras por paz y la falta de carisma de sus líderes actuales, tan distintos de Ben Gurión o Golda Meir.

Naftalí Bennett es el rostro que ilustra el cambio de tendencia en la derecha israelí.