Contextos

La viciada estratagema del rey Abdalá

Por Jerold Auerbach 

Abdalá de Jordania
"En resumen: el monarca hachemita reina sobre una población mayoritariamente palestina en dos tercios de Palestina, lo que traducido quiere decir que los palestinos ya tienen un Estado llamado Jordania, que se encuentra en Palestina y que incluye a la mayoría de su población""El rey prefirió no mencionar que los palestinos han rechazado cualquier solución de dos Estados que se les ha presentado desde 1937, cuando la Comisión Peel británica propuso la segunda partición de Palestina"

Durante su reciente visita a Washington, a donde viajó para reunirse con el presidente Obama, el rey Abdalá II de Jordania fue entrevistado en “CBS This Morning”. El monarca, haciendo gala de su profundo conocimiento del terrible vecindario que rodea a su reino, denominó a la guerra contra los terroristas yihadistas del Estado Islámico “una evidente lucha entre el bien y el mal”.

El soberano considera que dichos terroristas amenazan con “un tercera guerra mundial por otros medios”, e instó valientemente a las naciones árabes y musulmanas a “alzarse” y demostrar su decidida oposición a esta “guerra en el seno del islam” luchando contra ella. Fue un llamamiento vehemente (y puede que incomparable) por parte de un líder árabe, que pedía demostrar sabiduría y coraje para enfrentarse al virulento veneno musulmán que los infecta.

Pero el rey, como exige su estrategia de supervivencia, jugó a dos bandas en una cuestión muy volátil. Identificó, muy claramente, dos posibles soluciones para el conflicto palestino-israelí: una de un Estado, o una de dos Estados. Mas, de forma equivocada, mencionó “la amenaza demográfica” para Israel, en la que una mayoría palestina al oeste del Jordán pudiera llegar a superar a la población judía. A continuación expuso el dilema al que probablemente se enfrenta Israel: la elección entre un Estado democrático o “segregacionista” (es decir, judío). El soberano expuso la siguiente conclusión:

La solución de dos Estados es la única solución.

Sin embargo, se trataría en realidad de una solución de tres Estados: Jordania, Israel, y Palestina en la Margen Occidental.

El rey prefirió no mencionar que los palestinos han rechazado cualquier solución de dos Estados que se les ha presentado desde 1937, cuando la Comisión Peel británica propuso la segunda partición de Palestina. La primera se había producido quince años antes, cuando el secretario británico para las Colonias, Winston Churchill, desgajó tres cuartas partes del Mandato de Palestina para regalárselas al bisabuelo de Abdalá como recompensa por su lealtad a la causa  aliada durante la guerra. Pero los líderes árabes, que no estaban dispuestos a tolerar que en medio de ellos apareciera un Estado judío del tamaño que fuera, rechazaron la proposición Peel, el plan de partición que Naciones Unidas presentó una década después, e incluso las peligrosamente generosas ofertas de crear dos Estados por parte de los primeros ministros Barak y Olmert, que llevaban aparejadas enormes concesiones territoriales por parte de Israel.

Comprensiblemente, el rey Abdalá también prefirió ignorar la realidad demográfica de Jordania, que plantea una significativa amenaza a la estabilidad de su propio régimen. Por razones obvias, su reino no presenta datos oficiales del censo acerca de su población palestina. Los cálculos más ajustados (entre ellos, los del Departamento de Estado estadounidense) indican que los palestinos constituyen más de la mitad –y puede que hasta dos tercios– de la población de Jordania.

En resumen: el monarca hachemita reina sobre una población mayoritariamente palestina en dos tercios de Palestina, lo que traducido quiere decir que los palestinos ya tienen un Estado llamado Jordania, que se encuentra en Palestina y que incluye a la mayoría de su población. Y así es como debería  ser: el cumplimiento de los compromisos internacionales con los judíos y de las promesas británicas a los hachemitas que se remontan a casi un siglo.

Al otro lado del río Jordán, al oeste, la realidad demográfica favorece decididamente a Israel, incluso si cada palestino de la Margen Occidental llegara a convertirse en ciudadano del Estado judío (algo que jamás sucederá). Al igual que los jordanos niegan la identidad de la mayoría palestina a la que gobiernan, los palestinos inflan sus propias cifras en la antigua Margen Occidental, que debería denominarse, más correctamente, Judea y Samaria, patria bíblica del pueblo judío.

La Oficina Central Palestina de Estadísticas Laborales, que libra lo que ha denominado una “intifada civil” contra Israel, insiste en que 2,6 millones de palestinos pueblan ese disputado territorio. Pero, según el demógrafo israelí Yoram Ettinger, ese departamento palestino ha aumentado el número real de palestinos de la Margen Occidental (1,6 millones) en dos tercios, incluyendo a residentes en el extranjero, subestimando la emigración palestina y contando dos veces a los árabes de Jerusalén.

Entre el Jordán y el Mediterráneo, dos terceras partes de la población son judías. Además, en los últimos veinte años la tasa de natalidad palestina se ha estabilizado, mientras que el número de nacimientos de judíos ha aumentado de manera significativa. Ettinger concluye:

El Estado judío no tiene ningún ‘machete demográfico’ en el cuello.

El rey Abdalá se encuentra atrapado entre obstáculos palestinos en sitios complicados: su propio reino de Jordania y su perdida Margen Occidental. Como ha escrito Mudar Zahran (Middle East Q., ed. Winter, 2012) un refugiado político palestino-jordano residente en Londres, el rey “se limita a emplearlos [a los palestinos] como peones en su juego contra Israel, amenazando con hacer a éste responsable de los jordanos de ascendencia palestina en nombre del derecho de retorno”.

Los malabarismos retóricos del rey Abdalá no deberían poder ocultar la verdad de los ancestrales derechos judíos a su tierra prometida, y tampoco tendrían que ocultar la realidad del regreso a la Tierra de Israel iniciado por los pioneros sionistas en el siglo XIX, mucho antes de que el Reino de Jordania fuera siquiera imaginado por sus ancestros hachemitas. Puede que las artimañas del rey se vendan bien en el zoco árabe a los turistas antiisraelíes, pero cualquier comprador con criterio detectaría inmediatamente el fraude que suponen.

The Algemeiner