Contextos

Decapitaciones y declive de la información de inteligencia

Por Michael Rubin 

Fotograma del vídeo de la decapitación de David Heines a manos del Estado Islámico.
"Puede que si en vez de liar el petate y marcharnos a casa hubiéramos dejado los contingentes residuales que esperaban los iraquíes, no habríamos estado tan ciegos respecto el auge del Estado Islámico y el paradero de sus activos y de nuestros compatriotas capturados"

La decapitación del cooperante británico David Haines es algo trágico, y demuestra una vez más la maldad del Estado Islámico y de sus compañeros de viaje. No hay equivalencia moral o cultural que valga que disminuya el grado de esa maldad. El objetivo de cualquier acción militar debería ser, en parte, matar –no capturar y juzgar– a cualquier islamista que intervenga en semejantes actos.  

Con todo, mientras Estados Unidos prepara una acción militar –si hemos de creer al presidente Obama–, la decapitación de Haines destaca aún más lo mala que se ha vuelto la inteligencia estadounidense en Irak y Siria tras su retirada de Irak.

El terrorista que asesina a Haines se refiere en el vídeo difundido a los compromisos británicos de apoyar a los peshmergas kurdos contra el EI, así como al bombardeo de la presa de Hadiza, hace una semana. Esto indica que Haines no fue asesinado al mismo tiempo que se grabaron otros vídeos emitidos por el Estado Islámico, sino en los últimos días.

Ello sugiere que ni Estados Unidos ni el Reino Unido tienen mucha idea de dónde están retenidos como rehenes sus ciudadanos. Dado lo importante que es para el Estado Islámico su campaña de propaganda, ello indica a su vez que, probablemente, Washington y Londres tengan poca o ninguna idea de dónde se encuentran los objetivos más valiosos del EI. (Puede que Turquía tenga cierta idea al respecto. Cuando estuve en Siria a principios de este año, casi todo el mundo –miembros del régimen y de la oposición– usaban señales de móviles turcos que, misteriosamente, llegaban hasta el interior de Siria. Que no estén siendo monitorizadas resulta completamente inverosímil; que Turquía no comparta esa información con las democracias occidentales no lo es).

En efecto; aunque los ataques aéreos puedan alcanzar algunos equipamientos o campamentos permanentes del EI, Estados Unidos está luchando a ciegas.

El tiempo puede solucionarlo. La precisión de la información de inteligencia aumenta con una presencia mayor y más próxima. Cuanto más tiempo siga comprometiéndose Estados Unidos, mayor será la exactitud de nuestra información.

Esperemos que futuros presidentes aprendan esta lección; Estados Unidos basó su retirada de Irak y su inminente retirada de Afganistán en dos pilares: que los ejércitos que entrenábamos podrían controlar el terreno, y que Estados Unidos podría proporcionar seguridad a distancia mediante portaaviones o desde bases situadas fuera de Irak y de Afganistán. Ambas suposiciones eran falsas: los adiestramientos del Ejército iraquí, del Ejército afgano y de los peshmergas kurdos han sido un fracaso que ha costado miles de millones de dólares, y Estados Unidos ha sido capaz de hacer bien poco a distancia, fundamentalmente porque, con la retirada, nos cegamos.

Al retirarnos por completo y segar muchas de las relaciones intermilitares y de inteligencia, Estados Unidos se cegó frente a los acontecimientos como si se hubiera clavado un hierro candente en los ojos. Nuestra inteligencia humana se ralentizó hasta convertirse en un goteo, y luego se secó por completo. Capacidades que costó enormemente adquirir se han perdido; no pueden restaurarse con sólo agitar una varita mágica o con la retórica presidencial.

Puede que si en vez de liar el petate y marcharnos a casa hubiéramos dejado los contingentes residuales que esperaban los iraquíes, no habríamos estado tan ciegos respecto el auge del Estado Islámico y el paradero de sus activos y de nuestros compatriotas capturados.

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