Contextos

Los mitos de la yihad afgana

Por Jesús M. Pérez 

Osama ben Laden
"Hemos vuelto a escuchar los bulos de que, en Afganistán, Estados Unidos creó Al Qaeda, entrenó a Osama ben Laden y armó a los talibán hasta que se volvieron en su contra. Bulos zombies que siguen circulando gracias a la ignorancia y al deseo ferviente de sentir indignación moral contra Estados Unidos"

El reciente ataque estadounidense con una bomba tipo MOAB en Afganistán contra un complejo de cuevas que servía de base para un grupo local del Estado Islámico generó un impacto enorme en los medios de comunicación y las redes sociales. Definitivamente, si Donald Trump pretendía dar un golpe mediático, lo consiguió con pleno éxito, abriendo los noticieros en lugares como España y Uruguay.

Personalmente, asistí en las redes sociales a un fenómeno curioso. El uso de la MOAB contra unas cuevas en las montañas de Afganistán generó más respuestas emocionales que cualquier bombardeo de núcleos urbanos realizado por la aviación rusa en Siria o la saudí en el Yemen. Ni siquiera el reciente uso por parte del régimen sirio de armas químicas contra su propia población generó una respuesta así. Más bien, encontró escepticismo y dudas que se volvieron agitación tras el ataque norteamericano con misiles de crucero contra la base aérea de Shayrat. Entonces, aparecieron en internet carteles del “No a la guerra” para condenar un ataque puntual contra una instalación militar de unas fuerzas armadas que han golpeado duramente a su propia población.

Cualquiera diría que la diferencia de respuestas nos puede dar una idea de cuál es el estímulo que genera esos comentarios airados en Facebook y esos tuits indignados. Y en esa ola de agitación social ante el uso de la MOAB aparecieron comentarios de una ironía típicamente hipster y millenial que hacían referencia a que Estados Unidos combatía a los mismos grupos yihadistas que había creado. Efectivamente, volvíamos una vez más a escuchar los bulos de que, en Afganistán, Estados Unidos creó Al Qaeda, entrenó a Osama ben Laden y armó a los talibán hasta que se volvieron en su contra. Bulos zombies que siguen circulando gracias a la ignorancia y al deseo ferviente de sentir indignación moral contra Estados Unidos.

La guerra en Afganistán comenzó cuando un Gobierno comunista emprendió reformas modernizadoras que soliviantaron a la población rural, religiosa y conservadora. Entre esas reformas estaba una que afectó a un asunto que revuelve las entrañas de cualquier campesino del planeta: la propiedad de la tierra. Los comunistas afganos procedieron a su colectivización. Las protestas fueron reprimidas y generaron un efecto de acción-reacción que llevó a más disturbios, masacres, el asesinato de asesores soviéticos y la deserciones masivas de unidades militares que se unieron a la población en rebeldía contra el Gobierno de Kabul, en lo que era ya practicamente una guerra civil.

Afganistán logró su independencia para cumplir la función de Estado tapón que impidiera el choque directo de los imperios británico y zarista durante el Gran Juego de Asia. Su población incluye grupos étnicos que encontramos en las repúblicas de Asia Central y Pakistán. Así que la revuelta afgana generó ondas de choque en sus países vecinos. La URSS temió que la crisis afgana se extendiera hacia las repúblicas soviéticas con población musulmana de Tayikistán y Uzbekistán. Pakistán recibió oleadas de refugiados pastunes, grupo étnico que siempre consideró la frontera una línea abstracta.

Estados Unidos y Pakistán decidieron echar gasolina al fuego afgano con la esperanza de perjudicar a la Unión Soviética. El presidente Carter autorizó la ayuda a los rebeldes afganos en el verano de 1979. La URSS decidió descabezar al irresponsable Gobierno afgano y colocar uno más confiable mediante una invasión militar. Una vez ocupado Afganistán, la URSS quedó atrapada en un conflicto del que tardó casi un década en salir.

El esfuerzo estadounidense para apoyar a la insurgencia afgana tuvo una peculiaridad. Se externalizó a Pakistán. La aún reciente experiencia de la guerra de Vietnam alimentaba las ganas de venganza. Al fin y al cabo, Saigón había caído sólo cuatro años antes de la invasión soviética de Afganistán. Pero también generó el temor en Washington a otro fiasco asiático, y el presidente Carter no quería que la CIA se manchara las manos. El programa se amplió durante el Gobierno Reagan y contó con la financiación adicional de Arabia Saudita.

Ceder a Pakistán el control directo del programa de apoyo a los rebeldes afganos tuvo un inconveniente que la CIA no comprendió en aquel momento. El régimen pakistaní del general Zia ul Haq tenía una agenda propia y particular. En primer lugar, había llegado al poder mediante un golpe de Estado y su régimen carecía de base social. Así que intentó construirla dando protagonismo a las organizaciones islamistas. Por ejemplo, puso en manos de las organizaciones asistenciales islamistas la atención a los refugiados afganos, que pasaron a ser educados en escuelas religiosas profundamente conservadoras.

En segundo lugar, a Pakistán le interesaba obtener mayor profundidad estratégica. Esto es, frente al enorme tamaño de la India, Pakistán quería asegurarse una enorme retaguardia en las montañas afganas. Así que el todopoderoso servicio secreto pakistaní, el ISI, favoreció de entre los rebeldes afganos a los grupos islamistas y a los grupos pastunes. La guerra afgana contra el invasor soviético se convirtió en una guerra religiosa. Los rebeldes afganos fueron así conocidos como los muyahidín, “los que hacen la yihad”.

Se reclutó a voluntarios para la yihad afgana en los países árabes, cuyos regímenes estuvieron encantados de deshacerse de sus islamistas para que fueran a morir en las montañas de Afganistán. Mientras, ONG y organizaciones caritativas musulmanas recogían dinero para la causa y atendían a la población afgana que había huido del país. La ciudad de Peshawar se convirtió en la capital de los afganos refugiados en Pakistán. Por allí pasaron espías, aventureros, periodistas, oportunistas y activistas de todo tipo.

Entre los personajes que aparecieron en Peshawar estaban el médico egipcio Aymán al Zawahiri y el ricachón saudí Osama ben Laden. Al principio se dedicaron a labores de retaguardia, ayudando a los refugiados y distribuyendo la ayuda recibida. A finales de 1985 eran casi un centenar de voluntarios. Según fue cayendo bajo el influjo de Al Zawahiri, Ben Laden comenzó a pensar en participar en la lucha armada.

Los voluntarios, principalmente árabes, que cruzaban la frontera para empuñar las armas en Afganistán se encontraron con que no hablaban el idioma local y que las costumbres de los pastunes les resultaban chocantes. Así que Ben Laden, aprovechando que tenía los bolsillos llenos, montó su propio grupo de combatientes, fuera de la cadena de mando de los muyahidines. El flujo de voluntarios árabes aumentó de forma oportunista justo en los últimos años de la guerra, cuando ya se veía que los soviéticos y sus aliados locales controlaban cada vez menos territorio. Entre 1987 y 1989 se alcanzó una cifra estimada de entre 3.000 y 5.000 voluntarios árabes.

En 1988 las fuerzas soviéticas se retiraron de Afganistán. El Gobierno comunista afgano sobrevivió hasta 1992. Entonces, los muyahidines se lanzaron a un juego de tronos que sumió el país en el caos y el desgobierno. Los voluntarios islamistas volvieron a sus países de origen. Los agentes de la CIA, también. Incluso Ben Laden, viendo el panorama, se volvió a Arabia Saudita. Todos parecieron olvidar Afganistán.

En 1994 irrumpió en el panorama afgano un grupo de combatientes de etnia pastún formado por aquella generación de niños de la guerra afganos educados en las escuelas religiosas pakistaníes. Se les conoció como “los estudiantes”, los talibán. La población afgana, harta del desgobierno, dio la bienvenida al grupo, como años más tarde sucedería en Somalia con los Tribunales de la Sharía o en Siria con el Estado Islámico. Los talibán impusieron orden aplicando una justicia brutal. Y sobre todo hicieron posible el tránsito libre de norte a sur, permitiendo la conexión de Asia Central y Pakistán por carreteras donde antes había grupos armados que exigían peajes. En 1996 Kabul cayó en manos de los talibán. Detrás de su auge estuvo, cómo no, el servicio secreto pakistaní.

Algunos de esos voluntarios islamistas, los árabes afganos, volvieron a sus vidas cotidianas. Otros decidieron llevar la yihad a sus países de origen. Mientras la llama de la guerra prendió en Argelia, los yihadistas fracasaron en lugares como Libia y Egipto. Los supervivientes de organizaciones derrotadas, como el Grupo Islámico Combatiente libio o la Yihad Islámica egipcia de Al Zawahiri, terminaron de vuelta en Afganistán para reunirse con Ben Laden, que había llegado allí tras enemistarse primero con las autoridades saudíes y ser expulsado de Sudán después. El 23 de febrero de 1998 lanzaron su primera declaración de guerra contra Estados Unidos y sus aliados.

Hablar de Osama Ben Laden como un “terrorista entrenado por la CIA” es ignorar su posición social y su papel en la yihad afgana. Cuando nació, su padre era el plebeyo más rico de Arabia Saudita. Usó en Afganistán su experiencia laboral en las empresas de su familia (había estudiado gestión empresarial) para montar un aparato logístico de apoyo a los muyahidines, dirigió obras públicas y luego montó su propio grupo de combatientes. Aquellos contactos y experiencias le sirvieron para crear luego una organización terrorista transnacional.

Los talibán, contra los que Estados Unidos entró en guerra en 2001, son un fenómeno posterior a la guerra contra los soviéticos de los años 80. Algunos muyahidines se unieron a los talibán. Otros no, fueron sus enemigos mortales. La yihad global es históricamente contingente. Pudo haber nacido en cualquier otra parte. El agotamiento del socialismo árabe dio paso al islamismo como ideología emergente en el mundo árabe de forma paralela en muchos sitios a la vez. Se acumulan los libros, documentos y testimonios que permiten recorrer la historia de la yihad afgana y el papel de Estados Unidos. Si los bulos aparecen una y otra vez es porque, evidentemente, alguien sale ganando con ellos.