Contextos

Lo que le debemos al niño de la playa

Por Noah Rothman 

Bandera de Siria con una mano teñida de rojo estampada.
"Occidente tuvo la oportunidad de intervenir en la sangría siria cuando comenzó. Pero las democracias occidentales estaban escarmentadas por su experiencia en Libia""En los años posteriores a la miope decisión de Obama de dejar Siria (y, como se vería, toda la región) en manos de la violencia, Europa se vio inmersa en una crisis de refugiados""Es razonable suponer que las fuerzas leales a Damasco pronto compartirán el botín iraní, y que habrá una escalada acorde de la peor crisis humanitaria del siglo XXI"

El suyo era uno de los doce cuerpos recogidos el miércoles en una playa turca. Ver cadáveres de refugiados que huyen de los conflictos que proliferan en Oriente Medio arrastrados a las costas europeas se ha convertido en un trágico lugar común. Este último caso es, quizá, el más desgarrador. Un niño sirio, puede que de dos o tres años, yace inerte en medio de las olas. Sólo había conocido la guerra, una guerra espantosa, marcada por una intensa violencia, por el empleo de armas químicas, por el Estado Islámico y el Frente Al Nusra, por los matones de Bashar al Asad y por los diversos elementos extranjeros que ayudan a esos bárbaros. Puede que, por primera vez en su corta y cruel vida, ese niño estuviera en paz. De todas las imágenes escalofriantes del conflicto sirio, puede que ésta sea la que más rompe el corazón. Pero no nos atrevemos a apartar la mirada; no debemos hacerlo. Las democracias occidentales tuvieron la oportunidad de evitar este sufrimiento, y fallaron a ese niño sirio. Aunque ha sido segada, misericordiosamente, demasiado pronto, le debemos una parte de su vida de sufrimiento. No obligamos a sus padres a emprender este último y aciago viaje, pero desperdiciamos todas las oportunidades que tuvimos de mejorar las condiciones que condujeron a su huida de la guerra. Ya es hora de mirar frente a frente a nuestra insensibilidad y venalidad. Están en el rostro de ese niño.

Occidente tuvo la oportunidad de intervenir en la sangría siria cuando comenzó. Pero las democracias occidentales estaban escarmentadas por su experiencia en Libia, donde las potencias de la OTAN no tenían plan alguno para el periodo post Gadafi, y dejaron tras de sí un vacío que fue llenado por radicales islamistas. Occidente extrajo la moraleja errónea de esa experiencia. En vez de realizar intervenciones cautas, con planes trazados de antemano para la posguerra (por no hablar de que el nation building necesitaría a las potencias que intervinieran), la comunidad de naciones se limitó a taparse los ojos ante el terror que siguió a la Primavera Árabe.

Fue el presidente Barack Obama quien declaró que el uso de armas químicas contra civiles en Siria era una línea roja, y fue él quien se echó atrás cuando quedó claro que el régimen de Damasco le ignoraba. Pronto empezaron a filtrarse imágenes a la prensa occidental en los que se mostraban los horrores causados por esas armas de destrucción masiva. Habitaciones repletas de cadáveres, personas con convulsiones y echando espuma por la boca, niños contraídos y retorcidos de dolor al afrontar su horrible y aterrador fin. Occidente tenía que actuar, pero no lo hizo.

En cambio, como celosos guardianes de nuestra comodidad y nuestros privilegios, los Gobiernos occidentales optaron por escaquearse. Ante el panorama de votantes obstinados y recalcitrantes que tenía en casa y en supuestos aliados como Gran Bretaña, Barack Obama renunció a defender una intervención en Siria. En cambio, apoyó el uso de un caballo de Troya. El Gobierno ruso se había ofrecido a mantener a su protegido en Damasco a cambio de un plan inaplicable para eliminar las armas químicas. Hoy, su protegido sigue en su sitio, pero las armas no se han retirado por completo. Muchas de ellas continúan allí, y algunas han caído en manos del Estado Islámico, una organización terrorista inconmensurablemente cruel.

A cambio de la dócil respuesta de Obama a las iniciativas rusas, Moscú respondió a los disturbios en su frontera occidental invadiendo y anexionándose territorio soberano europeo por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial. Hoy, la guerra vuelve a pisarnos los talones.

En los años posteriores a la miope decisión de Obama de dejar Siria (y, como se vería, toda la región) en manos de la violencia, Europa se vio inmersa en una crisis de refugiados. Una gran marea humana ha alcanzado el continente: masas ingentes procedentes de Oriente Medio y del Norte de África, desplazadas por la guerra, huyen a Europa. La República Checa y Hungría, en primera línea ante la tromba de aterrorizados sirios, ya han adoptado medidas de emergencia. Praga declaró esta semana que simplemente carece de fuerzas suficientes para detener a esos refugiados que huyen hacia el refugio de la Europa septentrional. Budapest ha paralizado líneas de ferrocarril y creado lo que en la práctica son centros de detención para poder hacer frente a esta crisis. Italia está preparada para volver a establecer controles fronterizos a petición de Alemania.

“Está claro que el Acuerdo de Schengen se está desmoronando”, ha declarado a The Telegraph Nigel Farage, líder del ultraderechista UKIP; se refiere al tratado de la Unión Europea que permite viajar sin pasaporte entre los Estados miembros. Más que cualquier crisis financiera desencadenada por los endeudados Estados del sur de Europa, esta crisis de refugiados tiene el potencial de hacer añicos la unión de Estados europeos; una situación muy peligrosa, con una Rusia irredentista que pone a prueba la disposición de la UE a defenderse y que tiene puesto el ojo en los países bálticos, aliados de la OTAN.

Nuestro niño sirio estaba entre los refugiados que trataban de huir desesperadamente del horror imperante en su hogar. Era uno de los miles que jamás alcanzaron las costas europeas. Pero la presión que obligó a su familia a atravesar un proceloso mar no va a desaparecer; lo más probable es que aumente, debido a que la cobardía europea prosigue.

Asad sólo puede proseguir su terrible guerra con la ayuda de aliados extranjeros, y sus protectores más valiosos son los mulás de Teherán. El miércoles cayó la última ficha que asegurará un acuerdo nuclear con Irán, que premia a la República Islámica con un levantamiento de sanciones por valor de 150.000 millones de dólares y con el fin de los embargos de armas y misiles que pesan sobre este régimen promotor del terrorismo. “La Administración Obama espera que los iraníes usen esas ganancias extraordinarias para construir escuelas, hospitales y carreteras. Pero hay una enorme probabilidad de que al menos buena parte vaya a dos entidades incluidas por EEUU en la lista de organizaciones terroristas”, han escrito Michael Weiss y Nancy Youssef, expertos en la región, “la Guardia Revolucionaria Islámica-Fuerza Quds (GIR-FQ) y su peón libanés, Hezbolá, que están librando la guerra de tierra quemada de Asad”.

Los disidentes sirios y los expertos regionales ven pocos mecanismos que pueda emplear Occidente para disuadir a Irán de aumentar su apoyo a Asad. Es razonable suponer que las fuerzas leales a Damasco pronto compartirán el botín iraní, y que habrá una escalada acorde de la peor crisis humanitaria del siglo XXI.

El niño sirio de la camiseta roja y los pantalones cortos arrastrado a una playa turca no será el último. Ahora duerme, su sufrimiento ha terminado. El nuestro continúa, y debemos soportarlo. Norteamérica y Occidente le deben una parte del tormento que marcó su breve paso por la Tierra. Con nuestra comodidad permitimos que esta gran catástrofe humana se extendiera. Nos toca, al menos, mirar cara a cara el dolor que hemos consentido. Sólo entonces será posible que un día nos armemos de valor para afrontar la desagradable tarea que nos toca. Sólo entonces podremos llegar a aceptar el derramamiento de sangre al que hemos contribuido y, algún día, decidir ponerle fin. Se lo debemos a ese niño. No miremos para otro lado.

© Versión original (en inglés): Commentary
© Versión en español: Revista El Medio