Contextos

'Margen Protector' y la 'hiperrealidad' en el conflicto palestino-israelí

Por Jesús M. Pérez 

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"¿Fueron los ataques a Israel el trasfondo de la lucha dentro del bando palestino por la hegemonía política?""Los medios de comunicación dejaron hace tiempo de informar del conflicto palestino-israelí para presentarnos una hiperrealidad que cumple un guión de buenos y malos sin grises ni contexto"

El pasado día 26 se cumplió un año de la entrada en vigor del alto el fuego que puso fin a las hostilidades en la Franja de Gaza. Tras una escalada de lanzamiento de cohetes que duró varios meses, las Fuerzas de Defensa de Israel lanzaron la operación Margen Protector. Hubiera sido interesante haber hecho entonces una encuesta sobre las causas de la acción israelí. Posiblemente muchos habrían hablado del secuestro y asesinato de tres adolescentes israelíes. O quizás la mayoría simplemente hubiera sido incapaz de dar una respuesta.

La cuestión es que la intervención israelí tuvo lugar en julio después de la enésima campaña de lanzamiento de cohetes contra núcleos poblados de Israel desde la Franja de Gaza, que se intensificó en marzo. En aquel entonces, Adiv Sterman informó en The Times Of Israel de que la andanada de cohetes contra el sur del país había sido la más intensa desde 2012. Se puede comprobar la estadística de ataques con cohetes y morteros contra Israel desde Gaza en una entrada de la Wikipedia cuyo borrado, curiosamente, fue sometido a votación tras el comienzo de Margen Protector. Parece que para algunos el contexto de los acontecimientos resulta irrelevante. Un repaso a los datos refleja que los ataques se extendieron después de marzo hasta el 24 de abril. ¿Qué pasó en aquellas fechas? El 23 de ese último mes Hamás y Fatah firmaron un acuerdo. ¿Fueron los ataques a Israel el trasfondo de la lucha dentro del bando palestino por la hegemonía política?

Los ataques contra Israel fueron esporádicos en mayo y volvieron a intensificarse en junio. Hay que entender que esos ataques se hacen con cohetes no guiados, cuyo impacto exacto no puede predecirse. Su falta de precisión es compensada con el lanzamiento en masa, en ataques de saturación, como hemos visto repetidamente en la guerra de Ucrania. Además, en el caso de los grupos armados palestinos, dejaron hace tiempo de ser simples cohetes artesanales para ser de diseño avanzado, como el M75, proporcionado por Irán a Hamás.

La falta de precisión y el lanzamiento en salvas es una cuestión relevante porque el Primer Protocolo de Ginebra de 1977, adicional a los Convenios de Ginebra de 1949, prohíbe en su artículo 51 los “actos o amenazas de violencia cuyo propósito principal es difundir el terror entre la población civil” y los “ataques indiscriminados”, que son aquellos que no están dirigidos a un blanco militar o que emplean un arma que no puede guiarse deliberadamente hacia un blanco militar. Es decir, el lanzamiento de cohetes contra un núcleo urbano constituye un crimen de guerra. El antiguo fiscal jefe del Tribunal Penal Internacional Luis Moreno-Ocampo tuvo que recordar a los tentados de llevar el conflicto palestino-israelí a instancias internacionales que en tal caso los crímenes de guerra palestinos serían investigados.

Si la doctrina internacional sobre crímenes de guerra es olvidada al tratar las acciones palestinas, el consumidor de medios occidental está más que convencido de que Israel cometió atrocidades, porque ha visto por televisión viviendas, mezquitas y hospitales destruidos. Volviendo de nuevo al Primer Protocolo de Ginebra de 1977, el artículo 52º define los objetivos militares como aquellos que por su “naturaleza, localización, propósito o uso hacen una contribución efectiva a la acción militar y cuya total o parcial destrucción, captura o neutralización, en las circunstancias que rigen en ese momento, ofrecen una ventaja militar definida”. El uso militar dado en un momento concreto es lo que define la legitimidad de un blanco, y prevalece sobre los usos en tiempos de paz. Un hospital palestino empleado como puesto de mando o una escuela de Naciones Unidas empleada como almacén de armas, dos ejemplos de los muchos casos documentados durante el verano de 2014, son blancos militares legítimos.

Un año después, los medios de comunicación han mostrado cómo la Franja de Gaza sigue ofreciendo imágenes de destrucción. ¿Qué pasó allí durante el verano de 2014? Las crónicas de los reporteros españoles sobre el terreno se centraron en aquel entonces en el drama humano, tal como constató el análisis de Revista de Medio Oriente. Los grandes ausentes de las crónicas periodísticas fueron los grupos armados palestinos y sus acciones. Resultó necesario en aquellas fechas acudir a medios extranjeros para enterarse de hechos como el descarado lanzamiento de cohetes a pie de hospital, o del hotel donde se alojaba la prensa extranjera.

Hay que acudir al parte de bajas israelí para saber que hubo duros combates sobre el terreno y que los soldados israelíes estuvieron bajo fuego de francotiradores, morteros y misiles anticarro. En dos incidentes diferentes, sucedidos el 22 y el 30 de julio, un total de seis militares israelíes murieron por la acción de trampas y artefactos explosivos colocados dentro de edificios, amenaza que también los soldados estadounidenses encontraron en Irak y que plantea el dilema a los comandantes militares de cómo responder para minimizar bajas. Si a las trampas explosivas sumamos la existencia de túneles que conectan los edificios, podemos concebir que, ante la proliferación de trampas explosivas y túneles, se optara por destruir edificaciones allí donde los combates fueron más intensos. Sabemos qué zonas fueron gracias a unos mapas elaborados por Naciones Unidas a partir de imágenes por satélite. Podemos comprobar que las zonas más castigadas de Gaza coinciden con las áreas urbanas periféricas, más próximas a la frontera con Israel, que constituyeron el eje de avance de las fuerzas terrestres israelíes. Hablamos de lugares como Beit Lahia, Shahaiya y Beit Hanún, donde se ubican los paisajes de edificios derruidos que muestran siempre los medios para representar la devastación sufrida. Véanse por ejemplo las imágenes recogidas por un dron del canal Al Yazira el pasado mes de enero.

El filósofo y sociólogo francés Jean Baudrillard dedicó su obra al estudio de la construcción social de la realidad. Baudrillard no estudia cómo los medios presentan la realidad de una forma tergiversada o engañosa, sino que directamente sostiene que construyen un mundo artificial que tiene existencia por sí mismo, sin relación alguna con la realidad material. Baudrillard denominó a esa mundo artificial “hiperrealidad”. Podríamos concluir entonces que los medios de comunicación dejaron hace tiempo de informar del conflicto palestino-israelí para presentarnos una hiperrealidad que cumple un guión de buenos y malos sin grises ni contexto. Según los medios, en el verano de 2014 Israel hizo llover bombas sobre zonas urbanas palestinas de forma criminal e irracional. Pero merece la pena preguntarse por qué sucedió así.

Conocemos casos de periodistas, como el italiano Gabriele Barbati y el polaco Wojciech Cegielski, que fuera y lejos de Gaza nos han contado cosas que, estando allí, no pudieron contar, para evitar represalias palestinas. Lo habitual es que, cuando cubren un conflicto empotrados en unidades militares o visitan lugares como Corea del Norte, los periodistas adviertan de las limitaciones impuestas a su trabajo. Ningún reportero español presente en Gaza informó a su público de que las informaciones que presentaba eran resultado de un trabajo en condiciones restringidas. Sería interesante saber si alguno, más tarde y lejos de allí, contó cosas que no pudo mostrar mientras se movía por el feudo de Hamás. ¿Que ninguno denunciara presiones y censura se debió a que se limitaron a mostrar y contar sólo lo que encajaba en el discurso palestino?

Ya lo contó Nacho Carretero en un artículo bastante cínico y nada benevolente con Israel: “Guía para hacer un reportaje en Palestina”. El joven y novato periodista simpatizante de la causa palestina que aterrice en Israel va a encontrarse con toda una industria que le proporcionará materia prima, y verá cosas con sus propios ojos que contradirá lo que le cuenten las fuentes palestinas. Y ese joven periodista tendrá que resolver esa disonancia cognitiva para que sus crónicas encajen en la narrativa de los medios, la hiperrealidad del conflicto palestino-israelí. El problema es que, sin una descripción de la realidad, no hay diagnóstico para llegar a una solución posible.