Revista de Prensa

La próxima Primavera Árabe

 

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Marwán  Muasher, ministro jordano de Exteriores entre 2002 y 2004 y viceprimer ministro del reino hachemita en 2004-2005, vaticina grandes turbulencias en Oriente Medio si los regímenes de la región no emprenden reformas de calado que concedan más poder político y económico a la ciudadanía.

Las conmociones de 2011 [Primavera Árabe] y 2014 [desplome de los precios del petróleo] fueron sólo los primeros síntomas de una transformación regional más profunda: el acuerdo fundamental sobre el que descansaba la estabilidad en los Estados de Oriente Medio [que venía a traducirse en la concesión de todo tipo de subvenciones y ayudas a los individuos a cambio de su sometimiento político] se está deshaciendo, y a menos que los líderes regionales actúen con premura para negociar uno nuevo con sus ciudadanos, vendrán tormentas aún peores.

(…)

Si los Gobiernos de Oriente Medio emprenden reformas económicas y [acometen] una [reforma] política [que redunde en una] mayor rendición de cuentas y participación [ciudadana], podrían dar una oportunidad a la estabilidad a largo plazo. Si no, la próxima tormenta, mucho peor, llegará muy pronto.

Gonul Tol, del Middle East Institute, afirma que el autócrata turco habrá de hacer encaje de bolillos para no salir calcinado del caso Jashogui, pues, aunque sus relaciones con Washington y Riad son muy tensas, no puede arriesgarse a una ruptura con tan formidables aliados justo ahora que su país está viviendo una muy difícil situación económica.

El presidente Erdogan sabe que tiene que ir con cuidado para mantener su influjo sobre Washington y Riad y evitar una ruptura de relaciones con ambas. [El martes pasado] hizo graves insinuaciones de que el príncipe heredero [saudí] estaba detrás del asesinato, pero siguió negándose a nombrarlo directamente, aunque alabó al rey Salman por su integridad. (…) Para él, lo ideal sería que el rey Salmán destituyera a MbS [Mohamed ben Salman, príncipe heredero y gobernante ‘de facto’ de Arabia Saudí].

(…)

En el peor de los escenarios para Erdogan, el caso Jashogui puede conducir a unos contactos [aún] mayores entre funcionarios saudíes y el PKK [Partido de los Trabajadores del Kurdistán, considerado terrorista por Turquía], a que los saudíes redoblen sus esfuerzos por minar la influencia que Turquía trata de tener en lugares como Kuwait o el Mar Rojo y a menos inversiones de Arabia Saudí y otros países del Golfo en Turquía. Las apuestas son elevadas, y Erdogan ha de jugar su mano con gran sabiduría.

Es lo que recomienda Eyal Zisser, de la Universidad de Tel Aviv, al Gobierno de Benjamín Netanyahu, pues entiende que no está consiguiendo su objetivo de impedir que Irán se asiente en el país sojuzgado por el dictador Bashar al Asad.

(…) el ministro [israelí] de Defensa, Avigdor Lieberman, y el primer ministro [israelí], Benjamín Netanyahu, han asegurado que Israel hará todo lo necesario para impedir que Irán materialice sus ambiciones en Siria, pero la realidad sobre el terreno muestra otra cosa.

(…) En lugar de informaciones sobre ataques israelíes en Siria, las tenemos sobre el despliegue de las baterías rusas de defensa antiaérea S-300 [por parte de las fuerzas de Asad], y de que cómo Mustafá Mugniyeh, hijo del architerrorista de Hezbolá Imad Mugniyeh, está estableciendo infraestructura terrorista a lo largo de la frontera israelo-siria.

(…)

Equivocadamente, el ‘establishment’ israelí de defensa ve a Asad como una marioneta iraní, pero lo cierto es que está reforzando su posición. Es posible que si a él y a sus padrinos rusos se les hace entender que la presencia iraní en Siria tiene un precio, actúen para restringirla.