Contextos

Lo de Erdogan en Siria es una campaña militar… y electoral

Por Aykan Erdemir 

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"Erdogan sabe que la mejor manera de desmantelar el promisorio pero delicado bloque opositor consiste en excitar las tensiones étnicas entre turcos y kurdos"

El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, presenta su operación transfronteriza en el noreste de Siria como una maniobra contra “opresores y terroristas”. Asimismo, asegura que “el objetivo no es el pueblo sirio, o los kurdos del lugar, sino los terroristas”. Sin embargo, un análisis detenido nos muestra que su objetivo principal es la renacida oposición turca. La clase política internacional ha de reconocer los auténticos intereses que alimentan las maquinaciones sirias del presidente turco.

Desde hace más de una década, Erdogan impera en Turquía tanto por su propia pericia como por los errores y divisiones de la oposición. Las cosas parecen haber cambiado tras las elecciones municipales de marzo. La oposición ha creado un gran bloque en el que se dan cita el prokurdo Partido Democrático del Pueblo (HDP) y otras formaciones relevantes, y conseguido de esta manera arrebatar a Erdogan las principales ciudades del país. La alianza opositora está ahora en disposición de volver a derrotar al mandatario islamista, en las elecciones presidenciales y parlamentarias de 2023, y acabar con su reinado de dos décadas. Ahora bien, Erdogan no va a quedarse de brazos cruzados, y seguirá luchando por su supervivencia política tanto en las campañas electorales turcas como en los campos sirios de batalla.

Erdogan sabe que la mejor manera de desmantelar el promisorio pero delicado bloque opositor consiste en excitar las tensiones étnicas entre turcos y kurdos. Así, piensa que si pone una cuña entre el HDP y los demás partidos de la oposición podría impedir que se repitiera su embarazosa derrota electoral de este mismo año. Confía en que una operación transfronteriza en el noreste de Siria baste para que las fallas étnicas y políticas subyacentes ya no en la oposición sino en el país entero entren en colisión.

Erdogan anda igualmente angustiado con las escisiones y defecciones que se están registrando en su propio Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP). La regresión democrática, la rampante corrupción y la crisis económica han hecho que casi un millón de seguidores hayan dado la espalda al AKP. Para empeorar las cosas, dos de los antiguos hombres de confianza de Erdogan, el ex primer ministro Ahmet Davutoglu y el ex viceprimer ministro Alí Babacan, han abandonado el AKP y se disponen a poner en marcha dos nuevos partidos, lo que seguramente provocará nuevas deserciones en el AKP. El hecho de que el expresidente del país Abdulá Gul esté apoyando a Babacan hace esta amenaza aún más peligrosa.

El ascenso de Erdogan al poder en 2002 se produjo debido a una crisis económica que puso patas arriba el Parlamento turco. Sus sucesivas victorias electorales se han debido más al desempeño económico y la provisión de servicios del AKP que al atractivo de la ideología de los Hermanos Musulmanes. Erdogan sabe perfectamente que el electorado turco es pragmático. El plan de ingeniería social que lleva ejecutando 17 años ha fracasado miserablemente a la hora de inculcar y popularizar las enseñanzas de la Hermandad. Los votantes han demostrado en Estambul, no sólo en marzo sino de nuevo en junio, e incluso en los distritos más religiosos, que están dispuestos a deshacerse de las ruinosas políticas del AKP y, dejando de lado a los aletargados candidatos de Erdogan, dar su apoyo a la emergente generación de dinámicos líderes de la oposición.

En los círculos del AKP se confía poco –si es que se confía algo– en que Erdogan y su yerno Berat Albayrak –que actualmente se desempeña como ministro de Finanzas y del Tesoro– puedan dar la vuelta a la mala situación económica. En abril, los inversores tacharon la presentación que Albayrak hizo en Washington, en unos encuentros auspiciados por el FMI y el Banco Mundial, como “la peor de la historia”. Dado que el desempleo es el más alto registrado en Turquía en el último decenio, la perspectiva de que Erdogan ponga freno a la sangría electoral es inexistente

Pero que nadie se confunda. Como digo, Erdogan no se va a rendir sin luchar, literalmente. Si hay una lección que todos sus opositores han aprendido con gran crudeza en todos estos años es que Erdogan es un superviviente político con gran instinto, como ha vuelto a demostrar con su operación transfronteriza en el noreste de Siria, que ha denominado, orwellianamente, Primavera de la Paz.

La campaña siria ha permitido a Erdogan sacar lustre a sus credenciales nacionalistas y reprimir el disenso. Asimismo, el presidente turco confía en que su promesa de reasentar en Siria hasta tres millones de desplazados sirios actualmente presentes en suelo turco le permita convertir en votos el creciente sentimiento antirrefugiados. Mientras, se afana en criminalizar al prokurdo HDP y a todo aquel que ose abogar por la paz y la reconciliación con los kurdos dentro y fuera de Turquía. Erdogan confía en dinamitar el bloque opositor excitando el conflicto kurdo-sirio. El presidente y su yerno están encantados de que su mala gestión financiera y la crisis económica hayan dejado de estar presentes en los titulares de los medios y en los debates políticos.

Mientras los interlocutores europeos y norteamericanos de Erdogan se centran en lo que éste dice tener por más importante, la seguridad y la lucha contra el terrorismo, harían bien en asumir que nada que no sea un nuevo mandato presidencial hará que Erdogan ponga fin a sus diatribas. El presidente turco se deleita con el espectáculo de la campaña militar. Sería ingenuo pensar que el alto el fuego orquestado por Washington, que ha dado a Erdogan “una victoria prácticamente total”, vaya a poner fin a la intervención. Después de todo, la campaña siria del presidente turco tiene tanto de electoral como de militar.

© Versión original (en inglés): FDD
© Versión en español: Revista El Medio