Contextos

Las peligrosas relaciones de Qatar

Por Pablo Molina 

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"La necesidad de ser considerado el principal defensor del Islam por parte de poderes regionales en ascenso como los Hermanos Musulmanes es uno de los motivos por los que el régimen de Qatar está practicando este peligroso juego"

Qatar no sólo patrocina equipos de fútbol como el FC Barcelona y eventos deportivos internacionales como el campeonato mundial de fútbol de 2022. También apadrina a buena oparte de los grupos islamistas más radicales que operan en el Gran Oriente Medio, desde Mali hasta Siria, donde la guerra civil desatada contra el régimen de Bashar al Asad está mostrando bien a las claras cuáles son las prioridades del rico emirato del Golfo Pérsico a la hora de facilitar apoyo financiero: mientras crecen las acusaciones de que está financiando a grupos pertenecientes a Al Qaeda incrustados en el bando rebelde, Qatar sólo ha enviado 10 millones de los 110 que prometió en su día para ayuda humanitaria a la castigada población civil.

EEUU, que hasta ahora ha considerado al régimen catarí un aliado en la zona, está replanteándose sus relaciones con el emirato tras los informes que acreditan la colaboración de la dinastía Al Zani con el islamismo más radical, por ejemplo, con las distintas ramas de los Hermanos Musulmanes, incluida la palestina Hamás, o los ya referidos grupos vinculados a Al Qaeda.

La visita del emir Hamed ben Jalifa al Zani a la Casa Blanca, el pasado mes de abril, fue aprovechada por el Comité para las Relaciones Exteriores del Congreso norteamericano para subrayar su preocupación por las actividades financieras de Qatar. Su presidente, el congresista republicano por California Ed Royce, manifestó su inquietud por la ayuda del emirato a las facciones islámicas más extremistas de Libia y Siria y aseguró que EEUU “tiene un problema con Qatar”, al que situó al margen de la línea estratégica de la comunidad internacional y de los países islámicos más moderados.

Las luchas de poder por el liderazgo del mundo árabe y los conflictos religiosos en el seno del Islam desempeñan un papel destacado en todo esto. Sin manejar estas claves es imposible entender cómo un país con intereses similares a los de sus vecinos puede mantener una oposición tan dura a la política exterior de países como Arabia Saudí, Jordania o los Emiratos Árabes Unidos, más moderados en sus relaciones exteriores y aliados fiables de EEUU y Occidente. La necesidad de ser considerado el principal defensor del islam por parte de poderes regionales en ascenso como los Hermanos Musulmanes, y así eclipsar el poderío tradicional de los saudíes, es uno de los motivos por los que el régimen de Qatar está practicando este peligroso juego de alianzas extremistas.

Washington ya ha advertido discretamente a Doha de las consecuencias que para sus relaciones tendría el hecho de que siguiera inyectando petrodólares al islamismo radical y a Al Qaeda. La Casa Blanca quiere impedir que en el futuro esos fondos sean empleados para atacar intereses norteamericanos o de sus aliados, como ha ocurrido en ocasiones anteriores, cuando EEUU confió en exceso en algunos de sus aliados en la zona.