Revista de Prensa

La UE debe afrontar el 'problema turco' – La Primavera Árabe sigue viva – En el Golfo no sólo quieren protegerse de Irán sino… parecerse a Israel

 

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"En la actualidad, Turquía está gobernada por una alianza de fuerzas tremendamente antioccidentales y antidemocráticas, un cóctel de islam político y ultranacionalismo turco""El potencial para la revolución en el mundo árabe es aún mayor hoy, debido al desarrollo de las redes sociales y de la difusión global de la información""Los árabes no necesitan los soldados y aviadores israelíes, sino sus emprendedores y científicos. Necesitan que los israelíes les lleven su cultura innovadora y su 'jutzpá' [osadía, audacia, desparpajo]"

El turco Mehmet Efe Caman, profesor de Ciencias Políticas en la Memorial University de Terranova (Canadá), y el griego Nikos Michailidis, profesor de Antropología y Estudios Mediterráneos en la Universidad de Misuri (EEUU), instan a la Unión Europea a que cambie radicalmente de postura con respecto a Turquía y, lejos de persistir en el apaciguamiento, ejerza gran presión sobre el régimen del islamista Recep Tayyip Erdogan, al que califican de peligrosa amenaza regional y global.

A nadie se le oculta que el régimen de Erdogan viene acometiendo una política expansionista y altamente desestabilizadora en el exterior y autocrática y violentamente [represora] en el interior. La lista es extensa: Erdogan ha emprendido operaciones militares y de ocupación de territorio en países vecinos, apoya el extremismo y el terrorismo (Hamás, ISIS); en Turquía, reprime la libertad religiosa (comunidad aleví y ciertos grupos suníes), encarcela a opositores políticos y despide a miles de funcionarios, practica la ingeniería demográfica en zonas kurdas y trata de sofocar militarmente la lucha democrática kurda; hace perforaciones ilegales en aguas territoriales de la República de Chipre, desafía la soberanía griega en el mar, se implica en el tráfico de personas y potencia los flujos migratorios desde Asia, África y Oriente Medio para chantajear a Europa.

Turquía se ha convertido en una amenaza para la seguridad de numerosos países y regiones. Además, los cada vez más estrechos vínculos de Ankara con Moscú, Pekín y Teherán (…) son un claro indicio de cuál es el camino que ha elegido. En la actualidad, Turquía está gobernada por una alianza de fuerzas tremendamente antioccidentales y antidemocráticas, un cóctel de islam político y ultranacionalismo turco. Sin duda, se trata de una autocracia completamente desvinculada de los cánones occidentales o europeos: no hay independencia judicial, ni libertad de prensa ni una sociedad civil libre. El sedicente sistema presidencial turco carece de contrapesos y es totalmente incompatible con los valores constitutivos de la UE. La amalgama ideológica de islamismo y nacionalismo turco es extremadamente antioccidental y anti UE. 

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Hay altos cargos de la UE que piensan que la adopción de medidas sustanciales contra Turquía no haría sino alimentar la narrativa islamista-nacionalista, pero se equivocan; al contrario: la actitud actual de la UE, de mirar y esperar, lo único que hace es reforzar al régimen. […] en vez de proseguir con un apaciguamiento fútil, la UE debería centrarse en poner fin al peligroso e ilegal proceder del régimen turco.

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(…) la UE debe adoptar medidas que afecten al régimen autocrático (…) como suspender la unión aduanera con Turquía, privar de financiación al sistema financiero turco (…), congelar las cuentas europeas de altos cargos turcos, cancelar los visados Schengen a todos los burócratas y altos funcionarios turcos, demandar la liberación de todos los presos políticos turcos, llamar a la introducción de reformas democráticas en la Constitución turca y a una solución pacífica de la cuestión kurda (…)

Judah Waxelbaum, del Comité Universitario Nacional del Partido Republicano de EEUU, advierte de que en el mundo árabe se siguen dando las condiciones para una nueva oleada de protestas multitudinarias como las que tuvieron lugar hace diez años.

En 2010, muchos pensaron que se abría una nueva era en el mundo árabe. Vimos caer a gigantes, pero no estábamos realmente preparados para lo que ocuparía su lugar cuando el polvo se asentara.

[…] Aunque algunos piensan que la Primavera Árabe tuvo poca sustancia, creo exagerado proclamar su muerte.

[…]

Siempre es posible un ‘momento Primavera Árabe’. Esta empezó cuando un vendedor ambulante tunecino se prendió fuego para llamar la atención sobre las penalidades que le imponía el Gobierno. Un solo individuo puede generar un movimiento que aliente conflictos en Egipto, Siria, Libia, el Yemen, Baréin y el Líbano; no tendría sentido decir que ya no hay lugar para nuevos clamores por el cambio. Si acaso, el potencial para la revolución es aún mayor debido al desarrollo de las redes sociales y de la difusión global de la información. 

Son muchos los sesudos artículos escritos a cuenta del décimo aniversario de la Primavera Árabe en los que se aduce que hemos dejado atrás esa fase, cuando en realidad el conflicto sigue ahí. Sería ingenuo asumir que regímenes que han imperado durante generaciones pueden ser reemplazados como si tal cosa en diez años. El accionar de los países árabes en la post Primavera muestra que no creen que haya llegado a su fin.

Sería muy fácil decir que simplemente hubo un puñado de revoluciones de vida efímera, pero no haríamos más que ignorar las consecuencias que seguimos teniendo a la vista.

El periodista israelí Haviv Rettig Gur hace un análisis harto interesante y original del proceso de normalización en curso entre el mundo árabe y el Estado judío, pues otorga un papel fundamental a la emulación. Y es que, a su juicio, los sectores más despiertos del mundo árabe no quieren aliarse con Israel sólo para mantener a raya al archienemigo común, la República Islámica de Irán, sino para adoptar los usos culturales –en el más amplio sentido– que le han permitido ser el país más desarrollado de la región, pese a tener todo en contra.

A un nivel superficial, son países que tienen el interés compartido de defenderse de Irán. Pero este nuevo interés en Israel no se explica sólo por los pactos defensivos, las ventas de armamento y la puesta en común de información de inteligencia. Esto va de autosuficiencia, de independencia.

[…]

Israel es el único Estado miembro de la OCDE con una tasa de natalidad elevada (y en aumento) [incluso] entre los laicos y los que tienen una elevada formación académica. Las familias son numerosas y están muy unidas, la política sigue parámetros culturales, religiosos y sociales de carácter tribal en lugar de propiamente político y la religión es vista como un elemento arbitral de carácter identitario incluso por quienes no son creyentes u observantes. Sumadas, estas características distancian a Israel de Occidente, pero las comparten muchas de las sociedades musulmanas que lo rodean.

Los judíos hablan con orgullo de los logros de Israel, como dándose palmaditas en la espalda. En el mundo árabe hay quien está empezando a hablar de esos logros también, pero en términos menos sentimentales. Su interés es, digamos, diagnóstico. ¿Qué están haciendo bien los israelíes? Específica y ciertamente. Y ¿cómo podemos hacer lo propio? […] he ahí un país básicamente conservador, con una natalidad elevada, que ha conseguido neutralizar o incluso revertir factores que socavan las economías y sociedades árabes, como el desempleo juvenil [en sociedades muy jóvenes] o el sectarismo étnico y religioso. La población de Israel es joven pero el desempleo es bajo –al menos, hasta la pandemia del coronavirus–, y su división en tribus pendencieras (…) es origen y vector de su sistema democrático.

Ahora, en el mundo árabe hay quien quiere estudiar y absorber esas fortalezas para conseguir la seguridad y confianza de las que ha conseguido dotarse Israel en una región caótica y proclive a la confrontación.

Para eso, no necesitan los soldados y aviadores israelíes, sino sus emprendedores y científicos. Necesitan que los israelíes les lleven su cultura innovadora y su ‘jutzpá’ [osadía, audacia, desparpajo].