Contextos

La voluntad palestina

Por Eli Cohen 

El presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abás.
"El clima es ciertamente positivo. Sin embargo, la desconfianza hacia los líderes palestinos sigue ahí. Una desconfianza que se han ganado a pulso durante la última década"

Los sucesivos viajes de John Kerry a Oriente Medio desde que tomó posesión del cargo de secretario de Estado de EEUU parece que han dado sus frutos. El pasado lunes se reunieron en Washington sendas delegaciones de israelíes y palestinos, capitaneadas por Tzipi Livni y Saeb Erekat, respectivamente. Bajo los auspicios estadounidenses, ambas partes acordaron reunirse dos semanas después de esa primera toma de contacto, en la que se fijo un plazo de nueve meses para alcanzar un acuerdo definitivo. Según Kerry, en el siguiente encuentro se tratarán los asuntos centrales del conflicto.

Kerry ha conseguido, tras seis visitas a la zona, aparte de reiniciar las conversaciones, dos grandes logros para engrasar el proceso, según apunta David Ignatius. Por un lado, ha convencido a la Liga Árabe para que modifique su iniciativa de paz de 2002 y, consecuentemente, abandone la vieja demanda del retorno israelí a las fronteras de 1967; en su lugar, aceptaría los famosos land swaps (intercambios de territorio) y se comprometería al reconocimiento de Israel. Por otro lado, Kerry animó a empresarios israelíes y árabes a elaborar un plan de 4.000 millones de dólares para impulsar la prosperidad que pueda conducir a la paz y a la creación de un Estado palestino.

La semana pasada el Gobierno israelí aprobó, como gesto de buena voluntad ante el enésimo restablecimiento del proceso, la polémica liberación de 104 presos palestinos culpables de perpetrar ataques terroristas con víctimas mortales antes de los Acuerdos de Oslo. Esta buena voluntad se ha visto plasmada en la Kneset (Parlamento), que ha acogido un encuentro bilateral entre diputados israelíes y palestinos para crear el caucus por el fin del conflicto. Amir Peretz, miembro de dicho caucus y antiguo ministro de Defensa de Israel, ha declarado: “El precio de la paz merece la pena”. Durante el encuentro se lucieron las enseñas palestina e israelí. La comisión bilateral espera volver a reunirse en Ramala, donde, según palabras de Mohamed Madani, exparlamentario palestino nombrado por Mahmud Abás para encabezar un nuevo comité para la interacción con la sociedad israelí, también ondeará la bandera del Estado judío.

En este clima de entendimiento, el ministro israelí de Finanzas y gran estrella en las pasadas elecciones de enero, Yair Lapid, ha dicho que el Estado palestino se formará “en la mayor parte de Judea y Samaria”. Desde los Acuerdos de Oslo, los sucesivos Gobiernos israelíes no han cesado de repetir que el Estado judío deberá hacer “concesiones dolorosas” para alcanzar la paz.

El clima es ciertamente positivo. Sin embargo, la desconfianza hacia los líderes palestinos sigue ahí. Una desconfianza que se han ganado a pulso durante la última década.

Tras el fracaso de las conversaciones de Camp David II, donde Ehud Barak ofreció a Yaser Arafat lo que ningún político israelí se hubiera atrevido antes –un 90% del territorio en disputa (Israel retendría los grandes bloques de colonias y a cambio entregaría tierra israelí) y la división de Jerusalén (con una frontera ficticia en el mismo Monte del Templo: el barrio judío de la Ciudad Vieja sería israelí y el barrio árabe, palestino)–, el entonces premier israelí declaró que sus compatriotas “no tenían un socio para la paz en el bando palestino”. Inmediatamente después comenzó la Segunda Intifada, que, en palabras del ministro de Comunicaciones de Arafat, Imad Faluyi, estalló contra el Gobierno de Barak y no por la visita de Ariel Sharón al Monte del Templo –aún hay quien, presa de un prejuicio loco, sigue justificando una oleada de atentados suicidas por una visita de un político a un territorio en disputa–.

En 2008, ya Arafat desaparecido de escena y con la Segunda Intifada terminada hacía cuatro años, Ehud Olmert ofreció en Ginebra a Mahmud Abás lo mismo que Barak a su predecesor… e incluso más, el 100% del territorio. Abás, como Arafat ocho años antes, rechazó la oferta. El presidente palestino ya tenía en mente otra estrategia, que, siendo en un principio inteligente, desembocó en un despropósito contra la paz.

En las conversaciones de 2010, y pese al anuncio de Netanyahu de que congelaría durante diez meses la construcción de viviendas en los asentamientos, Abás dijo que quería una congelación perpetua, y que de lo contrario no había nada que hablar. Sus envites en la ONU, en 2011 y en 2012, amén de contradecir los Acuerdos de Oslo y la célebre Resolución 242 del Consejo de Seguridad, que establecen la delimitación de fronteras en negociaciones entre las partes, colocaron a los israelíes en una posición escéptica e inmovilista.

En enero de 2012, en unas discretas negociaciones de paz en Jordania de las cuales apenas se hicieron eco los medios internacionales, los palestinos se negaron a sentarse con los israelíes en la misma habitación, y ni siquiera aceptaron la propuesta del negociador israelí, Isaac Molho, de firmar un acuerdo de mínimos. Lo único que hizo Saeb Erekat fue exigir la liberación de Aziz Duwaik, un miembro de Hamás.

Pese al buen clima que parece haberse creado, mucho menos pesimista que el de las últimas conversaciones en Washington, hace ahora tres años, ciertamente los palestinos no parecen haberse percatado de que la pelota está en su tejado. Así, el mismo día en que se reunieron las dos delegaciones en la capital norteamericana, Abás prometió que “no habrá ninguna presencia israelí en Palestina, ya sea civil o militar”.

Los israelíes siguen demostrando predisposición a la paz y a la convivencia, y que están dispuestos a hacer “concesiones dolorosas”. En cambio, aún estamos esperando alguna declaración del estilo por parte palestina, y no sólo envites contra la paz, como decir que Palestina será una país limpio de israelíes.

El éxito de estas conversaciones depende, pues, de la voluntad palestina.