Contextos

Los antiisraelíes se están haciendo con el Partido Demócrata

Por Jonathan S. Tobin 

Barack Obama.
"Sería una tragedia tanto para Israel como para Estados Unidos si el apoyo a Israel se convirtiera en un asunto donde la filiación partidista determinara las posiciones. Pero el problema aquí no es que la defensa cerrada de Israel se haya vuelto prácticamente unánime entre los republicanos, como está quedando de manifiesto en las posiciones adoptadas por la próxima Administración Trump. Más bien es la facilidad con que Obama pudo abandonar a Israel sin que en su partido lo presionaran para hacerle retroceder"

Varios miembros destacados del Partido Demócrata han reaccionado con furia a la traición de la Administración Obama a Israel en Naciones Unidas. El líder de la minoría en el Senado, Chuck Schumer, calificó de “sumamente frustrante, decepcionante y desconcertante” la decisión de EEUU de permitir la aprobación de una resolución tendenciosa que en la práctica marca a Israel como Estado paria. Los también senadores Richard Blumenthal, Chris Coons, Ron Wyden y Mark Warner comparten su opinión. Blumenthal dijo incluso que era “inconcebible”. Pero sus protestas no tuvieron el apoyo de ninguna corriente de las bases del partido, que, junto a la abrumadora mayoría de los secuaces mediáticos de los demócratas en los medios progresistas, salieron en defensa del presidente y repitieron como loros los vituperios de la Administración contra Israel.

El presidente Obama tuvo el cuidado de esperar hasta después de las elecciones presidenciales para actuar contra Israel, ya que inyectar su prejuicio antiisraelí a la campaña no habría ayudado a la renqueante Hillary Clinton. Sin embargo, Obama ha de saber que su última andanada contra el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, tiene consecuencias para el futuro de un partido ya de por sí en apuros. Pero a la creciente facción izquierdista del mismo, encabezada por el senador Bernie Sanders y por figuras como el representante Keith Ellison, le trae sin cuidado. Esta gente comparte el desdén de Obama hacia el Gobierno israelí, y no pone reparos a una medida que despoja a Israel de poder de negociación en un proceso de paz, deja fuera de la ley a cientos de miles de judíos que viven en Jerusalén y los bloques de asentamientos, somete a las autoridades israelíes a una posible persecución en los tribunales internacionales e insufla nueva vida al movimiento BDS, con su guerra económica contra el Estado judío. A muchos demócratas –no a algunos líderes del Congreso– no parece preocuparles que, con su partido en el Gobierno, EEUU haya dado su visto bueno a que los palestinos evadan las negociaciones, matando en la práctica el proceso de paz.

Durante años, numerosos demócratas se han quejado de que los republicanos fueran diciendo que el partido proisraelí era el suyo. Los demócratas sostenían que con dichas afirmaciones politizaban lo que debía ser un asunto no partidista. Ignoraban así el apartamiento de su propio partido del apoyo a Israel. Con Obama, esa tendencia dejó de ser una cuestión de matices para convertirse en un hecho político. Ocho años después de que Obama declarara abiertamente su objetivo de marcar distancias entre Estados Unidos e Israel, su estrategia ha abierto una brecha.

Un gran número de demócratas siguen considerándose firmes defensores de Israel. Sin embargo, Obama logró contar con su silencio o su aquiescencia cuando pasó de buscar altercados con Netanyahu a un acercamiento con Irán y ahora a un cambio radical en la política estadounidense. La última jugada de Obama deja al Estado judío aislado en la escena mundial en un momento de creciente antisemitismo.

Hace un año escribí acerca de lo que denominamos “el divorcio demócrata con Israel”. En los últimos doce meses, la preocupación por el abandono demócrata de su anterior posición como partido uniformemente proisraelí no ha hecho más que crecer.

La división entre los demócratas quedó expuesta durante las primarias del partido, cuando el apoyo de Clinton a la autodefensa de Israel contrastó con las calumnias onusinas de Sanders sobre la campaña de 2014 en Gaza. Y aunque Clinton ganó la nominación, fue la postura de Sanders la que adoptó la base activista y progresista del partido. La derrota de Clinton no hará más que acelerar la marcha de la izquierda hacia la supremacía. Que un virulento enemigo de Israel como Keith Ellison haya recibido apoyos (incluido el de Schumer) en su campaña para dirigir el Comité Nacional Demócrata indica en qué dirección sopla el viento entre los demócratas.

La traición de Obama en la ONU no ha sido tanto un punto de inflexión como la conclusión lógica de una tendencia de largo recorrido con inevitables consecuencias. Tampoco la salida de Obama de la Casa Blanca despeja el camino para el retorno de los demócratas proisraelíes. Incluso retirado, Obama seguirá siendo la figura más prestigiosa y popular del partido, y podría proseguir su vendetta contra Netanyahu e Israel (piensen en un Jimmy Carter con esteroides). Además, la facción izquierdista que despreció a Clinton y que parece probable que sea la que mande en los próximos años simpatiza con los ataques a Israel.

Sería una tragedia tanto para Israel como para Estados Unidos si el apoyo a Israel se convirtiera en un asunto donde la filiación partidista determinara las posiciones. Pero el problema aquí no es que la defensa cerrada de Israel se haya vuelto prácticamente unánime entre los republicanos, como está quedando de manifiesto en las posiciones adoptadas por la próxima Administración Trump. Más bien es la facilidad con que Obama pudo abandonar a Israel sin que en su partido lo presionaran para hacerle retroceder. El ala izquierda en auge seguirá esa tendencia. Está por ver si lo que queda de la facción proisraelí –entre los cargos electos y los grandes donantes del partido– tendrá la voluntad o la fuerza numérica para revertir lo que en este momento parece un inevitable deslizamiento hacia la hostilidad contra el Estado judío.

© Versión original (en inglés): Commentary
© Versión en español: Revista El Medio