Contextos

La última opción

Por Rafael L. Bardají 

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"Netanyahu ha dado sobradas pruebas de que, si tiene que elegir entre la seguridad del Estado de Israel y su relación con el presidente americano, elige la seguridad del Estado de Israel y su pueblo. Y no se amedrentará si tiene que frustrar un acuerdo nuclear con Irán que vaya en detrimento de los intereses de su nación ni se quedará paralizado ante las peligrosas ramificaciones de esta mentalidad woke que está destruyendo América desde dentro y que amenaza con hacer saltar por los aires todo Occidente"

Como europeo y buen cristiano, siempre he creído que mi mejor opción, esto es, la mejor alternativa para defender y promover la sociedad occidental y los valores sobre los que se ha fundado y desarrollado a lo largo de los siglos, eran los Estados Unidos de América. Y que, si estos flaqueaban, la última opción era Israel. Por lo que veo en su evolución social y política de estos últimos años –y de manera acelerada bajo el presidente Biden–, comienzo a ser escéptico con respecto a América, mientras que, con el retorno al Gobierno de Benjamín Netanyahu, Israel gana muchos puntos. Aunque eso signifique que ya no me queda la mejor opción, sino solamente la última.

Israel condensa los rasgos de lo que ha sido Occidente. En tanto que Estado judío, ancla la religión del pueblo judío a su sentido nacional, independientemente de que acoja en su seno otras confesiones; en tanto que economía capitalista o de libre mercado, ha abrazado la innovación como motor de desarrollo, obteniendo de la aplicación de sus programas de investigación la solución a muchos de sus problemas, de la irrigación por goteo –dada la escasez de agua– a la detección de potenciales terroristas según el movimiento incontrolado de sus músculos faciales; en tanto que nación sujeta al acoso y los ataques de muchos de sus vecinos, que se niegan a reconocer su existencia, sabe que tiene que defenderse con las armas y está dispuesto a hacer los sacrificios que ello conlleva.

De ahí que la izquierda europea, que vio durante unos años en Israel la materialización del socialismo de rostro humano en la Tierra, no sólo se desencantó con el país y el pueblo judíos, sino que pasó a condenarlos por querer prosperar y defenderse para no ser exterminado.

Hubo un tiempo en el que lo que era bueno para Coca Cola era bueno para América; y lo que era bueno para América era bueno para el resto del mundo libre y para quienes, bajo el totalitarismo comunista, aspiraban a vivir en libertad. Hollywood llevaba a América y el Sueño Americano a todo el globo; la idea de que con el propio esfuerzo se podía ascender en la escala social y prosperar atraía y encandilaba a millones de personas que soñaban con una vida decente, una vida moral, una vida en torno a la familia, gracias al trabajo, el esfuerzo y el sacrificio.

Desgraciadamente, América ha sufrido una epidemia de wokismo en la que ha perdido el sentido de comunidad nacional para favorecer unas políticas tribales basadas en las identidades más absurdas; un wokismo que, en su lucha contra toda autoridad, batalla contra el papel tradicional de la familia, para desplazarla del centro de gravedad social, y que busca sembrar la confusión, al querer borrar el sexo biológico como factor diferenciador entre hombres y mujeres, entre niños y niñas, en favor de autodefiniciones de mujer no binaria, hombre cuestionable, transgénero o sin género, según el capricho de cada cual; un wokismo para el que las universidades, en lugar de ser un lugar donde confrontar ideas, son espacios seguros en los que cualquier nimiedad es tomada como una ofensa y quienes osan manifestar sus opiniones alternativas son cancelados, para no molestar a una juventud que sólo quiere oír el eco de sus propias opiniones y evitar abrir los ojos ante la realidad dura y cruel, como siempre ha sido; un wokismo convertido en auténtico instrumento de censura de medios de comunicación y redes sociales, manipulación política incluida por parte de altos directivos de Twitter, como hemos sabido tras su compra por Elon Musk; un wokismo que hace a los políticos comportarse como alcohólicos en un grupo de rehabilitación, dispuestos en todo momento a confesar sus supuestos pecados si no salvan el planeta, si no persiguen a los disidentes o si se muestran blandos frente a todos los que no son de esta tribu.

Por otra parte, el capitalismo de amiguetes, que tanta y tan rápida riqueza ha llevado al mundo financiero, se ha construido sobre la ruina y el sudor de millones de americanos que luchan por mantenerse a flote en una sociedad donde el ascensor social no funciona y el trabajo menos cualificado, el industrial y el agrícola se ve con desprecio. Washington siempre se ha visto como un lugar distante desde donde se quería controlar todo el país; ahora son las élites las que se ven aisladas del mundo real de la mayoría de ciudadanos, defendiendo a capa y espada sus privilegios y frustrando el famoso Sueño. 

Donald Trump no creó la polarización política y social que aqueja a Estados Unidos, tan sólo la reconoció y se atrevió a hablar de ella y a buscar la terapia adecuada. Pero no lo logró. El establishment se mostró más fuerte y decidido de lo que podía pensarse.

Esta rápida y corrosiva transformación social de América ha estado a punto de cuajar en Israel, donde el menor error estratégico puede acabar con su existencia. El Gobierno rotatorio salido de las urnas el año pasado, y que ha tenido al frente primero al conservador Bennett y luego al centrista Lapid, prácticamente hizo suyas todas las proposiciones woke que emanaban de Washington. Tal era su deseo de no confrontar con la Administración Biden. Supongo que unos lo aceptarían con resignación, al considerar inevitable la dependencia de EEUU y creer que, al final, los americanos siempre hacen lo correcto; y otros lo abrazarían encantados, al creer que la tarea del líder es ir con las modas. Y, sin embargo, el wokismo es el corrosivo más potente al que Israel ha tenido que enfrentarse en los últimos años. Mucho más que las campañas BDS.  Primero, porque afecta a los dirigentes políticos de países aliados o parte esencial de Occidente, empezando por América; segundo, porque también se manifiesta en muchos jóvenes judíos americanos, británicos y franceses. Lo primero amenaza con ahondar la brecha entre Israel y sus aliados; lo segundo, abrir una herida profunda dentro de la comunidad judía. 

Con Biden al frente de Estados Unidos y Lapid de Israel, esa doble amenaza sólo podía crecer sin freno. Con Biden en Washington y Bibi en Jerusalén, hay una posibilidad de contención. Netanyahu ha dado sobradas pruebas de que, si tiene que elegir entre la seguridad del Estado de Israel y su relación con el presidente americano, elige la seguridad del Estado de Israel y su pueblo. Y no se amedrentará si tiene que frustrar un acuerdo nuclear con Irán que vaya en detrimento de los intereses de su nación ni se quedará paralizado ante las peligrosas ramificaciones de esta mentalidad woke que está destruyendo América desde dentro y que amenaza con hacer saltar por los aires todo Occidente.