Contextos

Las raíces de Israel (1)

Por Gabriel Albiac 

Ben Gurión proclamando la independencia de Israel.
"En las tradiciones de izquierda más convencionales, 'sionismo' suele ser usado como un sinónimo o una variante cualificada de 'imperialismo'. En las más radicales y en las más incultas, se ha podido hablar incluso –bajo el influjo de la jerga interna de la OLP– de "fascismo sionista". En todos los casos, la designación negativa –'antisionismo'– ha operado funcionalmente como la forma lingüísticamente desplazada de un significante no explicitable en la segunda mitad de siglo, al menos en Europa: 'antisemitismo'"

Como sucede con toda palabra inserta en el ámbito pasional de la retórica política, sionismo ha acabado por ser un vocablo de significación casi inaprehensible. Tratar de restablecer su contenido en términos apodícticos es hoy una tarea poco menos que imposible. O, lo que es quizás peor, inaudible.

Para el hablante medio de nuestro final del siglo XX, sionismo y antisionismo componen la pareja nocional contrapuesta a cuyo través designar el conflicto árabe-israelí. En las tradiciones de izquierda más convencionales, sionismo suele ser usado como un sinónimo o una variante cualificada de imperialismo. En las más radicales y en las más incultas, se ha podido hablar incluso –bajo el influjo de la jerga interna de la OLP– de “fascismo sionista”. En todos los casos, la designación negativa –antisionismo– ha operado funcionalmente como la forma lingüísticamente desplazada de un significante no explicitable en la segunda mitad de siglo, al menos en Europa: antisemitismo.

Tratemos de restablecer el significado histórico del término.

El sionismo es una ideología política nacida en el medio judío laico –preferentemente socialista– europeo a final del siglo XIX bajo el impacto de la oleada antisemita cristalizada en el asunto Dreyfus; su ciclo se cierra definitivamente en 1948 con la realización de su programa básico mediante la constitución de un Estado judío en Palestina. El uso del término con posterioridad a esa fecha es metafórico y no designa ningún movimiento social ni político diferenciable.

No es banal recordar un par de características ideológicas de ese movimiento sionista, formalmente constituido en Basilea en el año 1897, antes de pasar a seguir su trayectoria en la fundación del Estado de Israel.

A propósito de ciertos usos impropios del lenguaje, en primer lugar. Es muy habitual hallar en la opinión pública una asimilación espontánea entre sionismo e integrismo religioso: un tópico reconfortante, que asimilaría ortodoxia rabínica con sionismo extremo. Reconfortante y falso. Tanto histórica como teológicamente la asimilación entre sionismo y tradición rabínica es sin más un disparate. El modelo de identificación entre integrismos religiosos y expansionismos territoriales sólo es operativo en tradiciones religiosas que hacen del proselitismo –que a su vez reposa sobre una hipótesis de salvación universalista– norma ética primera. Es el caso de la tradición cristiana –lo era, al menos, en los no tan lejanos tiempos en que los cristianos se tomaban en serio su dogmática– y –con más vigor hoy– del islam. Para el judaísmo ortodoxo, por el contrario, el proselitismo es una perversión teológica infundada. La elección divina del pueblo no es ni metafísica ni teológicamente compatible con la conversión como práctica de masa.

Por eso conviene llamar a las cosas por su nombre. Y conservar un mínimo de memoria histórica. El sionismo no nació en medios rabínicos ni ortodoxos. Fue esencialmente fruto del judaísmo laico; es más, lo fue, en buena parte, de sus tendencias más radicales, más entreveradas con el naciente socialismo –los casos de Moses Hess o de Israel Zangwill son suficientemente significativos–, desde finales del siglo XIX. Su objetivo político, definido por su gran configurador doctrinario, Theodor Herzl, en El Estado judío (1896) como proyecto de construcción de un Estado judío en la Palestina otomana, chocó frontalmente con las posiciones mayoritarias del rabinato de la diáspora, que vio en él una sustitución laica del ideal religioso.

Hasta el día de hoy, en Israel los sectores más literalistas del judaísmo de tradición mesiánica rigurosa siguen rechazando la legitimidad de un Estado constituido sin participación trascendente alguna. Porque, para un ortodoxo, el Libro es transparente. No habrá Reino mientras no haya Mesías. Todo intento de acelerar su llegada es suplantación blasfema de la obra divina. Y eso es precisamente lo que el sionista, al consolidar un Estado israelí laico, acomete.

Las importantes concesiones otorgadas tras la formación de Israel por David ben Gurión a ese rabinato ortodoxo no lograron nunca borrar del todo un conflicto básico e irrebasable.

El fracaso de la Haskalá, el movimiento asimilacionista que intentó, primero en Alemania y luego en Rusia, una integración plena del judaísmo en Europa y los pogroms de 1819 y 1881 son los presupuestos inmediatos del ascenso del movimiento de Herzl en favor del retorno a Sión que el Primer Congreso Sionista proclamará en 1897 en Basilea.