Contextos

Marruecos y la cuestión del Rif

Por Ricardo Ruiz de la Serna 

Mohamed VI.
"En las protestas se ven cada vez más banderas de la República del Rif -el Estado que fundó Abd el Krim, cuya memoria sigue viva en el norte de Marruecos- y las banderas coloridas de los imazighen o bereberes."

Al gobierno de Rabat se le está yendo de las manos la cuestión del Rif. Desde hace más de seis meses, el descontento ha sacado a miles de marroquíes a las calles de las principales ciudades del norte del país desde la Yebala hasta el Rif Oriental. El epicentro de la protesta está en Alhucemas, de donde era oriundo el joven Mohcine Fikri, que murió triturado por un camión de basura cuando trataba de recuperar el pescado que la policía le había incautado. Las investigaciones anunciadas no han satisfecho a casi nadie. La mafia de la venta de pescado -si no se compra a determinados distribuidores, el género se confisca y se destruye- ha sido el detonante de una indignación que, hasta ahora, las autoridades no han logrado aplacar.

El último episodio ha sido una huelga general seguida por una manifestación multitudinaria el jueves pasado en Alhucemas para cuyo control se desplegaron efectivos de la policía, la Gendarmería y el ejército. Todo era un poco exagerado. Parte de la estrategia de desacreditar las protestas pasa por presentarlas como violentas y, por lo tanto, peligrosas. Es un error. La manifestación fue pacífica. En todo el norte se sabe que los verdaderos peligros son la pobreza y la corrupción, no los jóvenes que se echan a la calle. La protesta ha tenido réplicas en otros lugares: Nador, Beni Boufrah, Imzouren… hasta Tetuán. Es evidente que seis meses después del inicio de las manifestaciones, Rabat no logra satisfacer las demandas del Rif. Según las autoridades, la semana pasada salieron a la calle 3.500 manifestantes. Según los organizadores, fueron 70.000.

La movilización la lidera el movimiento Hirak Chaabi, cuya cara visible es Naser Zefzafi. Junto a la reivindicación de justicia social y fin de la corrupción, en las protestas se ven cada vez más banderas de la República del Rif -el Estado que fundó Abd el Krim, cuya memoria sigue viva en el norte de Marruecos- y las banderas coloridas de los imazighen o bereberes. A los manifestantes los han acusado de separatistas, pero es una simplificación. El factor que unifica Marruecos es el trono y nadie cuestiona seriamente la autoridad real. Sin embargo, el Majzén y el gobierno acaparan el descontento y nada parece contenerlo. La propia familia de Mohcine Fikri se ha desvinculado de las protestas, pero ha sido inútil. La “hogra” -la humillación del débil a manos del poderoso- es una fuerza movilizadora poderosísima y las protestas han seguido.

En realidad, el Gobierno de Rabat solo ha empeorado las cosas. Las acusaciones de separatismo y las sospechas vertidas contra los manifestantes de obedecer a “elementos extranjeros” han avivado la ira de los rifeños. El despliegue militar ha agravado el problema. Desde la independencia del país en 1956, el ejército ha sido el gran represor del Rif. Pocos han olvidado la revuelta que, entre 1958 y 1959, el rey Mohamed V ahogó en sangre. Muchos recuerdan los disturbios de 1984 y las revueltas del pan de 1990 en Nador y Tetuán. Ahora se ven por doquier retratos de Abd El Krim en camiseta, carteles y posters.

Sin embargo, también el movimiento popular rifeño corre el riesgo de equivocarse si no mide sus pasos al recabar apoyos internacionales. Hasta ahora, en España, han logrado despertar las simpatías de ciertos sectores del nacionalismo catalán -por ejemplo, la Candidatura de Unidad Popular (CUP)- pero precisamente esto puede convertirlos en instrumentos al servicio de otras agendas políticas. La postración histórica del Rif y las injusticias que han padecido durante décadas constituyen un problema distinto de las reivindicaciones de los nacionalistas radicales de Cataluña y la asociación con ellos solo los alejará de sectores de la opinión pública española que podrían simpatizar con la lucha contra la corrupción y la pobreza. Estas amistades peligrosas crearán la apariencia de que, en efecto, también ellos son independentistas. Si esa deriva se consolida, el movimiento popular que nació como protesta por una muerte atroz y una humillación constante, se convertirá en otra cosa que, tal vez, no represente el verdadero sentir de los rifeños.