Revista de Prensa

Las terribles consecuencias de la inacción ante Asad

 

Bandera de Siria con una mano teñida de rojo estampada.

La directora del Transitions Forum, Anne Applebaum, escribe en The Washington Post una columna en la que critica la inacción de EEUU, Reino Unido y Francia ante los desmanes del régimen sirio, y relata las consecuencias que esta decisión ha provocado tres años después.

Gran Bretaña retiró su apoyo a una misión que trataba de detener el uso de armas químicas por parte de Bashar al Asad, el dictador sirio. Asustado por el resultado de la votación en la Cámara de los Comunes, el presidente Obama también cambió de opinión. La mañana del 30 de agosto de 2013, el secretario de Estado, John F. Kerry, llamó a la acción: “La Historia está llena de líderes que han advertido contra la inacción, contra la indiferencia y, especialmente, contra el silencio cuando más importaba”. Al día siguiente, sin embargo, el presidente [Obama] declaró que todos los planes para atacar quedaban sin efecto. Los franceses, cogidos con la guardia baja, no querían hacer nada solos, así que se retiraron también, con pesar. “Fue una gran sorpresa”, dijo el primer ministro francés al periodista de ‘The Atlantic’ Jeffrey Goldberg. “Si hubiéramos bombardeado, como planeábamos, creo que las cosas serían diferentes hoy”.

Lo repito: quizás una intervención estadounidense-británico-francesa habría acabado en desastre. De ser así, hoy lamentaríamos las consecuencias. Pero a veces es importante lamentar también las consecuencias de la no intervención. Tres años después, lo que sí sabemos, después de todo, es lo que la no intervención ha producido exactamente (…) daños físicos, humanos y políticos en una escala sin precedentes, continuas amenazas a la seguridad, el auge del fascismo. Puede que eso sea mejor que la alternativa que parecía tan desagradable al Parlamento británico y el presidente americano. Pero es difícil considerarlo un éxito extraordinario.

Frederic C. Hof, director del Atlantic Council’s Rafik Hariri Center for the Middle East, acusa a Obama de ser responsable del sufrimiento de la población siria a manos de Asad. Y alude a las recientes declaraciones del portavoz de la Casa Blanca, Joshua Earnest, en las que justificaba la no intervención en Siria por los resultados de la guerra de Irak.

Según Earnest, “tenemos una prueba justo en la frontera de Irak sobre las consecuencias para EEUU de implementar una política de cambio de régimen e intentar imponer una solución militar (…) Hay algunas personas que sugieren que, de alguna manera, EEUU debería invadir Siria”.

Debería dar vergüenza a los medios que de manera insistente permiten ese engaño sin dar respuesta. Earnest (…) sería incapaz de nombrar una sola persona que aconseje la invasión de Siria. Earnest sería inacapaz (…) de explicar por qué unas medidas militares limitadas diseñadas para acabar con los crímenes en masa cometidos por Asad –como las ofrecidas por los 51 funcionarios disidentes del Departamento de Estado- equivalen a un “cambio de régimen” y a “intentar imponer una solución militar”. De hecho, si se le retara, a Earnest se le podría pedir que se retracte de sus falsas afirmaciones de que ningún crítico de la política presidencial en Siria ha ofrecido nunca alternativas específicas y operacionalmente factibles al enfoque catastrofista.

La alianza de Moscú y Teherán se establece sobre bases frágiles, a juzgar por los continuos desencuentros entre Rusia e Irán a lo largo de la historia reciente, sostiene Anna Borshchevskaya, de la European Foundation for Democracy, en esta pieza publicada por Foreign Policy.

Moscú y Teherán van, por tanto, a seguir cooperando. La suya es una alianza de dictaduras, y los dictadores pueden poner a un lado las diferencias cuando conviene a sus intereses.

Sin embargo, eso no significa que su alianza esté construida para durar. Putin puede que piense que puede seguir equilibrando con éxito a las potencias suníes y chiíes del mundo árabe, por un lado, y a Israel y a Irán por el otro, pero Oriente Medio es volátil e impredecible. El cinismo de los funcionarios iraníes dice que Putin tirará a Teherán del autobús cuando convenga a sus intereses a corto plazo, y que los sentimientos antirrusos entre los iraníes corrientes seguirán socavando los lazos a largo plazo.

Pero una alianza a corto plazo puede dañar los intereses permanentes de EEUU y las victorias tácticas pueden sumarse a una estrategia. Los funcionaros europeos y estadounidenses no deberían subestimar ni las ambiciones de Putin en Oriente Medio ni los retos que presenta en la región esta creciente alianza antioccidental.