Contextos

Maronitas: la salvación empieza en casa

Por Michael Young 

Patriarca maronita
"Los cristianos afrontan una amenaza existencial. Incluso en el mejor de los escenarios posibles resulta difícil imaginar que las comunidades de Irak, Siria y el Líbano puedan a volver estar, demográficamente hablando, como estaban hace tan solo una década""Hace poco muchos libaneses se enteraron de que el patriarca había encargado a una destacada empresa de ingeniería que preparara un proyecto preliminar para construir hoteles y funiculares en el valle de Qadisha""Nadie puede hablar de Rai sin mencionar su pasión por la política. Lo que pasa es que es muy malo en ella, lo que ha socavado su posición a nivel nacional"

Los patriarcas y obispos de las Iglesias orientales se reunieron el miércoles pasado en presencia de diversos embajadores extranjeros para hacer sonar las alarmas por el peligro que afronta la presencia cristiana en Oriente Medio.

En referencia a la ofensiva por el Estado Islámico, los clérigos denunciaron” el silencio ante lo que está sucediendo, con ausencia de un plan regional unificado por parte de [aquellos con] influencia en el mundo, especialmente las autoridades islámicas espirituales y políticas, así como la tibia actitud internacional respecto a estos acontecimientos”.

Su ansiedad resulta comprensible. Los cristianos afrontan una amenaza existencial. Incluso en el mejor de los escenarios posibles resulta difícil imaginar que las comunidades de Irak, Siria y el Líbano puedan a volver estar, demográficamente hablando, como estaban hace tan solo una década.

Pero una comunidad destaca en medio del desolado paisaje de las cada vez más reducidas minorías cristianas árabes: los maronitas. De todos los cristianos de la región, sólo ellos tienen un puesto destacado reservado: la presidencia del Líbano. Más aún, tienen un patriarca cuya vanidad y pomposidad le han llevado frecuentemente a hablar en nombre de todos los cristianos orientales.

Pero antes de empuñar la espada en nombre de su rebaño árabe, el patriarca Béchara el Rai debería empezar por barrer más cerca de su puerta. Puede que no pueda hacer mucho para evitar la amenaza yihadista en la región, pero los maronitas afrontan un sinnúmero de retos menores, algunos de los cuales Rai puede contribuir a resolver de forma que se cree un clima que beneficie a toda la comunidad. 

Sin embargo, para hacernos una idea de las prioridades de Rai, hace poco muchos libaneses se enteraron de que el patriarca había encargado a una destacada empresa de ingeniería que preparara un proyecto preliminar para construir hoteles y funiculares en el valle de Qadisha. El valle, de importancia histórica para los maronitas, está incluido por la Unesco en la lista de patrimonio de la humanidad. 

No está claro que el proyecto salga adelante. Nadie está satisfecho con el plan y la Iglesia, probablemente, quiera evitar un enfrentamiento impropio por un lugar considerado internacionalmente digno de ser conservado. Pero Rai es terco. Siempre que ha cometido errores se ha obstinado en ellos.

Pero es un error que Rai vulgarice la memoria colectiva de su comunidad. Si hay algo que los maronitas deban conservar hoy en día es un punto focal para su identidad colectiva, y el valle ha servido como tal. Verlo transformado en una versión eclesiástica del Club Med sería un insulto.

Hasta quienes no leen las Escrituras conocen la historia de Jesús atacando a los cambistas del Templo, a los que acusó de convertir una casa de oración en una cueva de ladrones. Puede que el valle de Qadisha no sea una casa de oración, pero para la mentalidad maronita es algo muy parecido. No merece la pena devastarlo para que Rai pueda sacar su tajada de los circuitos turísticos. 

Algo fundamental en lo que ha fallado el patriarca es en reformar su corrupta Iglesia. Cuando asumió el cargo en 2011 había esperanzas de que reemplazara los niveles superiores del clero; pero ahí sigue el mismo grupo decadente, aunque varios obispos hace mucho que superaron la edad de jubilación. Si estos son los hombres que tienen en sus manos el futuro de la Iglesia, no nos sorprendamos de que los maronitas afronten una crisis de confianza, o de que los miembros más jóvenes del clero sean tan irresponsables y materialistas como sus predecesores.

Y tampoco es que sea sólo una cuestión religiosa. La Iglesia maronita es poderosa gracias a su red de parroquias, escuelas, instituciones sociales y medios de comunicación. Son instrumentos que le permiten difundir sus ideas y objetivos. Si la cúpula está podrida, podemos estar seguros de que esa podredumbre se extenderá pronto a la base.

Nadie puede hablar de Rai sin mencionar su pasión por la política. Lo que pasa es que es muy malo en ella, lo que ha socavado su posición a nivel nacional. Desde su defensa inicial del régimen de Bashar al Asad a sus actuales intentos –todos ellos en vano– de hacer de comadrona de un nuevo presidente libanés, el omnipatriarca ha pecado por exceso. Tiene una opinión sobre todo, viaja a todas partes, da discursos por doquier. Rara vez menciona a la religión y cuando lo hace es como sordina, mientras su mente está en las elecciones.

¿Resolver estos problemas salvaría a los maronitas? Probablemente no. Y, para crédito de Rai, hay que decir que ha comprendido perfectamente que el vacío presidencial es perjudicial para la comunidad en su conjunto. Pero la salud de los maronitas depende de dos cuestiones básicas: de la capacidad de la comunidad de revitalizarse y reformarse a sí misma, y de la de sus élites para adaptarse al cambiante entorno regional.

La Iglesia es fundamental para la primera de esas dos cuestiones, dado su control sobre buena parte de las instituciones que conforman la sociedad maronita, sobre todo a sus jóvenes. Y, mientras que la segunda implica a todos los cristianos, la función de la Iglesia es decisiva en una región en la que la religión es fundamental en la vida social y política. La estrategia de los maronitas respecto a suníes y chiíes, por ejemplo, no puede formularse sin el respaldo eclesiástico.

Ello no disminuye la importancia del llamamiento realizado por las Iglesias orientales, pero la salvación empieza en la propia casa. Una Iglesia corrupta y venal acabará por reflejares en la comunidad a la que representa. Los cristianos que se niegan a abandonar el Líbano lo hacen porque creen que tienen algo por lo que luchar. Pero si la Iglesia, como representación espiritual y simbólica de la comunidad, es una guarida de ladrones, no esperemos que los cristianos luchen durante mucho tiempo. 

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