Contextos

Lapid cambia yacimientos de gas por una línea de boyas

Por Tony Badran 

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"Así es como se logra la 'integración regional': mostrando capacidad para presionar a los aliados a fin de que sacrifiquen su seguridad y de apuntalar los activos de los ayatolás incluso cuando el pueblo iraní está siendo masacrado en las calles"

Los ciudadanos del Estado de Israel fueron informados recientemente de que el Gobierno provisional del primer ministro Yair Lapid estaba a punto de intercambiar varios cientos de kilómetros cuadrados de la zona económica exclusiva de su país, potencialmente rica en recursos, por el «reconocimiento internacional» de una línea de boyas aparentemente poco reconocida. En otras palabras, después de discutir interminablemente con los negociadores estadounidenses durante una década sobre si Israel tiene derecho al 45%, al 55% o incluso al 100% de la zona marítima en disputa, lo que finalmente ha aceptado Jerusalén es el 0%.

A los pocos días, la gran fiesta de cumpleaños de Lapid se chafó. Como era de esperar, los libaneses informaron al mediador estadounidense de que no reconocerían la línea de boyas como frontera israelí. A sólo quedan unas semanas de las legislativas israelíes, la Administración Biden se apresuró a afirmar que aún creía posible un “compromiso duradero», y la reacción libanesa reveló confianza en que Washington cumpliría con su palabra.

La principal explicación de la prisa por cerrar a toda costa una de las negociaciones menos urgentes de la región puede encontrarse en Washington DC, que se ha erigido en defensor del pseudoestado dirigido por Hezbolá antes conocido como Líbano. La Administración Biden había descrito el acuerdo gasístico como una «prioridad clave», y el presidente Biden había insistido personalmente a Lapid a finales de agosto en la necesidad de cerrarlo en cuestión de semanas. Por lo visto, que el pueblo iraní esté siendo masacrado en las calles por expresar su odio al régimen de los ayatolás hace aparentemente más urgente el objetivo estadounidense de inundar de dinero a un satélite iraní.

Cuando los medios de comunicación libaneses se hicieron eco del acuerdo, el ex primer ministro israelí Benjamín Netanyahu no tardó en señalar a su rival: «Yair Lapid se rindió vergonzosamente ante las amenazas de Nasrala [el líder de Hezbolá]». Yuval Steinitz, ministro de Energía con Netanyahu que participó brevemente en las negociaciones sobre la frontera marítima –cuando la Administración Trump hizo su propio y errado intento mediador en 2020–, describió el acuerdo como «una rendición ante el chantaje».

Mientras tanto, la prensa israelí se debatía entre la estupefacción ante el pésimo acuerdo y el horror de coincidir con Bibi, que, después de todo, es el verdadero enemigo nacional de Israel. Sea como fuere, algunos reporteros especializados en seguridad nacional no pudieron evitar preguntarse con incredulidad: ¿podría ser que el Gobierno estuviera simplemente cediendo ante las amenazas de Hezbolá de atacar la infraestructura energética israelí si no conseguía lo que quería?

Los periodistas del complejo mediático americano-israelí del Equipo Obama, dirigido desde Washington DC, lanzaron inmediatamente una campaña para contrarrestar la idea de que Israel había sido presionado por Estados Unidos, o de que Lapid no había conseguido una gran victoria histórica en las negociaciones. Un funcionario anónimo negó que Israel se hubiera sometido completamente a las demandas de Beirut «señalando que el Líbano había exigido que la frontera fuera la Línea 29, más al sur, lo cual habría dado al Líbano partes del campo de gas de Karish». Por supuesto, eso es falso. La línea 23 es la única fronteriza que el país del Cedro ha depositado ante Naciones Unidas.

«Queremos debilitar la influencia de Hezbolá en el Líbano. Por eso intentamos avanzar en las negociaciones sobre la frontera marítima», declaró el mes pasado el asesor de seguridad nacional israelí Eyal Hulata, explicando asío por qué ahora se concederá a Hezbolá su propia plataforma gasística en el Mediterráneo –en asociación de facto con el gigante petrolero francés Total.

Otros consideraron un gran logro israelí la inclusión de una pequeña zona de separación (buffer zone) cerca de la costa de Naqura, que se adentra unos 5 kilómetros en el mar antes de unirse a la Línea 23, que Israel ha acordado conceder a Beirut. La zona está marcada por una línea de boyas que Israel colocó tras su retirada del Líbano. Barak Ravid, principal vocero israelí del equipo político de Obama-Biden desde los días en que abogaba por el fallido acuerdo nuclear entre Estados Unidos e Irán, transmitió que los funcionarios del Gobierno dijeron que el anclaje de la «línea de boyas» era «muy importante» porque «en los últimos 20 años el Ejército israelí operó a lo largo de esta línea unilateralmente y la parte libanesa tenía legitimidad internacional para desafiarla». El acuerdo, sin embargo, «permitirá a Israel tratarla como su frontera territorial norte».

Ni que decir tiene que la parte libanesa no estaba en absoluto de acuerdo con la lectura israelí, y modificó la propuesta estadounidense para reflejar su posición. Lapid, que hizo hincapié en las boyas como su mayor logro, rechazó la enmienda incluso cuando su Gobierno hizo público su deseo de cerrar el acuerdo. El domingo 9, el mediador estadounidense estaba listo con una propuesta actualizada.

Lo que se desprende claramente de este extraño episodio es que estabilizar e invertir en valores regionales iraníes es el núcleo del realineamiento Obama-Biden. Así es, pues, como se logra la «integración regional»: mostrando capacidad para presionar a los aliados a fin de que sacrifiquen su seguridad y de apuntalar los activos de los ayatolás incluso cuando el pueblo iraní está siendo masacrado en las calles.

© Versión original (en inglés): FDD
© Versión en español: Revista El Medio