Contextos

La yihad interminable

Por Marcelo Birmajer 

Emblema del grupo Al Sabirín

Dos días antes de los bestiales atentados del ISIS en París, este mismo grupo terrorista difundió un video de declaración de guerra a Egipto y a Israel que concluía así:

Los judíos se esconderán detrás de las rocas y árboles, y las piedras y los árboles llamarán: “Oh, musulmanes, oh, siervos de Alá, hay un judío detrás de mí, venid y matadlo”.

Ese mismo texto es también el artículo 7 de la carta fundacional de Hamás, el grupo terrorista palestino que domina la Franja de Gaza.

Ambos grupos terroristas son sunitas. El líder supremo de Irán, chiita, el ayatolá Jamenei, declaró en mayo de 2014: «La yihad nunca termina, porque Satán y el frente satánico existirán eternamente». Para los ayatolás iraníes, Satán es en primer lugar Estados Unidos, el pequeño Satán es Israel, y el frente satánico lo conforman las demás democracias occidentales. Cuando el expresidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, declaró en 2007 en la Universidad de Columbia que en la República Islámica no existían los homosexuales anunciaba la distopía de su yihad: el exterminio de la diversidad en todo el mundo.

Hezbolá, el Partido de Dios, también chiita y con base en el Líbano, nos atacó en la Argentina en dos ocasiones, con el auspicio iraní: contra la embajada de Israel en 1992 y cuando la masacre de la AMIA, en 1994. Invadieron el país que inauguró la democracia de los 80 en la región.

La diferencia histórica entre chiitas y sunitas arranca con la muerte de Mahoma, cuando los sunitas eligieron por consenso al suegro de Mahoma, Abu Bakr, para que los liderara, mientras que los chiitas son los seguidores de Alí, el sobrino y yerno de Mahoma, por ser su pariente de sangre más cercano. Esto no ha obstado para que, desde la creación de la Hermandad Musulmana, a fines de los años 20 del siglo pasado, no casualmente coincidente con el surgimiento del fascismo, ambas corrientes hayan incluido fundamentalistas terroristas, transversalmente.

En fecha tan temprana como 1936, terroristas árabes dirigidos por el muftí de Jerusalem asesinaron con cuchillos y hachas a más de cincuenta judíos civiles desarmados en las calles de Tel Aviv y Jerusalem, mucho antes de que se creara el Estado de Israel, cuando no existía ni un asomo de conflicto territorial. ISIS no está reaccionando a una intervención francesa previa. De hecho, De Gaulle retiró a los franceses de Argelia en 1962 para impedir precisamente atentados como los que ocurrieron la semana pasada en París. Pero es evidente que los fundamentalistas islámicos, sunitas y chiitas, desde la República Islámica de Irán hasta el ISIS, no buscan liberarse del Occidente democrático, sino sencillamente imponer al mundo su sistema de terror.