Contextos

Lecciones mediáticas de la crisis catalana

Por Masha Gabriel 

alerta-roja
"No se puede criticar lo que hacen otros y vanagloriarse de... hacer lo mismo. El rigor a la hora de informar debe ser el mismo, se trate del tema que se trate. La laxitud y la mentira crecen mucho más fácilmente en terreno previamente abonado"

¿Cuántos heridos hubo en realidad el 1-O?, se preguntaba el diario El País, en un cuidadoso artículo en el que analizaba la cifras ofrecidas por el Gobierno catalán y desmontaba la afirmación recurrente de que había sido una carga policial sin precedentes en Europa.

Peter Preston, exdirector de The Guardian, alertaba desde las páginas del diario británico de que la “falta de comprobación de las fotografías de aquellos que supuestamente resultaron heridos en movilizaciones independentistas recientes no hicieron ningún favor al periodismo” y de que “las informaciones sobre lo que ocurrió –incluido el detalle de aquellos 893 votantes heridos– no se habían comprobado de forma independiente” (agencia EFE, 18/10/17). Recordemos que el mismo The Guardian había dado por válidas esas cifras en un editorial anterior.

El diario El Mundo, por su parte, destacaba la labor de cuentas como @MalditoBulo a la hora de desarticular ”falsos heridos, banderas de Photoshop” y otros bulos virales del 1-O.

La proliferación en redes de las imágenes de cargas policiales y su inmediatez, ligada a unos prejuicios respecto a España aún vigentes, facilitaron la propagación del bulo como la pólvora. Nada resulta más fácil que alimentar un discurso maniqueo basado en estereotipos: Estado opresor reprime a pueblo que tan sólo pide libertad. Para ponerlo en una versión más burda y disparatada, si cabe: franquismo contra república.

Hasta aquí, nada nuevo bajo el sol. Bastaba con conmover.

Pero el problema surgió cuando las mentiras y las descontextualizaciones saltaron de las redes a los medios de comunicación. Una cosa es la maraña de opiniones y ladridos sueltos por la red y otra muy distinta cuando la información es ofrecida con el sello de calidad de quien presenta una imagen profesional y fundada en parámetros periodísticos. Y en las primeras horas que siguieron al 1-O los medios internacionales compraron un discurso que si bien alimentaba un imaginario colectivo de luchas épicas por la igualdad, no ofrecía una imagen completa de los hechos y permitía que se colaran datos sin contrastar. Entre esos medios se contaban algunos de los más prestigiosos, como The New York Times, The Times o Le Nouvel Observateur. ¿Como poner en duda lo que escriben los guardianes de la verdad?

Lo siguiente fue una labor rigurosa de varios medios españoles para desmontar una a una las mentiras que se habían colado en esos artículos, destapando incluso conexiones e intereses políticos internacionales escondidos detrás del discurso independentista, y ante los cuales los medios internacionales habían cerrado los ojos en un principio.

Cierto es que la historia del cuarto poder está plagada de periodistas que se dedicaron a inventar, más que a informar. Nombres propios como los de Janet Cooke y Stephen Glass se han convertido en paradigma del fraude informativo. Por ello, sorprende la sorpresa de los medios españoles ante el descrédito del que España estaba siendo víctima.  

Porque esto no sucedió de la noche a la mañana. La laxitud de los mismos medios a la hora de contrastar la información, de dejarse seducir por la fuente fácil pero no necesariamente la más fiable, la tendencia a convertirse en juez y parte, la voluntad de imponerse la misión de emocionar por sobre la de indagar y comunicar, dar a conocer, etc., son el pan nuestro de cada día. Mas, en tanto afectó a otras causas, a otros países, los medios no alzaron la voz; antes bien, alimentaron el trabajo descuidado. “Después vinieron a por mí, pero ya era demasiado tarde”.

Y como ya había alertado Albert Einstein, es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio. Los hechos fríos y objetivos se enfrentaron ante una maraña de emociones y subjetividades que aún hoy enturbian la lectura de los acontecimientos.

En organizaciones como Camera, desde la que llevamos años desmontando las incorrecciones periodísticas y los bulos respecto a Israel convertidos en material pretendidamente informativo, comprendemos perfectamente el desafío al que se enfrentan. La mentira es una frase. No precisa nada más que un medio de dispersión. Desmontarla requiere horas de trabajo, de contrastar información y dar explicaciones que se alejan del eslogan de fácil consumo. Y siempre se llega tarde: la emotividad ya ha inundado a la sociedad eficazmente.

Así, llevamos años denunciando el doble rasero de los medios, que a diario ofrecen crónicas con datos sin contrastar en las que se romantiquiza una lucha para denigrar a su adversario, desposeyendo al lector de una versión de los hechos objetiva. Se subraya sistemáticamente la responsabilidad israelí a la hora de mantener vivo el conflicto, mientras los palestinos se muestran como meros objetos de la acción externa. Así, la incitación al odio es silenciada, el adoctrinamiento ignorado, el empleo de escudos humanos ocultado, las cifras y las fuentes no son contrastadas, se emplean fotografías dudosas (cuando no pertenecientes a otros conflictos o a otras situaciones). En definitiva, los medios –junto a otros organismos e instituciones– forman parte del entramado de internacionalización del conflicto.

Precisamente aquello que los medios españoles han denunciado, esa misma mala praxis que lamentan, es lo que llevan años practicando respecto del Estado judío: la transformación de los terroristas en héroes, la tergiversación la historia; se divulgan emotivos videos parciales, se recurre usualmente como única fuente de información a voces y a ONG  sin explicar que son parte interesada en el conflicto, y la lista sigue…

Demasiados elementos en común como para ignorarlo.

Hay lecciones periodísticas que sacar de esta crisis. Los medios deben frenar la caída en picado que sufre su credibilidad. Es hora de alejarse del activismo y de volver a reivindicar la profesión: su código deontológico como pilar fundamental. Es preciso dejar de contar la historia que se querría que sucediera y volver empezar a contar la que de verdad sucede. Incluir en la redacción equipos propios de periodistas que se encarguen de corroborar las historias, sus datos, las fuentes y contrastar. Un control interno alejado de las agendas políticas.

Es hora de recurrir a Kant y su imperativo categórico a la hora de informar; que la máxima de la acción valga como una ley universal. No se puede criticar lo que hacen otros y vanagloriarse de… hacer lo mismo. El rigor a la hora de informar debe ser el mismo, se trate del tema que se trate. La laxitud y la mentira crecen mucho más fácilmente en terreno previamente abonado.