Revista de Prensa

La próxima guerra Israel-Hamás

 

Un caza israelí.

El reconocimiento por parte de las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF) de que la organización terrorista palestina que detenta el poder en la Franja de Gaza está construyendo nuevos túneles implica, según David Horovitz, director del Times of Israel, que el inicio de un nuevo conflicto armado entre aquélla y el Estado judío es sólo una cuestión de tiempo.

Por un lado, Israel ha sido tres veces arrastrada a un conflicto con Hamás en menos de una década, desde que el grupo terrorista islamista tomó el control de la Franja. En ninguna de esas guerras y miniguerras fue Israel capaz de alcanzar una victoria decisiva, o al menos un prolongado periodo de calma. Decir esto, por cierto, no es por definición una crítica cruel o una recomendación para el uso de una fuerza mayor. Una confrontación más destructiva habría costado más vidas en ambos bandos y expuesto a Israel a un daño mayor por la crítica internacional –justificada o no– sin que necesariamente hubiera recogido mejores resultados. Pero sin embargo es cierto: a pesar de los esfuerzos de las mejores mentes militares de Israel, Hamás sigue controlando Gaza, Hamás sigue disfrutando del apoyo o la indiferencia internacional, Hamás está mejorando constantemente sus cohetes y Hamás, como la opinión pública israelí ha sido final y formalmente informada, está cavando de nuevo sofisticados túneles de ataque bajo la frontera con Israel.

El analista español Emilio Campmany escribe en este artículo sobre la utilización del precio del crudo como arma para debilitar al enemigo. Arabia Saudí está poniendo en riesgo su propia estabilidad para dañar irremediablemente la economía de Irán, su principal adversario, al que disputa la hegemonía en el mundo musulmán.

Sorprende asimismo que en Riad haya, como parece, una lucha entre quienes son partidarios de llegar hasta las últimas consecuencias en la guerra de precios con Irán y los que piensan que con ello se está poniendo en riesgo la paz interior. La estabilidad social de Arabia Saudita y la conservación del poder por parte del régimen teocrático wahabita depende de los ingresos petrolíferos. Los ciudadanos saudíes no pagan impuestos. No sólo, sino que la mayoría de ellos trabaja para el Estado o finge que lo hace a cambio de un sueldo que pagan los petrodólares. Los trabajos penosos o simplemente exigentes los realizan emigrantes sin apenas derechos, aunque la mayoría de ellos son musulmanes.

Siendo cierto que el coste de extracción del petróleo en Arabia Saudí es de los menores del mundo y apenas alcanza los 5 dólares por barril, la poderosa monarquía del Golfo no puede permitirse descensos indefinidos del precio del petróleo sin poner en peligro su propia estabilidad social. Y sin embargo, parece que el monarca, en contra de la opinión de algunos, prefiere dar prioridad a su guerra con Irán, donde los costes de extracción son más altos y a quien por lo tanto perjudica más un precio del barril bajo. En este sentido, el incremento en el número de ejecuciones llevadas a cabo en el país suní podría ser la prueba de que el rey está dispuesto a asumir cualquier riesgo, y a sofocar con mano de hierro cualquier descontento que los precios bajos puedan provocar, con tal de seguir combatiendo al chiismo con todas las armas, incluido el petróleo.

Tal es la conclusión de un reportaje publicado por la agencia Reuters sobre las consecuencias no deseadas de la intervención de la coalición suní comandada por Riad en la guerra del Yemen: Al Qaeda en la Península Arábiga dirige ahora un mini-Estado con capital en la ciudad de Mukala.

El imperio económico fue descrito por más de una docena de diplomáticos, responsables yemeníes de seguridad, líderes tribales y residentes en Mukala. Su surgimiento es una de las consecuencias inesperadas más impactantes de la intervención militar de la coalición liderada por Arabia Saudí en el Yemen. La campaña, apoyada por EEUU, ha ayudado a Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA) a ser más fuerte que nunca desde que surgió, hace ya 20 años.

Los funcionarios del Gobierno yemení y los comerciantes locales estiman que el grupo, además de apropiarse de los depósitos bancarios, ha extorsionado 1,4 millones de dólares a la compañía nacional de petróleo e ingresa más de 2 millones diarios en impuestos sobre bienes y combustible procedentes del puerto.

AQPA cuenta con 1.000 combatientes solamente en Mukala, controla 600 kms. de costa y se está congraciando con los yemeníes del sur, que se han sentido marginados durante años por las elites del norte del país.