Contextos

Los cuentos de hadas del tío Tayyip

Por Burak Bekdil 

Recep Tayyip Erdogan y Saladino
"Es como si para Davutoglu (y Erdogan) Jerusalén no hubiera existido antes de 1187. Si no existía, ¿por qué hablan los turcos de su 'conquista', eufemismo que siempre parecen preferir para evitar las palabras 'invasión' u 'ocupación'?""Erdogan está instando a la 'umah' (la comunidad musulmana) a que ponga fin a sus conflictos y acometa una marcha yihadista sobre Jerusalén. No es algo que resulte sorprendente en el islam político turco, cuyo pariente ideológico más próximo en el mundo árabe son los Hermanos Musulmanes"

Es verdaderamente fascinante que el primer ministro turco, Ahmet Davutoglu, profesor de Ciencias Políticas, crea que Jerusalén, construida un milenio antes del nacimiento del islam, fuera originariamente una ciudad musulmana. Y, según el presidente turco (por favor, que los saudíes no se ofendan por esto), dicha ciudad es, además,  “la más importante Meca” de los musulmanes. Jerusalén siempre ha ocupado un destacadísimo lugar en el corazón y la mente de los islamistas turcos. Pero el fervor preelectoral elevó el fetichismo por ella a nuevas cotas.

Los islamistas turcos de ahora se parecen al segundo presidente egipcio, Gamal Abdel Naser –un nacionalista panarabista– y a sus comandantes militares de hace medio siglo. El 16 de mayo de 1967 Naser ordenó al comandante de la Fuerza de Emergencia de Naciones Unidas, Indar Jit Rijie, que evacuara a sus fuerzas de la zona de seguridad del Sinaí en el plazo de 48 horas. Cuando Rijie preguntó a uno de los altos mandos egipcios si su país era consciente de las consecuencias, éste respondió: “Señor, nos veremos en Tel Aviv a la hora del almuerzo”. Las fuerzas de la ONU se marcharon y Egipto e Israel se encontraron solos librando la guerra de 1967. Quien esto escribe no tiene ni idea de dónde almorzó el comandante egipcio al día siguiente, pero desde luego no fue en Tel Aviv. Sin embargo, puede que sus palabras hayan inspirado a los dirigentes turcos.

El primer ministro Davutoglu, antes ministro de Exteriores, ha dicho en innumerables ocasiones desde que entró en el Gabinete turco, en 2009 : “Rezaremos en la mezquita de Al Aqsa, en la capital palestina, ‘Quds’ [Jerusalén]”. Su deseo aún está por cumplirse. Pero eso no desanima a los líderes turcos a la hora de alentar el fetichismo por Jerusalén.

Cuando un político kurdo dijo en un discurso público: “Jerusalén es la ciudad sagrada de los judíos”, un furioso Davutoglu celebró un mitin y proclamó a pleno pulmón: “Jerusalén es nuestro lugar sagrado”; también aseguró que nunca permitiría que cambiara el “carácter islámico” de la ciudad.

En otro mitin preelectoral, el premier turco dijo:

Un día Al Aqsa logrará la liberación definitiva (…) Jerusalén es nuestra causa eterna.

En otro discurso afirmó que su Gobierno había tenido que afrontar múltiples intentos de golpe de Estado sólo por decir que Jerusalén es su causa.

En otra ocasión, Davutoglu aseguró que el último periodo de paz que vivió Jerusalén fue durante “nuestra época otomana”. También recordó a “los turcos, los kurdos, los zaza [una tribu kurda] y los árabes del glorioso Ejército de Saladino”. Es como si para Davutoglu (y Erdogan) Jerusalén no hubiera existido antes de 1187. Si no existía, ¿por qué hablan los turcos de su conquista, eufemismo que siempre parecen preferir para evitar las palabras invasión u ocupación?

No es que el presidente Erdogan tenga unas ideas menos excéntricas. Según él, Jerusalén es “el lugar más sagrado de los musulmanes y pertenece a los palestinos”. En un reciente discurso, afirmó que los judíos estaban secretamente instruyendo a gente en el zoroastrismo en campamentos de montaña. “Tenemos pruebas que lo demuestran”, añadió. Pero nunca ha las presentado.

Más recientemente, en un discurso pronunciado el 15 de mayo, el presidente turco dijo:

Por desgracia, nosotros, los musulmanes, abandonamos nuestro objetivo de dirigirnos a Jerusalén. El agua de nuestros ojos se heló, dejándonos ciegos, y nuestros corazones, destinados a latir por Jerusalén, están ahora, en cambio, abocados a la rivalidad, en estado de guerra intestina.

En otras palabras, Erdogan está instando a la umah (la comunidad musulmana) a que ponga fin a sus conflictos y acometa una marcha yihadista sobre Jerusalén. No es algo que resulte sorprendente en el islam político turco, cuyo pariente ideológico más próximo en el mundo árabe son los Hermanos Musulmanes. Mohamed Badie, guía supremo de la Hermandad, declaró en un mensaje publicado por el diario egipcio Al Ahram que los sionistas sólo entienden la fuerza, y que los árabes no pueden esperar obtener justicia de los judíos “en los pasillos de Naciones Unidas o mediante negociaciones”. Badie añadió:

Ha llegado el momento de que la nación islámica se una en torno a un solo hombre por Jerusalén y Palestina. Los judíos han dominado el país, han sembrado la corrupción sobre la tierra, han derramado la sangre de los creyentes y, con sus acciones, han profanado lugares sagrados, incluidos los suyos. Los sionistas sólo entienden el lenguaje de la fuerza y no cejarán si no se les obliga a ello. Es algo que sólo se logrará mediante la guerra santa, con grandes sacrificios y todo tipo de resistencia. El día en que se den cuenta de que marcharemos por ese camino e izaremos la bandera de la yihad en nombre de Dios será el día que se darán por vencidos y pondrán fin a su tiranía.

¿Es Erdogan el hombre en torno al que debería unirse la nación islámica por Jerusalén y Palestina? Puede que él crea ser la reencarnación de Saladino en el siglo XXI. Puede que sus aliados de Qatar y de los Hermanos Musulmanes también lo crean. Para el resto de los musulmanes, no son más que los cuentos de hadas del tío Tayyip.

© Versión original (en inglés): Gatestone Institute
© Versión en español: Revista El Medio