Revista de Prensa

Máxima tensión en el Líbano

 

Bandera del Líbano.

El sábado saltó la gran sorpresa cuando el primer ministro libanés, Saad Hariri, anunció su dimisión mientras se encontraba de viaje en Arabia Saudí, su gran aliado, de hecho su mentor.

Hariri, hijo del ex primer ministro Rafik Hariri, asesinado en 2005 en un magnicidio del que siempre se ha acusado al dictador sirio, Bashar al Asad, y a la organización terrorista libanesa de obediencia iraní Hezbolá, afirmó que la razón de su dimisión era, precisamente, que teme por su vida.

En su comparecencia sabatina, Hariri acusó a Irán de desatar la “destrucción” y el “caos” en toda la región y de querer “destruir” y “controlar” a la “nación árabe”. “Desgraciadamente, ha encontrado entre nuestros compatriotas gente que se ha puesto en sus manos”, añadió, en clara referencia a su gran enemigo, Hezbolá, con quien no obstante ha venido compartiendo el Gobierno, que de hecho está bajo control de la organización de Hasán Nasrala.

El líder terrorista comentó al día siguiente la dimisión de su aparente aliado de esta manera:

Está claro que la renuncia ha sido una decisión saudí impuesta al primer ministro Hariri. No era su intención, no era su deseo ni ha sido su intención.

Por su parte, el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, afirmó –también el domingo, desde Londres– que la dimisión de Hariri debería ser “una llamada de atención a la comunidad internacional” para que emprenda “acciones contra la agresión iraní”.

El Líbano queda ahora sumido de nuevo en la incertidumbre y preso de una nueva ronda de negociaciones para la conformación de un nuevo Gobierno, siempre complicadísimas por la peculiar manera de organizarse políticamente que tiene el País del Cedro, donde el primer ministro siempre tiene que ser suní, el presidente, cristiano y el presidente del Parlamento, chií.

Eso es lo que teme el exembajador de EEUU en Israel Daniel B. Shapiro, que pide a las autoridades de Jerusalén que no hagan depender su política libanesa de los movimientos que hagan en Riad.

Habiendo Asad claramente sobrevivido al desafío planteado por los rebeldes sirios respaldados por los saudíes, el liderazgo saudí quizá quiera desplazar su enfrentamiento con Irán de Siria al Líbano. Al quitar de en medio a Hariri, quizá confíe en que Hezbolá cargue con la responsabilidad y la culpa de los retos que tiene planteados el Líbano, desde la atención a los refugiados sirios a la erradicación de los afiliados a Al Qaeda y el ISIS.

Eso llevaría –quizá piensen los saudíes– a Hezbolá a tratar de precipitar un conflicto con Israel para concitar el apoyo libanés a su dominio (…)

(…)

Israel tomará sus propias decisiones sobre el momento conveniente para esa lucha. Cuando llegue la hora de la verdad, los aliados de Israel, con EEUU al frente, deberían darle un apoyo total. La mecha puede ser un acto de agresión iraní o de Hezbolá, dado que sus intenciones perversas están perfectamente claras.

Pero los líderes israelíes querrán cuidarse de no verse entrampados en una confrontación prematura por las maniobras de sus aliados [en la lucha contra Irán] radicados en Riad.

El analista Colin P. Clark, de la Rand Corporation, afirma que el Partido de Dios está en una situación harto comprometida, y que su victoria en Siria puede terminar siendo pírrica.

Son muchos los expertos que han seguido la guerra civil siria y declarado que Hezbolá, la milicia chií libanesa patrocinada por Irán, es uno de los pocos ‘ganadores’ del conflicto. Pero (…) gran parte [de los analistas] no ha logrado destacar cómo esa guerra ha dañado a Hezbolá.

(…)

El número de bajas es elevado. Hezbolá ha perdido entre 1.700 y 1.800 combatientes, muchos de los cuales tenían gran experiencia. En comparación, Hezbolá perdió 1.200 hombres durante su conflicto de 18 años con Israel entre 1982 y 2000.

(…)

En resumen, el conflicto sirio puede haber resultado en una Hezbolá debilitada y exhausta que precisa transformar su imagen en los mundos islámico y musulmán, mientras se afana por incrementar su disponibilidad bélica en un vecindario más peligroso que nunca.

Hezbolá ha ganado una valiosa experiencia de combate en Siria, pero puede que el precio no compense la pérdida de hombres, el daño a su imagen y la necesidad de ceder parte de su autonomía a Irán y al régimen de Asad.

Cuanto más dure la guerra, más destacarán esas pérdidas.