Contextos

La valla de seguridad israelí y el muro mexicano de Trump

Por Jonathan S. Tobin 

CONCERTINA ESPINO VALLA
"La experiencia de Israel con los trabajadores ilegales debería servir de alerta para aquellos que creen ciegamente el cuento de hadas de Trump sobre apartar a los ilegales del empleo disponible. Las estadísticas nos dicen que la inmigración ilegal hacia EEUU ha ido en descenso. Si esto es así es porque hay menos trabajos aquí que tienten a la gente a cruzar la frontera. Pero si la situación cambia, no hay barrera, ya sea la descomunal Gran Muralla china o la de la valla de seguridad de Israel, que detenga a la gente"

Donald Trump y quienes coinciden con él en la idea de levantar un muro a lo largo de la frontera con México aluden al ejemplo de la barrera entre Israel y la Margen Occidental. Dado que logró su propósito –terminar con la ola de atentados suicidas que padeció el Estado judío durante la Segunda Intifada– la valla obtuvo un rotundo éxito. Pero como dejaba claro hace poco un artículo de portada del New York Times, no hay ningún muro a prueba de estúpidos. Pueden reducir drásticamente la infiltración y ponérselo más difícil, pero no imposible, a quienes buscan cruzar una frontera para provocar el caos. Pero cuando se trata de gente que busca trabajo, la economía siempre es más poderosa que la mejor de las vallas.

El artículo del NYT no se explayaba en por qué se levantó la valla de seguridad en Israel, ni aportaba las estadísticas que demuestran cómo influyó en el colapso de la guerra terrorista palestina de desgaste conocida como Segunda Intifada. Desde septiembre de 2000 hasta el verano de 2005, los grupos terroristas palestinos de la Margen Occidental –los de Hamás y los de la supuestamente más moderada Fatah– lanzaron cientos de ataques suicidas contra objetivos civiles israelíes. Más de 1.000 judíos fueron asesinados en estos y otros ataques terroristas.

El problema de erigir muros es que siempre hay formas de pasar por encima, por debajo e incluso a través de ellos. Aún hoy, la valla israelí no está completada en algunas partes del sur de Jerusalén. Es a través de ese hueco por el que los terroristas que asesinaron a cuatro israelíes a principios de este mes lograron llegar a Tel Aviv desde un pueblo de la Margen Occidental. Como señalaba el NYT, 21 palestinos que atacaron a israelíes entre octubre de 2015 y febrero de 2016 –el apogeo de la Intifada de los Cuchillos– se encontraban ilegalmente en el país. Por suerte, estos intentos no son ni mucho menos tan comunes como lo eran hace más de una década. La campaña de atentados suicidas quedó muy mermada tras la erección de la valla.

Si la principal preocupación de los estadounidenses por las fronteras fuera el terrorismo, la experiencia de Israel sería un sólido argumento a favor del muro de Trump. Pero, aunque hagamos bien en preocuparnos por la seguridad, no es esa la inquietud que guía el debate sobre el muro de Trump. Los millones de ilegales que han cruzado desde México no han venido aquí para asesinar americanos (aunque, ciertamente, sí hay algunos individuos criminales que han hecho justo eso). Están aquí para encontrar trabajo. Y es ahí donde el ejemplo de Israel resulta mucho menos cómodo para Trump y sus partidarios.

Aproximadamente 30.000 palestinos han cruzado al Israel de las fronteras previas a 1967 buscando –y por lo general encontrando– trabajo. Eso no parece mucho si se compara con los 11 millones de ilegales que se calcula hay en Estados Unidos (muchos de los cuales no han cruzado ilegalmente la frontera, sino que han dejado que venzan sus visados). Pero si tenemos en cuenta que Israel tiene una población unas 40 veces inferior a la de EEUU, vemos que se trata de un problema más importante de lo que cabría pensar.

¿Por qué lo hacen? Por la misma razón por la que la gente entra en EEUU ilegalmente: para encontrar trabajo y cubrir los puestos –en sectores como el de la construcción– que los israelíes parece que no quieren ocupar. Y llegan allí utilizando las mismas tácticas empleadas por los mexicanos. Como informaba el NYT, los traficantes actúan de la misma manera que los coyotes en la frontera de México con EEUU –y a menudo explotan o hieren a quienes pagan por sus servicios.

Con frecuencia, Israel manda a trabajadores palestinos ilegales de vuelta a la Margen Occidental. Pero mientras haya trabajos a un lado de la frontera con salarios superiores a los del otro lado, y gente que necesita trabajar, frenar la inmigración ilegal es imposible. El único tipo de barrera –y de fuerzas complementarias– que puede sellar herméticamente la Margen está más allá de la capacidad movilizadora de recursos de Israel. Sellar la frontera entre el sur de Estados Unidos y México de manera que acabara con la inmigración ilegal –como quiere Trump– sería una empresa aún más gigantesca.

Señalar estos hechos no significa argumentar en contra de la seguridad de la frontera de EEUU, ni indica la defensa de unas fronteras abiertas, por no hablar de la amnistía para los inmigrantes ilegales. Estados Unidos tiene todo el derecho a aplicar sus leyes sobre inmigración, así como a proteger a los estadounidenses contra cualquier posible amenaza terrorista. Israel tiene ese mismo derecho.

Pero la experiencia de Israel con los trabajadores ilegales debería servir de alerta para aquellos que creen ciegamente el cuento de hadas de Trump sobre apartar a los ilegales del empleo disponible. Las estadísticas nos dicen que la inmigración ilegal hacia EEUU ha ido en descenso. Si esto es así es porque hay menos trabajos aquí que tienten a la gente a cruzar la frontera. Pero si la situación cambia, no hay barrera, ya sea la descomunal Gran Muralla china o la de la valla de seguridad de Israel, que detenga a la gente. Así como los marxistas han sido incapaces de derogar las leyes básicas de la economía a fin de que funcione el socialismo, también los firsters [“primero los americanos”] de Trump acabarán dándose cuenta de que su fe aislacionista es igual de fútil.

© Versión original (inglés): Commentary
© Versión en español: Revista El Medio