Contextos

Muerte en Damasco, funeral en Beirut

Por Clifford D. May 

Mustafá Badredín.
"La semana pasada Hezbolá sufrió un serio revés: Mustafá Badredín, el comandante de sus operaciones militares en Siria, de 55 años, murió en una explosión cerca del aeropuerto de Damasco. Podría tratarse de una operación israelí. Por otra parte, hay una larga lista de sirios suníes que estaban ansiosos por ver a Badredín en una bolsa para cadáveres""Badredín y Mugniyeh convirtieron la milicia de Hezbolá (que se traduce como 'Partido de Dios') en una de las maquinarias de combate más poderosas de la región, mucho más poderosa que, por ejemplo, las Fuerzas Armadas del Líbano""Entre los candidatos a suceder a Badredín se encuentran Ibrahim Aqil y Fuad Shukr, ambos clasificados como terroristas por el Departamento del Tesoro de EEUU. Ninguno es tan pintoresco como lo era Badredín. Pero previsiblemente estarán bien financiados, gracias a la República Islámica de Irán, ayudada por la Administración Obama"

Hace cinco años, durante lo que se llamó esperanzadoramente Primavera Árabe, los sirios protagonizaron una serie de protestas pacíficas contra la dinastía gobernante, que llevaba mucho tiempo oprimiéndolos. El presidente Bashar al Asad respondió brutalmente: en mayo de 2011 mandó tanques a los suburbios de Damasco, Deraa, Homs y otras ciudades a aplastar a los críticos. Lo que siguió fue la guerra civil.

Los expertos, y no en menor medida los del Gobierno de EEUU, se convencieron de que los rebeldes prevalecerían. Eran demasiados sirios suníes furiosos, y el presidente Asad, miembro de la minoría alauí, contaba con muy pocas tropas leales. No pasó mucho tiempo hasta que los yihadistas suníes del extranjero empezaron a introducirse en Siria para ayudar a los rebeldes. Entre ellos había miembros de ramas de Al Qaeda, una de las cuales se escindió para convertirse en el Estado Islámico.

Entonces se produjo un vuelco inesperado. Los líderes de Irán, que se tienen por yihadistas chiíes, dijeron que Asad era su aliado más importante en el mundo árabe, o, tal vez más exactamente, un regente de su imperio en expansión. De modo que dieron instrucciones a Hezbolá, su leal milicia chií libanesa, para que enviara combatientes a Siria a defenderlo.

La semana pasada Hezbolá sufrió un serio revés: Mustafá Badredín, el comandante de sus operaciones militares en Siria, de 55 años, murió en una explosión cerca del aeropuerto de Damasco. Podría tratarse de una operación israelí. Por otra parte, hay una larga lista de sirios suníes que estaban ansiosos por ver a Badredín en una bolsa para cadáveres.  

En el funeral celebrado en Beirut el pasado viernes había grandes carteles donde aparecía Badredín con gafas, gorra de camuflaje y una amplia sonrisa: un feliz guerrero santo.

¿Y por qué no iba a haberlo sido? Cuando no estaba librando la yihad, llevaba la vida de un donjuán libanés. En un vívido perfil escrito el año pasado, el periodista Alex Rowell, residente en Beirut, señaló que Badredín tenía “múltiples amantes” y que “solía entretenerse en su casa junto al mar, al norte de Beirut”, en la ciudad cristiana de Yunieh.

Esas mujeres y huéspedes probablemente le conocieran únicamente como propietario de un yate. “Sami Isa, joyero cristiano, dueño de un Mercedes”, era solo uno de los avatares que utilizaba. (Con su nombre real nunca tuvo pasaporte, carnet de conducir o cuenta bancaria). También era cliente habitual del Casino du Liban, que Rowell recuerda era conocido en tiempos como “el lugar donde pasaban el rato Sinatra y Brigitte Bardot, a tiro de piedra de la zona de los prostíbulos”.

Su alter ego, sin embargo, era “experto en explosivos”. En 2005, el ex primer ministro libanés Rafik Hariri, que se oponía abiertamente a los intentos de Asad de dominar el Líbano, fue asesinado: 2.200 toneladas de TNT fueron detonadas al paso de su comitiva por el emblemático St. George Hotel de Beirut. En 2011, el Tribunal Especial creado por la ONU para el Líbano condenó a Badredín, al que atribuyó “el control general de la operación”.

Badredín emprendió su carrera terrorista cuando sólo era un adolescente. Las conexiones familiares pudieron haber ayudado: era primo y cuñado de Imad Mugniyeh, durante años el máximo jefe del ejército de Hezbolá.

Trabajaron juntos para planear el atentado de 1983 contra los barracones de los Marines en Beirut, que mató a 241 soldados. Hubo después otros atentados, entre ellos los de las embajadas estadounidense y francesa en Kuwait. Estos últimos le costaron a Badredín su ingreso en una cárcel del emirato.

En un intento de liberarlo, Mugniyeh llevó a cabo una serie de secuestros de occidentales en Beirut, así como al menos tres secuestros de aviones, incluido el del vuelo 847 de la TWA, en el que el buzo de la Marina Robert Stethem fue torturado y disparado en la cabeza. Su cuerpo fue abandonado después en la pista del aeropuerto de Beirut.

En 1990, Sadam Husein invadió Kuwait. Las cárceles fueron vaciadas. Al parecer, los diplomáticos iraníes ayudaron a Badredín a llegar al Líbano, donde se reencontró con Mugniyeh. A lo largo de los años siguientes, el dúo convirtió la milicia de Hezbolá (que se traduce como “Partido de Dios”) en una de las maquinarias de combate más poderosas de la región, mucho más poderosa que, por ejemplo, las Fuerzas Armadas del Líbano.

Más tarde, en 2008, Mugniyeh fue asesinado en Damasco, en una operación conjunta del Mosad y la CIA, según algunas informaciones. Los líderes de Hezbolá nombraron a Badredín como sucesor.

Hace dos años, el ministro de Asuntos Exteriores de Irán, Javad Zarif, al que Obama se ha referido como un destacado iraní “moderado”, depositó una corona de flores sobre la tumba de Mugniyeh en Beirut. Y el viernes, en un mensaje al secretario general de Hezbolá, Hasán Nasralah, expresó las condolencias de su Gobierno por la muerte de Badredín diciendo que había muerto “defendiendo los ideales del islam”.

No compartimos los comentarios atribuidos al ministro de Exteriores, Zarif, y seguimos considerando a Hezbolá una organización terrorista internacional”, dijo el viernes el portavoz del Departamento de Estado, John Kirby. Nótese la contención: el Gobierno de EEUU no condena los elogios de Irán hacia un terrorista responsable de cientos de muertes de estadounidenses; simplemente no comparte esa valoración en particular.

Entretanto, el secretario de Estado, John Kerry, se afanaba la semana pasada en “hacer algunos negocios en Europa para Irán”, como lo expresaba un mordaz titular de The Wall Street Journal. Los gobernantes de Irán se han quejado de que no se han beneficiado económicamente tanto como esperaban del acuerdo nuclear con el presidente Obama.

Tony Badran, experto sobre Levante en la Fundación para la Defensa de las Democracias, cree probable que un alto miembro del Consejo para la Yihad de Hezbolá –así lo llaman– sea pronto nombrado sustituto de Badredín. Entre los candidatos se encuentran Ibrahim Aqil y Fuad Shukr, ambos clasificados como terroristas por el Departamento del Tesoro de EEUU. Ninguno es tan pintoresco como lo era Badredín. Pero previsiblemente estarán bien financiados, gracias a la República Islámica de Irán, ayudada por la Administración Obama.

© Versión original (en inglés): Foundation for Defense of Democracies
© Versión en español: Revista El Medio