Contextos

Múnich y Ginebra

Por Jaime Einstein 

chamberlain-munich
"Checoslovaquia fue vilmente traicionada en Múnich. Sus aliados anglo-franceses cedieron ante todas las demandas de Hitler y acordaron que las zonas sudetes fueran cedidas a los nazis, en nombre del derecho a la autodeterminación de sus habitantes germanos. Chamberlain regresó a Londres con un paraguas en una mano y en la otra el papelillo en el que Hitler se comprometía a cesar en sus ambiciones expansionistas. El apaciguador británico declaró: 'Peace in our time' ('Paz en nuestro tiempo').""Tanto en la Europa Central de los años 30 del siglo pasado como en el Oriente Medio de nuestros días, sólo vemos una entidad democrática: Checoslovaquia e Israel, respectivamente. Ambos países han compartido la desdicha de estar rodeados de dictaduras expansionistas y hambrientas de poder. Ambos han tenido que enfrentar el reto de convivir con ideologías totalitarias, opresoras y asesinas: el nazismo alemán y el islamismo. Y hoy al igual que hace 80 años el mundo está sumido en una depresión económica y las democracias tienen líderes claudicantes y apaciguadores"

En septiembre de 1938 las grandes potencias mundiales se reunieron en Múnich para discutir una crisis fomentada por Adolfo Hitler con la única democracia existente en el centro de Europa, Checoslovaquia.

Checoslovaquia, creada después del colapso del Imperio Austro-Húngaro al terminar la Primera Guerra Mundial, era un Estado plurinacional y democrático. Dentro de sus fronteras vivían unos 3 millones de alemanes étnicos, que gozaban de ciudadanía checoslovaca y de representación en el Parlamento de Praga. Todos los vecinos de Checoslovaquia eran dictaduras de derecha, simpatizantes ideológicamente de la Italia fascista y la Alemania nazi. Varios de estos vecinos tenían reclamaciones territoriales y étnicas contra la democracia checa, pero estaban disuadidos a hacerlas valer debido a que Praga poseía uno de los Ejércitos más eficientes y bien armados de la zona. Además, los checoslovacos tenían una alianza con Francia, que a su vez era aliada del Reino Unido.

Hitler, que organizó a los alemanes de Checoslovaquia en un fuerte partido nazi local, se inventó una entidad étnica ficticia, los sudetes alemanes, y éstos comenzaron una campaña a favor de reunificarse con sus hermanos germanos en Alemania y Austria (esta última ya había sido anexionada al Reich nazi).

Checoslovaquia y su presidente, Edvard Benes, amparados en sus fuerzas armadas y sus alianzas occidentales, rehusaron ceder ante las presiones germanas. No iban a conceder un ápice de su territorio o de su soberanía nacional.  La defensa de todo el país dependía de las fortificaciones fronterizas con los nazis: ceder esos territorios dejaría al país inerme y causaría su desmembramiento.

Las fuerzas de seguridad checas se movilizaron contra los sudetes agitadores, muchos de los cuales fueron encarcelados. Entonces Hitler amenazó con invadir Checoslovaquia para “proteger los legítimos intereses de los oprimidos alemanes sudetes”.

Los generales alemanes estaban consternados ante esas amenazas, ya que sabían que Alemania todavía no estaba lista para una guerra mundial, que era lo que desencadenaría el conflicto, habida cuenta de la alianza entre Praga y París. Es más, las propias fuerzas armadas checoslovacas hubieran representado un fuerte desafío a Alemania. No hay duda de que, finalmente, los nazis triunfarían si invadiesen a su vecino democrático, pero no hubiera sido un paseo. Los tanques checoslovacos eran mejores que los alemanes, y la fuerza aérea de Praga era eficiente y moderna.

Las potencias occidentales, el Reino Unido y Francia, aunque más fuertes que el Estado nazi, estaban aterrorizadas ante la idea de ser arrastradas a otra guerra mundial.  Las horripilantes pérdidas causadas por la primera y la aún imperante crisis económica mundial servían de motivación para tratar de apaciguar al dinámico y resurgente gigante teutón. Hitler era un excelente jugador de póker político y un matón por excelencia. Nadie hacía mejores faroles que el Führer.

Amedrentado, el premier británico, Neville Chamberlain, se reunió con su colega galo, Daladier, y acordaron en reunirse con la Alemania nazi y la Italia de Mussolini en Múnich. Checoslovaquia ni siquiera fue invitada a esa cumbre, en la que se decidiría su futuro.

Checoslovaquia fue vilmente traicionada en Múnich. Sus aliados anglo-franceses cedieron ante todas las demandas de Hitler y acordaron que las zonas sudetes fueran cedidas a los nazis, en nombre del derecho a la autodeterminación de sus habitantes germanos. Chamberlain regresó a Londres con un paraguas en una mano y en la otra el papelillo en el que Hitler se comprometía a cesar en sus ambiciones expansionistas.  El apaciguador británico declaró: “Peace in our time” (“Paz en nuestro tiempo”).

Las intenciones pacíficas de Alemania e Italia lucían en España. La Guerra Civil todavía seguía derramando sangre por toda la Península. La Legión Cóndor nazi y el Ejército de Mussolini continuaban sus operaciones militares contra una República española que colapsaba, sin ayuda de las democracias.

La república checoslovaca tenía dos opciones, ambas terribles. Podía negarse a aceptar el dictado de Múnich y resistir por las armas contra una segura invasión nazi o claudicar ante la presión internacional y contemplar la destrucción de su país. El traicionado presidente Benes sabía perfectamente que su país tendría que luchar solo, sin aliados. Hitler usó sus conexiones con el partido nacionalista eslovaco en Bratislava, a la sazón dirigido por un fascista, monseñor Tiso, para provocar la secesión de Eslovaquia, como Estado independiente aliado de Alemania. Polonia y Hungría se disponían a cortar jugosas lascas de su desafortunado vecino.

Benes renunció y se marchó al exilio. Checoslovaquia dejó de existir. Menos de un año más tarde, Hitler se olvidó del papelito firmado con Chamberlain, invadió a Polonia y comenzó la Segunda Guerra Mundial.

¿Qué tiene que ver el malhadado acuerdo de Múnich de 1938 con la cumbre de Ginebra, entre Irán, los EEUU, el Reino Unido, Francia, Rusia, la Unión Europea y Alemania? Pues mucho más de lo que parece a simple vista.

Tanto en la Europa Central de los años 30 del siglo pasado como en el Oriente Medio de nuestros días, sólo vemos una entidad democrática: Checoslovaquia e Israel, respectivamente. Ambos países han compartido la desdicha de estar rodeados de dictaduras expansionistas y hambrientas de poder. Ambos han tenido que enfrentar el reto de convivir con ideologías totalitarias, opresoras y asesinas: el nazismo alemán y el islamismo. Y hoy al igual que hace 80 años el mundo está sumido en una depresión económica y las democracias tienen líderes claudicantes y apaciguadores.

Nadie estaba dispuesto a llamar al pan, pan, y al vino, vino. Hitler y Mussolini eran ampliamente admirados por numerosos intelectuales y movimientos populistas en casi todo el mundo civilizado. Los que no admiraban a los dictadores de la derecha admiraban al igualmente asesino y sangriento Stalin, que mataba a sus millones de conciudadanos en el paraíso del proletariado que era la URSS. Muy pocos europeos sentían afinidad por la aislada democracia checoslovaca. El totalitarismo era visto como la ola del futuro. La democracia era considerada caduca y aberrante. Cualquier parecido con la simpatía de la progresía occidental de hoy día por los movimientos islamistas no es pura coincidencia. El paralelo entre el crecimiento masivo de los grupos populistas en Europa y los EEUU hoy día y los pujantes partidos fascistas de la década de los 30 del siglo pasado tampoco es casual.

Motivado por su afán expansionista, Hitler creó una etnia inexistente: los alemanes sudetes. Esta creación ficticia tenía un propósito: liquidar la democracia checoslovaca. Cualquier parecido entre este engendro hitleriano y la súbita aparición de un pueblo árabe palestino después de la Guerra de los Seis Días (1967) tampoco es una coincidencia… Ya lo decía el sabio Salomón: no hay nada nuevo bajo el sol.

En nuestro flamante siglo, el tristemente recordado Mr. Chamberlain se ha reencarnado en el secretario de Estado de los EEUU, John Kerry (sin el paraguas, que sepamos). Este acaudalado caballero de Massachusetts aparentemente considera que ha llegado el momento de forzar al muy molesto Estado de Israel a llegar a un “acuerdo de paz” con los sudetes de hoy día, los árabes palestinos. En su afán por liquidar este gravísimo problema, el señor Kerry hace la vista gorda a las masacres de la guerra civil en Siria, que en sólo dos años han causado más muertes y destrucción que todas las guerras árabe-israelíes desde 1948. El arrogante patricio de Nueva Inglaterra también decide ignorar el auge del islamismo asesino y fanático, que está afectando a todos los continentes salvo a la Antártida… al menos hasta ahora.

En su búsqueda ciega de un Premio Nóbel de la Paz (para empatarse con el que recibió su jefe por… ¿por qué?), Kerry está dispuesto a sacrificar todos los legítimos intereses de seguridad de su supuesto aliado democrático.

En la visión mundial de Kerry, hay un insignificante problema adicional en el Medio Oriente, aparte de la existencia de una democracia judía, que tanto incomoda a sus pacíficos vecinos árabes: la marcha galopante del Imperio Persa de los ayatolás hacia la adquisición de un arsenal nuclear. Recordemos que los ayatolás han dicho, sin pelos en la lengua, que la misión de la República Islámica de Irán es liquidar el cáncer sionista (léase, el Estado de Israel). Recordemos también que Irán, uno de los grandes productores de petróleo del mundo, necesita energía nuclear para producir electricidad como yo necesito seis dedos en los pies o tres fosas nasales. En fin, igual que Hitler anunció claramente en su Mein Kampf que su movimiento liquidaría a los judíos y ocuparía todo el este europeo, los ayatolás (y todos los islamistas, seamos justos con ellos) nunca han ocultado su deseo de liquidar al Estado y al pueblo judíos y establecer el califato universal.

Tras largas e infructuosas guerras en Irak y Afganistán, Occidente está cansado de enfrentamientos con islamistas. Llegó la hora de probar la fórmula Chamberlain, el apaciguamiento. Irán tiene un nuevo presidente, y el tipo hasta sabe sonreírse (como un Hitler pero sin el bigotito): hagamos las paces con los ayatolás. En el occipucio de Kerry debe de existir la certeza de que los misiles iraníes no tienen el alcance suficiente para desarreglar cualquiera de sus mansiones en Massachusetts, o su town-house en Boston, así que, ¿hay algo que perder?

En vez de en Múnich, la reunión de nuestro siglo se lleva a cabo en Ginebra. Igual que en 1938, se excluye al principal afectado. Checoslovaquia quedaba marginada de las discusiones donde se decidiría su destino e Israel queda excluido de las conferencias en Ginebra. Todos parecen encantados con las sonrisas iraníes. Lady Ashton, de la Unión Europea, está tan enamorada de su colega iraní, que hasta está dispuesta a ponerse un chador de lujo. ¿Cuántas concesiones estamos dispuestos a dar a los buenazos de Teherán, para que en vez de hacer las bombas mañana las hagan de aquí a dos días?

Por suerte, monsieur Daladier no parece haberse reencarnado en el representante francés en Ginebra.  Aparentemente, los franceses han redescubierto su espina dorsal y han bloqueado el acuerdo tan ansiado por Mr. Kerry. Vive la France!

Como epílogo a esta triste historia, recordemos que:

1. Kerry no se ha dado por vencido: las conversaciones de Ginebra se reanudarán a finales de este mes.

2. Benjamín Netanyahu y Edvard Benes no se parecen en nada. Bibi no es santo de mi devoción, pero no tengo la menor duda de que él sabrá que la defensa de Israel es responsabilidad de nuestras propias fuerzas, y no de nuestros aliados. Ya lo dijo Ariel Sharón en su momento: Israel no es Checoslovaquia.

3. Cuando Checoslovaquia fue liberada de los nazis, en 1945, Praga expulsó por la fuerza a los 3 millones de sudetes alemanes de su territorio. La regla general en el mundo siempre ha sido: “Si empiezas una guerra y tienes el mal tino de perderla, te jodes como Herodes”. No se ha vuelto a hablar del problema de los refugiados sudetes alemanes, pero todavía se habla de la supuesta Nakba de los palestinos