Contextos

Los semi-Estados terroristas de Hamás y Hezbolá

Por Yaakov Lappin 

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"La amenaza terrorista a la que se enfrenta Israel es inusual porque las organizaciones que quieren destruirlo tienen su propio territorio, lo que las convierte en una suerte de semi-Estados. En efecto, las entidades fundamentalistas armadas situadas en las fronteras de Israel controlan territorio y gobiernan poblaciones, lo que por otro lado genera una contradicción intrínseca entre sus ideologías islamistas de línea dura y sus estrategias de supervivencia"

La amenaza terrorista a la que se enfrenta Israel es inusual porque las organizaciones que quieren destruirlo tienen su propio territorio, lo que las convierte en una suerte de semi-Estados.

En efecto, las entidades fundamentalistas armadas situadas en las fronteras de Israel controlan territorio y gobiernan poblaciones, lo que por otro lado genera una contradicción intrínseca entre sus ideologías islamistas de línea dura y sus estrategias de supervivencia.

La paradoja se está materializando muy visiblemente en Gaza. Allí, Hamás trata de aliviar el bloqueo de seguridad mediante un abanico de tácticas violentas de presión, mientras igualmente intenta evitar la debacle económica del territorio. Sin embargo, no está dispuesta a dejar de incrementar su arsenal de armas ofensivas que apuntan a Israel, lo que significa que la economía gazatí sigue siendo disfuncional.

Hamás no da prioridad a las necesidades de los civiles de Gaza. En lugar de abordar problema del desempleo o hacer lo necesario para asegurar un suministro eléctrico estable, intenta intimidar a Israel y presionar a la Autoridad Palestina y a Egipto para que procedan al rescate económico de la Franja, donde el paro se sitúa en el 44% y en más del 60% entre los jóvenes, muchos de ellos con título universitario. La mayoría de los habitantes de Gaza (se estima que cuenta con dos millones) disponen de unas cuatro horas de electricidad al día, y en los próximos años podrían agotarse las existencias de agua.

Lo que más teme Hamás es una revuelta popular contra su régimen, que podría perfectamente ir de la mano del colapso económico. A pesar de esta posibilidad, no está dispuesta a dejar de convertir Gaza en una base de ataque islamista fuertemente armada.

Esta disonancia está generando una importante inestabilidad regional, y las tensiones entre Hamás e Israel están ahora en los niveles más altos desde el conflicto armado de 2014. Las dos partes intercambiaron fuego el fin de semana pasado; Hamás y la Yihad Islámica Palestina dispararon cohetes y morteros de corto alcance contra localidades del sur de Israel, y la Fuerza Aérea israelí respondió atacando más de 40 objetivos militares de alto valor en la Franja. Desde entonces ha habido una tregua con la mediación de Egipto, pero es una tregua frágil.

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Mientras, en el Líbano, Hezbolá, organización terrorista chií con uno de los mayores arsenales mundiales de proyectiles tierra-tierra, sigue preparándose para la guerra con Israel.

El monstruoso arsenal de Hezbolá es una clara señal de quién manda realmente en el Líbano; según algunas estimaciones, uno de cada diez edificios del país oculta un proyectil de la organización. Este arsenal se compone de armas de fabricación iraní introducidas ilegalmente, sobre todo, en el sur del país, en las 200 localidades chiíes que Hezbolá ha convertido en bases de ataque.

Esto contraviene la resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU, que prohíbe la presencia de fuerzas armadas en el sur del Líbano con la excepción del Ejército del país y de una fuerza pacificadora de la propia ONU. Pero como Hezbolá controla ese territorio, puede saltarse la legalidad internacional sin demasiadas consecuencias. Al mismo tiempo, Hezbolá mantiene diligentemente un alto el fuego de 12 años con Israel, y por el momento no muestra interés en provocar otro conflicto.

Esta situación da cuenta tanto del inmenso poderío bélico de Hezbolá, sobre el cual la comunidad internacional no ha sido capaz de actuar, como de la vulnerabilidad de la organización chií.

Hezbolá ha desempeñado un papel muy importante en la guerra civil siria, sirviendo como ejército regional iraní al rescate del régimen de Asad. Pero perdió entre 1.500 y 2.000 combatientes, y miles más fueron heridos, lo que hizo crecer la tensión en sus bases de apoyo en el sur del Líbano, de donde procedía la mayor parte de ese contingente de bajas. El líder de Hezbolá, Hasán Nasrala, ha tenido que justificar repetidamente la presencia de la organización en Siria. Así, dijo a sus bases que si el régimen de Asad caía en Siria, Hezbolá caería con él en el Líbano.

La guerra en Siria ha provocado a Hezbolá una crisis económica y moral, señaló el año pasado el jefe de Estado mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), Gadi Eisenkot. No obstante, añadió, esta organización terrorista respaldada por Irán sigue representando una amenaza extraordinaria para Israel.

Su dominio político y militar sobre el Líbano demuestra la fortaleza de Hezbolá, pero también ayuda a explicar su contención, que sea reacia a exponerse al fuego de Israel y a perder el control del territorio.

Una guerra con Israel pondría en peligro a los líderes de Hezbolá y el control que ejerce la organización sobre el Líbano, factores que contribuyen a la contención. “Se ha disuadido a Hezbolá”, declaró el exjefe del Estado Mayor de las FDI, Benny Gantz, en 2014; “sabe lo que pasará si inicia un conflicto con nosotros, y que eso provocaría en el Líbano una regresión de décadas”, añadió.

Semi-Estados, no Estados normales

En algunos aspectos, Hamás y Hezbolá han llegado a parecer Estados, con sus propias fuerzas armadas jerarquizadas, su poder político, sus medios de comunicación y sus fronteras definidas. Pero en otros no son Estados normales en absoluto, y consideran sus territorios como bases de ataque y a sus civiles, escudos humanos. Su compromiso de largo aliento con el conflicto con Israel, salpicado de treguas oportunistas, sigue siendo primordial.

La libertad que tienen para gobernar sus territorios les obliga por otro lado a tener en cuenta los riesgos, lo que ha permitido a Israel influir en sus procesos de toma de decisiones y prolongar los periodos de tregua mediante la disuasión. La capacidad para disuadir a actores terroristas que son semi-Estados es clave para la seguridad de Israel.

“Nuestra función es, en primer lugar, garantizar la seguridad de los ciudadanos del Estado de Israel, y evitar las guerras tanto como sea posible. Así, lo primero y más importante es fortalecer la disuasión”, declaró el año pasado el ministro israelí de Defensa, Avigdor Lieberman.

Los responsables de la defensa israelí han utilizado este periodo de tranquilidad para adaptar el Ejército a las fuerzas híbridas de Oriente Medio. Son híbridas porque son en parte ejércitos, en parte guerrillas y en parte organizaciones terroristas clásicas: he aquí la naturaleza de las organizaciones terroristas que controlan un territorio.

Así las cosas, las organizaciones terroristas de esta zona del mundo disponen de armas, como misiles guiados por GPS, que antes estaban reservadas a las grandes potencias mundiales. El lado bueno es que también se les puede disuadir de su uso.

A esta compleja realidad es a lo que se enfrenta cotidianamente el establishment israelí de defensa, mientras trata de proteger a los civiles de su país, prolongar los periodos de calma y prepararse intensivamente para el día en que estalle un conflicto. Según valoraciones de los servicios de inteligencia israelíes, estos actores han hecho sus análisis de autopreservación y concluido que en este momento no les interesa provocar un conflicto a gran escala con Israel. Sin embargo, la naturaleza inestable e impredecible de la región implica que incluso los pequeños incidentes pueden descontrolarse, generando un efecto bola de nieve que los haga derivar en guerras, las quiera alguien o no.

Una vez desatadas las hostilidades, Hezbolá y Hamás pueden disparar proyectiles contra ciudades israelíes y llevar a cabo tácticas de guerra urbana de alto nivel contra las fuerzas israelíes que penetren en sus dominios.

La situación se ha vuelto considerablemente más compleja por el respaldo estatal directo que Irán proporciona a Hezbolá y, en menor medida, a Hamás, así como a la segunda mayor facción armada de Gaza, la Yihad Islámica Palestina.

Como se jactaba recientemente el vicecomandante de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) Hosein Salami, Irán ha generado un “gran poder” en el Líbano, que apunta a Israel con más de 100.000 cohetes y misiles. Salami aludió también a los esfuerzos de Teherán por erigir una segunda fuerza armada en Siria compuesta de milicias chiíes, a la que se refirió como “el Ejército Islámico de Siria”.

Para lidiar con esta amenaza, Israel ha desarrollado un Ejército bien organizado y provisto de alta tecnología, que anda ahora muy ocupado adaptándose a la amenaza híbrida que acecha al otro lado de la frontera. La clave para la adaptación reside en combinar unos servicios de inteligencia superiores y una potencia de fuego precisa; combinación que las FDI están actualizando constantemente.

Israel sigue adelante con su política de disuasión de dichos actores, aprovechándose de su vulnerabilidad para dejarles claro que deberían abstenerse de abrir fuego.

Esto no hará que cambien su ADN ideológico radical. Ni resolverá la disonancia cordial de una facción terrorista con territorio propio. Pero sí podría desactivar un sangriento conflicto y ahorrar, en la medida de lo posible, sufrimiento a ambas partes.

© Versión original (en inglés): The Algemeiner
© Versión en español: Revista El Medio