Contextos

Los pocos valientes de Turquía

Por Burak Bekdil 

Bandera de Turquía.
"Si un 10% de los simpatizantes del EI en Turquía decidiera unirse a la yihad, eso querría decir que habría 40.000 nuevos yihadistas dispuestos a combatir al otro lado de la frontera, en Irak y en Siria, o en territorio turco si consideraran que Ankara se aliaba con Occidente contra sus camaradas salafistas"

El pasado verano, una antigua filial de Al Qaeda se convirtió en un ejército regular y conquistó amplios territorios en Irak y Siria. En un primer momento se denominó Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL), para posteriormente darse a conocer simplemente como Estado Islámico (EI). Proclamó el Califato islámico en los territorios capturados y, desde entonces, ha matado a decenas de miles de “infieles”, entre ellos, sobre todo, musulmanes chiíes. Ha decapitado a los cautivos occidentales a los que tenía prisioneros y  ha afirmado de ellos que eran bajas en su yihad contra el mundo cristiano. Sus métodos para imponer el salafismo han sido criticados por ser “demasiado extremos”, incluso para Al Qaeda.

Con este telón de fondo, un reciente estudio del destacado grupo turco de demoscopia Metropoll ha revelado que el 84% de los turcos cree que el EIIL (o EI) “no actúa por motivos religiosos”. Casi un tercio de los turcos considera que los islamistas, con los que ahora comparten una frontera de casi 1.500 kilómetros, no suponen una amenaza para la seguridad de su país, pese a que en junio el Estado Islámico atacara el consulado de Turquía en Mosul, segunda ciudad más grande de Irak, y tomara como rehenes a 46 turcos –entre ellos al cónsul general–, a los que no liberó hasta hace poco a cambio de un número desconocido de militantes suyos encarcelados.

Pero esa misma encuesta revela algo que resulta engañoso: Metropoll ha descubierto que “tan sólo un 5% de turcos afirma simpatizar con el EIIL”. Los turcos (y el mundo) deberían sentirse felices porque sólo una parte marginal de sus ciudadanos simpatice con un grupo que mata en nombre de una determinada interpretación del islam. Al fin y al cabo, ¿qué es un cinco por ciento? Por desgracia, no es así.

Si sólo un 5% de los turcos es simpatizante del Estado Islámico significa que hay cerca de 400.000 personas que viven en Turquía y simpatizan con los yihadistas; son demasiadas. Si un 10% de los simpatizantes del EI en Turquía decidiera unirse a la yihad, eso querría decir que habría 40.000 nuevos yihadistas dispuestos a combatir al otro lado de la frontera, en Irak y en Siria, o en territorio turco si consideraran que Ankara se aliaba con Occidente contra sus camaradas salafistas. El estudio de Metropoll ha revelado, una vez más, que Turquía es terreno abonado para el radicalismo islámico.

No es que sea una sorpresa. A comienzos de este año, un estudio de la Liga Anti-Difamación revelaba que un 69% de los turcos era antisemita, frente a un 56% de iraníes. Más recientemente, Gonzo Insight, una compañía turca de investigación, descubría que 27.309 turcos han tuiteado 30.296 contenidos en los que se defiende explícitamente “el Holocausto de los judíos por Hitler”. No sólo turcos corrientes, sino, al parecer, algunos más importantes. Por ejemplo, Samil Tayyar, miembro del Parlamento por el partido en el poder, el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), tuiteó, dirigiéndose a “los judíos”: “Ojalá nunca os falte un Hitler”. Tayyar nunca ha tenido que comparecer ante el comité disciplinario del AKP, que gobierna Turquía desde 2002.

En otro ejemplo muy revelador, Alí Ihsan Goker, director del departamento de Física de la Universidad Bilecik, se enfrentó a Louis Fishman, profesor asistente del Brooklyn College de la Universidad de la Ciudad de Nueva York: “Treblinka pronto estará lista. Se está construyendo el ferrocarril que transportará a los judíos” , tuiteó el profesor turco (Treblinka fue un campo nazi de la muerte en la Polonia ocupada por Alemania, creado en el verano de 1942 como parte de la Operación Reinhard. Según ese plan, los nazis pretendían asesinar a todos los judíos residentes en la zona de Polonia conocida como Gobierno General).

Más tarde, ese mismo día, Goker también tuiteó: “Si yo fuera primer ministro, reuniría a todos los judíos dispersos de aquí y los enviaría inmediatamente a un campo de deportación”.

El profesor turco proponía resucitar los campos de la muerte de la época del Holocausto porque Fishman escribió en Haaretz el 23 de julio de este año:

 Sin embargo, parece poderse afirmar con seguridad que, dada la actual atmósfera de patente antisemitismo, más familias judías [en Turquía] se convencerán de que ha llegado la hora de marcharse, una decisión adoptada ya por la mayoría de los judíos durante la última década. Si se quedan, eligen sobrevivir en su propia burbuja psicológica y física o seguir ignorando el hecho de que muchos de sus compatriotas los consideran enemigos.

¿Qué ocurre si un profesor universitario de un país sensato, en el año 2014, propone reconstruir los campos de concentración para matar a “todos los judíos”? ¿Lo procesan por discurso de incitación al odio? ¿Suspenden su contrato académico? ¿Ambas cosas? En Turquía, a este hombre le concedieron fondos para financiar su investigación. La financiación le llegó –un mes después de que realizara su propuesta de reconstruir los campos de la muerte para los judíos– del instituto estatal turco de investigación científica.

Pero Aykan Erdemir, miembro de la oposición en el Parlamento y perteneciente al socialdemócrata Partido Popular Republicano, escribió la semana pasada: 

El hecho de que no haya sanciones por antisemitismo revela la mentalidad reinante.

Tiene razón, y además es un valiente. No resulta fácil combatir el antisemitismo en un país donde hay 400.000 yihadistas en potencia y el antisemitismo es una virtud digna de ser premiada.

Otro valeroso grupo de hombres procede de la sección de Estambul de la Human Rights Association. El 16 de septiembre presentaron un grueso informe a los ministerios de Justicia e Interior en el que exigían que “el auge del antisemitismo en Turquía sea investigado a fondo”.

En realidad, el diputado Erdemir y la Human Rights Association son demasiado ingenuos. El caso de Erdemir probablemente le cueste votos a su partido, no se los haga ganar. Y los activistas pro-derechos humanos, en vez de hacer que se investigue el antisemitismo, podrían encontrarse con que al final son ellos los investigados.

Gatestone Institute