Contextos

Los saudíes, furiosos con Obama por su acercamiento a Irán

Por Daniel Pipes 

El rey Abdalá de Arabia Saudí.
"Los saudíes están obsesionados con el peligro de ser rodeados por agentes de Irán, y les asustan más las implicaciones del plan conjunto no relativas a la cuestión nuclear que las que sí lo son.""La belicosidad de Irán y las políticas proiraníes de la Administración Obama se han conjugado para acabar con varias décadas de dependencia estratégica de los saudíes respecto a Washington, y ahora están empezando a pensar en cómo defenderse por sí mismos"

El Plan de Acción Conjunto firmado en Ginebra por Irán y el denominado P5+1 (China, Francia, Alemania, Rusia, Reino Unido y Estados Unidos) el 24 de noviembre fue motivo de celebración para los árabes chiíes, de preocupación para los árabes sufíes y de pánico para los saudíes. La respuesta saudí tendrá consecuencias impredecibles y de gran alcance.

Mientras el jefe de los negociadores iraníes, Mohamed Javad Zarif, traía a casa un acuerdo que para Irán vale unos 23.000 millones de dólares, los árabes chiíes marcaban el paso con Teherán. El primer ministro iraquí, Nuri al Maliki, ha manifestado su “completo apoyo” al proceso. En cuanto al presidente sirio, Bashar al Asad, ha celebrado el acuerdo como “el mejor camino para asegurar la paz y la seguridad”. Por lo que hace al presidente del Parlamento libanés, Nabih Berri, lo ha denominado el “acuerdo del siglo”. Y Hezbolá considera que se trata de “una gran victoria para Irán”.

En cambio, entre los árabes suníes las respuestas iban del educado apoyo al disgusto y la alarma. Puede que el periódico gubernamental egipcio, Al Ahram, fuera más entusiasta: lo denominó un acuerdo “histórico”. La mayoría de países no dijo ni pío. Los saudíes manifestaron la mayor preocupación. Sí, Riad declaró oficialmente: “Si hay buena voluntad, entonces este acuerdo podría ser un primer paso para alcanzar una solución global al problema nuclear iraní”, pero véase el escepticismo que transmiten las cuatro primeras palabras.

Si ésta fue la respuesta más suave, puede que el comentario más desinhibido fuera el de Alwalid ben Talal, un príncipe saudí que, de vez en cuando, lanza globos sonda por cuenta de la familia real: denominó a Irán “una gran amenaza” y señaló que, históricamente, “el Imperio persa siempre estuvo en contra del Imperio árabe musulmán; especialmente, en contra de los suníes. La amenaza viene de Persia, no de Israel”, una declaración pública revolucionaria y memorable.

Alwalid detalló a continuación cómo los iraníes están “en Baréin, en Irak, en Siria; están con Hezbolá en el Líbano y con Hamás, que es suní, en Gaza”. Como sugiere esta enumeración, los saudíes están obsesionados con el peligro de ser rodeados por agentes de Irán, y les asustan más las implicaciones del plan conjunto no relativas a la cuestión nuclear que las que sí lo son. Gregory Gause, de la Universidad de Vermont, ve a los saudíes preocupados porque el acuerdo abra un camino “libre de obstáculos” para que Irán logre el dominio sobre la región. (Esto contrasta con la postura israelí y occidental, que se centra en el peligro nuclear).

Abdalá al Askar, presidente del Comité de Asuntos Exteriores del Consejo de la Shura, profundiza en la cuestión: le preocupa “dar más espacio o mano libre en la región a Irán”:

Su Gobierno ha demostrado, un mes tras otro, que tiene un feo plan para la zona, y, respecto a ello, nadie de la región va a echarse a dormir y a asumir que todo va bien (…) La gente de la región (…) sabe que Irán interferirá en la política de muchos países.

Los medios saudíes han incidido en esta línea de análisis. Al Watan, un periódico gubernamental, advirtió de que el régimen iraní, “que extiende sus tentáculos hacia otros países de la región, o que intenta hacerlo por todos los medios”, no se verá coartado por el acuerdo. Otro diario, Al Sharq, escribió en su editorial sobre el peligro de que Irán hiciera concesiones en la cuestión nuclear “a cambio de una mayor libertad de acción en la región”.

Algunos analistas, sobre todo en los países más pequeños del Golfo Pérsico, han ido más allá. Jaber Mohamad, un analista de Baréin, predijo: “Irán y Occidente alcanzarán un acuerdo sobre cómo repartirse la influencia en el Golfo”. El periódico catarí, de propiedad gubernamental, Al Quds Al Arabi mostraba su inquietud por “una alianza entre Estados Unidos e Irán respaldada por Rusia”. Los rumores relativos a que Obama desearía visitar Teherán no hacen más que confirmar estas sospechas.

El príncipe Mohamed ben Nawaf ben Abdulaziz, embajador saudí en Londres, llegó a la conclusión pública más explícita: “No vamos a quedarnos sentados sin hacer nada, a recibir una amenaza y a no pensar seriamente de qué forma podemos defender mejor a nuestro país y a nuestra región”, amenazó. Por decirlo suavemente, los diplomáticos saudíes normalmente no hablan así de sus correligionarios musulmanes.

¿Qué es lo que implica este inusitado discurso? La belicosidad de Irán y las políticas pro-iraníes de la Administración Obama se han conjugado para acabar con varias décadas de dependencia estratégica de los saudíes respecto a Washington, y están empezando a pensar en cómo defenderse por sí mismos. Esto es importante, porque, como bien se jacta Alwalid, su país es un líder entre los árabes y goza de la mayor influencia internacional, regional, cultural y religiosa. Los resultados de esta nueva confianza de Arabia Saudí en sí misma –lucha contra correligionarios islámicos, alineamiento tácito con Israel, puede que adquiera armas nucleares paquistaníes, incluso puede que se acerque a Teherán– suponen una nueva consecuencia de la explosiva política exterior de Barack Obama.

Middle East Forum