Contextos

Los inmoderados 'moderados' de Irán

Por Sohrab Ahmari 

Hasán Ruhaní.
"EEUU y sus aliados deben aceptar por fin que la República Islámica es lo que es, en vez de lo que querrían que fuese. Casi cuatro décadas después de su fundación, el régimen está mucho más cohesionado y unido ideológicamente de lo que puede sugerir las aparentes luchas intestinas. En su seno no hay prooccidentales, gente de mentalidad liberal. Qué pena que en Washington, y más en Bruselas, la esperanza sea lo último que se pierda"

Hasán Ruhaní lleva ya en el cargo de presidente de Irán más de cuatro años. Y sin embargo no ha cumplido ninguna de sus promesas de llevar a cabo reformas importantes que le hicieron ganar las elecciones en 2013 y ser reelegido a principios de este año. Esas promesas le permitieron ganarse el apoyo decisivo de los iraníes de clase media urbana y laica y los aplausos de Occidente. Sin embargo, los iraníes no son más libres que hace cuatro años, y la República Islámica sigue siendo el mismo Estado policial que entonces.

La victoria de Ruhaní en las urnas bastó en aquel entonces para dar al régimen una apariencia sonriente y razonable y reducir el creciente descontento, pero no para producir ningún cambio significativo.  

Los apologetas del presidente tienen una nueva teoría para explicar esta discordancia entre la retórica y la realidad. Presionado por algunos de sus propios aliados –dicen–, Ruhaní ha tratado de distanciarse de los reformistas e intentado apaciguar a la facción de línea dura o principista. Según esta hipótesis, el supuesto giro a la derecha de Ruhaní se produce a pesar de las propias inclinaciones reformistas del presidente, pero tiene por objetivo crear un nuevo centro moderado, si bien conservador, en la política iraní.

El periodista iraní Saeid Yafari presentó la semana pasada una versión de esta idea en Al Monitor, medio online que lucha por disimular sus simpatías hacia Teherán. Los reformistas están descontentos, contaba Yafari, por las “promesas electorales incumplidas” de Ruhaní, “como la de dar a las mujeres un papel más destacado en la escena política” y la de “eliminar el clima de vigilancia que reina en todas las universidades iraníes y crear un ambiente más abierto”. Yafari citó a un ex primer ministro del Gobierno de Jatamí (1997-2005): “Ruhaní es demasiado listo para hacer ese viraje a la derecha, porque sabe que si lo hace no ganará nada. En su lugar, perderá el enorme apoyo popular que tiene, y Ruhaní debe tener cuidado con eso”. Pero supuestamente otras voces, con Mahmud Vaezi, jefe de gabinete de Ruhaní, a la cabeza, se habrían impuesto en el debate interno y convencido al presidente de que eludiera las reformas.

Buen intento. La teoría de que Ruhaní es más bien reacio a la línea dura queda contradicha por su larga trayectoria en la República Islámica. Por mucho que lo intenten, los apologetas de Ruhaní no pueden obviar que fue secretario del Consejo de Seguridad Nacional desde 1989 hasta 2005, años en que Irán llevó a cabo una campaña de asesinatos contra disidentes en el país y en el extranjero. Tampoco puede el revisionismo deshacer el papel que desempeñó Ruhaní en la represión de la revuelta estudiantil de 1999, cuando pidió a las fuerzas de seguridad del Estado que “aplastaran sin piedad y masivamente cualquier movimiento de estos elementos oportunistas, pase lo que pase”. Ni, por último, pueden ignorar los cinco años que lleva Ruhaní sin querer pronunciarse sobre los líderes detenidos del Movimiento Verde.

Como me dijo Payam Fazlineyad, destacado ideólogo vinculado a la facción dura del régimen e investigador del periódico Kayhan (cuyo editor es el representante del Líder Supremo en los medios iraníes): “Ruhaní tiene un carácter conservador, de hecho es uno de los fundadores del conservadurismo en Irán. Por lo tanto, está mucho más cerca del ala derechista y de las corrientes principistas” que de los reformistas. Y añadió: “Ruhaní es parte de la razón por la que el principismo goza de tal hegemonía en Irán”.

¿Qué significa esto para Occidente? Significa que EEUU y sus aliados deben aceptar por fin que la República Islámica es lo que es, en vez de lo que querrían que fuese. Casi cuatro décadas después de su fundación, el régimen está mucho más cohesionado y unido ideológicamente de lo que puede sugerir las aparentes luchas intestinas. En su seno no hay prooccidentales, gente de mentalidad liberal. Qué pena que en Washington, y más en Bruselas, la esperanza sea lo último que se pierda.

© Versión original (en inglés): Commentary
© Versión en español: Revista El Medio