Contextos

Las raíces de Israel (y 2)

Por Gabriel Albiac 

Banderas de Palestina e Israel.
"En su forma final, la resolución de la ONU era escasamente favorable para los intereses judíos. Si concedía la existencia de un Estado israelí, no es menos cierto que los territorios y fronteras que le otorgaba eran escasos y pobres los primeros e indefendibles las segundas. Basta ponerse ante el mapa trazado por el plan de 1947 para captar la dificilísima situación en que un Estado israelí dividido en dos fragmentos entrecruzados de adversarios se hubiera visto para sobrevivir"

En rigor es preciso hablar de tres grandes oleadas migratorias, de tres grandes aliyas o ascensos hacia Jerusalén anteriores a la proclamación del Estado en 1948.

Son los sectores económicamente más desvalidos de la comunidad judía mundial los que inician la instalación en Palestina. Muy ligados al movimiento socialista y a tradiciones sindicalistas combativas, configuran muy temprano –desde 1905– organizaciones obreras que cristalizarán en la formación del socialdemócrata Poale Zion de Eretz Israel y del más radical Hapoel Hatzair, del que surgiría el movimiento juvenil marxista Hashomer. Sobre todo, se forja la Histradut Haovdim be Eretz Israel, confederación sindical de los trabajadores de Israel, que será uno de los ejes mayores del cooperativismo y el socialismo israelíes.

Desde inicios de siglo, toda la política de los dirigentes sionistas –y, muy en particular, la de Haím Weizmann– estuvo orientada a negociar con las potencias colonialistas la obtención de una autonomía para la importante población judía en proceso de asentamiento en Palestina, fragmento territorial del Imperio Otomano bajo protectorado británico.

La Declaración Balfour del 2 de noviembre de 1917 es la primera expresión de esas negociaciones. Simultáneamente, Weizmann negocia acuerdos con el rey Feisal de Arabia, más tarde prolongados en las conversaciones con Abdalá de Jordania. El objetivo es la obtención de una mínima nación judía soberana coexistente con su contexto árabe.

A partir de 1920 las relaciones entre los dirigentes sionistas y la administración británica en Palestina se deterioran en función de la prohibición británica de nuevas emigraciones judías, y los judíos palestinos –tras los importantes pogroms promovidos por la población árabe y tolerados por los británicos entre 1929 y 1936– pasan a estructurarse en organizaciones de autodefensa.

La Segunda Guerra Mundial y la explícita toma de partido del muftí de Jerusalén en favor de Adolf Hiter lanzan a la población judía palestina hacia la transformación de esas organizaciones de autodefensa en grupos armados que dibujarán el núcleo del futuro ejército israelí. Irgún, Stern y, sobre todo, Palmaj (Ejército popular) y Haganá (Ejército de Defensa) emprenderán, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y bajo el trauma del holocausto nazi, la lucha armada contra la administración británica: son las tesis del llamamiento del año 1946 de la Conferencia Sionista Mundial para la resistencia contra el Libro Blanco británico de 1939. La guerra de Palestina ha comenzado.

Bajo ese doble eje (deuda histórica hacia una población exterminada en los campos de concentración y riesgo permanente de guerra civil en Palestina), la ONU busca desesperadamente una salida razonable para la cuestión judía. Son ya casi 600.000 los judíos instalados en tierra santa y la tendencia migratoria asciende.

Un primer plan de partición será esbozado en 1946, luego modificado en 1947. La formación de dos Estados, uno árabe y otro judío, sobre la antigua Palestina otomana es aprobada por la Asamblea General de la ONU el 14 de mayo de 1948.

En su forma final, la resolución de la ONU era escasamente favorable para los intereses judíos. Si concedía la existencia de un Estado israelí, no es menos cierto que los territorios y fronteras que le otorgaba eran escasos y pobres los primeros e indefendibles las segundas. Basta ponerse ante el mapa trazado por el plan de 1947 para captar la dificilísima situación en que un Estado israelí dividido en dos fragmentos entrecruzados de adversarios se hubiera visto para sobrevivir.

David ben Gurión acepta, sin embargo, de inmediato los términos de la resolución y proclama la independencia de Israel. La Liga Árabe los rechaza y llama a la guerra santa. La primera guerra árabe-israelí ha comenzado. Y, con ella, la tragedia del pueblo palestino.

Noventa mil soldados egipcios, iraquíes, sirios y jordanos atacan a los 70.000 guerrilleros de la Haganá. El resultado no puede ser más funesto para los intereses de la población árabe palestina. Contra todas las previsiones, los paramilitares de la Haganá barren a los ejércitos regulares árabes. Del territorio inicialmente fijado por la ONU para la formación de su Estado propio, los palestinos verán, como resultado de la guerra, apropiarse, por un lado a Israel, por otro a los países árabes limítrofes. El Estado hebreo incorporará así 6.700 kilómetros cuadrados sobre lo previsto y establecerá una línea de frontera menos inverosímil aunque aún militarmente muy vulnerable: en su parte más estrecha, el Estado hebreo no es, en 1948, sino una franja de 14 kilómetros entre Cisjordania y el mar. Egipto se apodera de Gaza. Jordania, de la Samaria biblíca o Cisjordania, que componía la fracción esencial del territorio previsto por la ONU como Estado palestino.

El armisticio que da fin a la guerra de 1949 consagrará un mapa político esencialmente distinto del previsto por la comunidad internacional. Palestina ha muerto antes de haber comenzado a existir. 850.000 de sus habitantes inician su largo exilio. El mundo árabe, bajo proclamas retóricas más o menos lacrimógenas, se desentiende materialmente de ellos. Aún en 1956, Ahmed Chuqueiri, futuro presidente de la OLP, podría proclamar, con el general consenso árabe, como “público y notorio” que “Palestina no es más que Siria del Sur”.

Las raíces de Israel (1).

NOTA. Este texto está tomado de Otros mundos, una recopilación de trabajos de Gabriel Albiac publicada por la editorial española Páginas de Espuma en el año 2002.