Contextos

Los tontos útiles de Asad

Por Michael Young 

Bashar Asad.
"Fue el régimen de Asad el primero que permitió a los yihadistas expandirse y usar Siria como corredor para penetrar en Irak y combatir a los americanos y matar iraquíes""Algo parecido puede decirse de la emergencia del Estado Islámico, sucesor de Al Qaeda en Irak. Cuando irrumpió en el escenario sirio en 2013 y 2014, numerosos informes dieron cuenta de cómo se había coordinado, normalmente de forma implícita, con el régimen sirio""El siniestro juego de Asad está funcionando, y son muchos los ilusos. Perdidos en el caos de Oriente Medio, los Gobiernos occidentales están recurriendo a viejos hábitos, con los que están muy familiarizados"

Luego de que un piloto jordano fuera quemado vivo por el Estado Islámico (EI), el presidente sirio, Bashar al Asad, llamó a Amán a trabajar junto con Damasco en la lucha “contra el terrorismo representado por Daesh [otro de los nombres del EI]  y el Frente Al Nusra (…) y otras organizaciones terroristas asociadas con ellos en Siria y en toda la región”.

Como nos recordaba Martin Chulov en un artículo sobre la creación del EI publicado en The Guardian el pasado mes de diciembre, fue el régimen de Asad el primero que permitió a los yihadistas expandirse y usar Siria como corredor para penetrar en Irak y combatir a los americanos y matar iraquíes. En dos reuniones secretas celebradas en 2009 en la localidad siria de Zabadani –en las que el Gobierno iraquí consiguió infiltrar a un espía–, los sirios se coordinaron con baazistas iraquíes de la era de Sadam Husein, así como con altos mandos de Al Qaeda en Irak, para desestabilizar el régimen iraquí respaldado por Estados Unidos.

Algo parecido puede decirse de la emergencia del Estado Islámico, sucesor de Al Qaeda en Irak. Cuando irrumpió en el escenario sirio en 2013 y 2014, numerosos informes dieron cuenta de cómo se había coordinado, normalmente de forma implícita, con el régimen sirio. En uno de ellos se citaba a un combatiente del EI diciendo que sabía que él y sus camaradas no serían atacados por la aviación siria.

El cálculo de Damasco fue cínico pero correcto. Si los extremistas ganaban fuerza a expensas de la oposición más moderada, los de Asad pronto serían vistos como un bastión contra el yihadismo y la comunidad internacional sería más precavida a la hora de abogar por un cambio de régimen. Esta es una de las razones por las que el régimen compró petróleo al Estado Islámico, quizá para satisfacer su propia demanda de carburante, sí, pero también para llenar las arcas del EI.

Si alguno tiene la impresión de que la propuesta claramente hipócrita de Asad para colaborar en la lucha contra los grupos yihadistas no está funcionando, haría bien en revaluar la situación. La Administración Obama ha dicho que está en el mismo bando que Irán en la lucha contra el Estado Islámico. En una carta al líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei, Obama aseguró que los ataques aéreos llevados a cabo en territorio sirio no tendrían por objetivo el régimen de Asad.

También hay noticias en Beirut de que París estaría deseosa de retomar las conversaciones sobre terrorismo con Siria tras el ataque contra Charlie Hedbo en enero. A este respecto, un parlamentario libanés me dijo hace unas semanas que había acudido a Damasco un enviado especial francés. La información no está confirmada y no ha habido novedades desde entonces, pero reacciones así por parte de Gobiernos occidentales no parecen descabelladas.

Lo destacable es cómo se ha permitido a Asad establecerse en esa posición, donde es visto, una vez más, como un aliado en la extinción de todos los fuegos que su régimen ha ayudado a propagar. Este era el planteamiento clásico de su padre, Hafez al Asad, quien exportó inestabilidad a la región de tal modo que hizo que Siria fuera un aliado indispensable a la hora de sofocar sus peores consecuencias.

Entre los americanos que llaman a la cooperación con Asad encontramos a Leslie Gelb, presidente emérito del Consejo de Relaciones Exteriores, un realista declarado que literalmente goza haciendo propuestas que mucha gente desecharía de inmediato. En un artículo para The Daily Beast, Gelb hace unos días que aunque Asad era verdaderamente culpable de masacrar a su propia población, “Estados Unidos debe tener acuerdos de trabajo efectivos con Siria e Irán para controlar y acabar con el Estado Islámico”. “No hay otra forma”, añadía.

Opiniones como estas son polémicas, pero parecen tener la ventaja de arrojar luz sobre una clara aunque impopular salida. América tiene debilidad por los pragmáticos obstinados, y Gelb encaja a la perfección en ese perfil. El único problema es que fracasa a la hora de afrontar un problema crucial: si Asad sigue en el poder, el potencial de movilización de los grupos yihadistas seguirá siendo alto. El hombre con el que  Gelb quiere que Washington colabore es un potente estímulo para la yihad que Gelb quiere combatir.

El siniestro juego de Asad está funcionando, y son muchos los ilusos. Perdidos en el caos de Oriente Medio, los Gobiernos occidentales están recurriendo a viejos hábitos, con los que están muy familiarizados. Los Asad siempre estuvieron a mano para resolver problemas relacionados con el terrorismo, y hay numerosos estúpidos recomendando volver por esos fueros.

Pero el precio que Asad pedirá a cambio será muy alto. Querrá, por supuesto, garantías que aseguren su supervivencia política; la reapertura de embajadas en Damasco; medidas en contra de sus enemigos regionales, que respaldan a los grupos de la oposición. La lista será larga, aunque lo que se concrete sea limitado. Asad sabe que las cosas han cambiado en el torbellino creado por el Estado Islámico. Lo que ocurra con él ya no es una prioridad, especialmente para la Casa Blanca de Barack Obama.

Uno tiene que reconocer la pericia de Asad y a sus aliados iraníes y rusos. Enseguida se dieron cuenta de que los países occidentales podían ser manipulados. Le tomaron la medida a Obama y vieron que era un peso pluma. Ahora que el foco está sobre un problema que él contribuyó a crear, Asad puede retener el poder y tratar de convencer a todo el mundo de que es un buen chico. Los peces más tontos serán los primeros en morder el anzuelo.

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