Contextos

La teoría de la conspiración y la muerte de Ben Laden

Por Pablo Molina 

Osama ben Laden.
"Los argumentos de Hersh, una vez examinados, muestran una gran endeblez, pero su trayectoria como periodista de investigación, con un premio Pulitzer en su haber y, en fechas más recientes, su denuncia en exclusiva de los abusos de Abu Ghraib, ha hecho que su denuncia haya alcanzado gran proyección"

El famoso periodista de investigación Seymour Hersh ha provocado un gran revuelo con su versión de la muerte del fundador de Al Qaeda, que convertiría en una patraña el relato hecho público por la Casa Blanca.

En un artículo publicado este domingo en la London Review of Books, Hersh sostiene que la operación militar para matar a Ben Laden fue un montaje de la CIA. En realidad el líder terrorista estaría en poder de la Inteligencia paquistaní (ISI) desde 2006 y habría sido entregado a EEUU a cambio de la recompensa, fijada de 25 millones de dólares, y el compromiso de Washington de mantener la ayuda militar y financiera a Islamabad.

Hersh afirma que la versión dada por la Administración  estadounidense “podría haber sido escrita por Lewis Carroll”. “¿Decidiría realmente Ben Laden, objeto de una masiva cacería humana internacional, que una ciudad turística a poco más de 60 kilómetros de Islamabad era un lugar seguro para vivir y dirigir las operaciones de Al Qaeda?”, se pregunta.

Hersh afirma que en realidad todo comenzó cuando “en agosto de 2010, un antiguo alto funcionario de la Inteligencia paquistaní se dirigió a Jonathan Bank, entonces jefe de la estación de la CIA en la embajada estadounidense de Islamabad. El oficial ofreció decirle a la CIA donde encontrar a Ben Laden a cambio de la recompensa que Washington había fijado en 2001″, por importe de 25 millones de dólares. Según Hersh, el exagente paquistaní pasó la prueba del polígrafo, lo que hizo que en la agencia norteamericana comenzaran a prestar atención a este asunto.

El paquistaní explicó a los estadounidenses que Ben Laden había vivido sin ser detectado en las montañas del Hindu Kush entre 2001 y 2006, con sus esposas e hijos, y que el ISI “llegó a él tras pagar a algunos miembros de las tribus locales para que lo traicionaran”. Además, habría informado de que el jefe de Al Qaeda “estaba muy enfermo” y de que, desde que fue confinado en Abotabad, “el ISI había ordenado a Amir Aziz, un médico y oficial del Ejército paquistaní, trasladarse cerca de allí para proporcionarle tratamiento”. Las fuentes del periodista aseguran que Ben Laden “era un inválido” a esas alturas, así que los soldados de élite estadounidenses, en realidad, se habrían limitado a acribillar en su cama a una persona incapaz de moverse ni de cualquier mínima reacción defensiva.

Los argumentos de Hersh, una vez examinados, muestran una gran endeblez, pero su trayectoria como periodista de investigación, con un premio Pulitzer en su haber y, en fechas más recientes, su denuncia en exclusiva de los abusos de Abu Ghraib, ha hecho que su alegato haya alcanzado gran proyección.

Hersh no aporta una sola prueba documental de lo que sostiene. Todo su relato se fundamenta en el testimonio del general Asad Durrani, jefe de los servicios de Inteligencia paquistaníes entre 1990 y 1992, y en el de un funcionario de la Inteligencia estadounidense “bien informado” pero sin identificar. Ambos están desde hace años retirados del servicio activo.

Hersh esgrime su palabra y la de sus fuentes como única garantía de veracidad, pero en su relato hay tremendas fallas, debilidades y lagunas.  Una de las más pintorescas es la afirmación de que la CIA habría construido en EEUU una réplica de la residencia de Ben Laden para entrenar al equipo que finalmente se desplazaría a Pakistán a matarlo. ¿Para qué era necesario ese esfuerzo si, como sostiene Hersh, la operación era un montaje y el líder de Al Qaeda era un minusválido indefenso en poder de la Inteligencia paquistaní? Eso por no mencionar que hay docenas de maneras de justificar la muerte de un terrorista infinitamente menos complicadas que fingir un operativo de las dimensiones del utilizado para acabar con Ben Laden.

Por otro lado, el precio que EEUU habría pagado a Pakistán, en forma de aumento de la ayuda militar y de dejar manos libres al Gobierno paquistaní en Afganistán, no se ha materializado: la ayuda a Pakistán se ha reducido sensiblemente y la cooperación con Islamabad en el país vecino está en sus mínimos históricos, justo lo contrario de lo que debería estar sucediendo de ser cierta la versión de Hersh.

Hay otras incoherencias de menor calado pero también significativas que permiten poner en duda un relato tan asombroso sobre la muerte del terrorista más buscado del planeta, como se están encargando de poner de manifiesto diversos especialistas en inteligencia militar. De hecho, la teoría de Hersh no es nueva, sino que más bien parece la copia de una historia muy similar publicada en 2011 por la analista Raelynn Hillhouse, con los mismos protagonistas. Hillhouse ha resumido su opinión sobre el texto de Hersh de forma tajante tachándolo de plagio.

En definitiva: sólo el renombre de Seymour Hersh sostiene mínimamente la débil armazón de este relato asombroso sobre la muerte de Ben Laden. Un renombre que se ha visto severamente dañado en los últimos tiempos, luego de que el veterano periodista acusara a la Casa Blanca de entrenar a un grupo terrorista iraní en Nevada y a los altos mandos del Ejército estadounidense de pertenecer o ser partidarios de los Caballeros de Malta, una organización esotérica católica (¡!) que pretendería implantar el cristianismo en Oriente Medio por medio de una nueva cruzada.