Contextos

La prohibición del burkini y la democracia judía

Por Evelyn Gordon 

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"la identidad de Israel como Estado judío y democrático es la principal razón por la que el terrorismo islámico nunca ha provocado el tipo de leyes antimusulmanas que sí ha provocado en la democrática y laica Francia"

La prohibición de llevar el burkini en la playa, recientemente promulgada por unos 30 municipios franceses y que incluso tuvo el apoyo del primer ministro francés, Manuel Valls, ha sido justamente considerada una vulneración inconstitucional de varias libertades fundamentales por el más alto tribunal de Francia. Sin embargo, la polémica francesa subraya algo sobre Israel que también se suele pasar demasiadas veces por alto: hasta qué punto el hecho de que sea un Estado judío, lejos de perjudicar a la democracia israelí, la refuerza.

En Francia, la prohibición del burkini se promulgó como respuesta explícita a los atentados islamistas y a las preocupaciones que se han generado en torno a la integración de la minoría musulmana. Como Christian Estrosi, vicealcalde de Niza, declaró al New York Times, estos trajes de baño de cuerpo entero, y que llevan sobre todo las creyentes musulmanas, constituyen una “provocación intolerable en un contexto muy concreto y bien conocido en nuestra ciudad”, en alusión al ataque terrorista del 14 de julio, que mató a 86 personas.

Sin embargo, Israel ha padecido un terrorismo islamista mucho peor y durante un periodo mucho más largo. En los atentados de Francia han muerto 234 personas en los últimos 18 meses, según el conteo de un periódico británico. Eso es sólo un poco más de la mitad de los 452 israelíes asesinados durante el peor año (2002) de la segunda intifada. Y como la población de Francia es 7,6 veces mayor que la de Israel, eso significa que, en proporción al número de habitantes, las muertes de Israel durante ese único año –sin mencionar todas las muertes a consecuencia del terrorismo en otros años– fueron 15 veces las de Francia en sus últimos 18 meses.

Además, la comunidad musulmana de Israel es, respecto a la población total, mucho más numerosa que la de Francia. Los musulmanes suponen el 7,5 % estimado de la población de Francia, pero casi el 20% de la población de Israel, y eso contando únicamente a los ciudadanos israelíes y a los residentes legales, esto es, a los musulmanes que seguirían ahí aunque Israel se retirara mañana de la Margen Occidental.

Por último, aunque la mayor parte de la población musulmana de Israel ha esquivado el terrorismo, sus líderes son mucho más radicales de lo que parecen ser los líderes musulmanes de Francia. Los miembros árabes israelíes de la Knéset apoyan abiertamente a organizaciones terroristas, incitan activamente al terrorismo contra Israel y calumnian sin descanso a Israel en el extranjero. El director de una de las ONG musulmanas del país, Raed Salah, líder de la rama del Movimiento Islámico en el norte, que cuenta con decenas de miles de seguidores, difunde habitualmente libelos de sangre antisemitas, como acusar a los judíos de elaborar pan ácimo con sangre de cristianos. Y todo ello sin mencionar a los líderes palestinos en los territorios, donde los dos principales partidos políticos, Fatah y Hamás, consideran por sistema que matar israelíes es su máximo cometido.

Dicho de otro modo: si hubiese un país al que atacar por responder al terrorismo islamista restringiendo la libertad de los musulmanes de cumplir con su fe en público, cabría esperar que fuese Israel, no Francia. Pero en Israel nadie jamás ha sugerido siquiera prohibir los burkinis. Ni nadie ha sugerido jamás prohibir a las estudiantes llevar el velo, como sí han estipulado otras leyes francesas, ratificadas por sus tribunales. Ni nadie jamás ha sugerido siquiera impedir a las mezquitas construir minaretes, ley aprobada por referéndum popular en Suiza, aunque ese país no ha tenido hasta ahora ningún problema de terrorismo islámico.

Claramente, la tolerancia religiosa de Israel no se puede atribuir únicamente a sus normas democráticas. Al fin y al cabo, Francia y Suiza poseen unas impecables credenciales democráticas, pero eso no les ha impedido tampoco aprobar leyes antimusulmanas. No es que los árabes israelíes sean una minoría con el suficiente poder para impedir dichas leyes: las posturas antiisraelíes de los miembros árabes de la Knéset les hacen inaceptables como socios de coalición en cualquier Gobierno, y tampoco tendrían poder para bloquear cualquier cosa que la coalición gubernamental quisiese aprobar. Y, desde luego, tampoco es porque los israelíes sean unos santos que perdonan serenamente el terrorismo árabe y la instigación antiisraelí. Hay mucho sentimiento antiárabe en Israel.

Más bien, la principal razón por la que Israel jamás ha considerado ni consideraría aprobar leyes como la de Francia para prohibir el burkini y el velo es precisamente porque es un Estado judío. Dicho de otro modo: se creó para tener en cuenta los intereses de los judíos, y entre esos intereses está la libertad de cumplir con la praxis tradicional judía. Pero en el momento en que un país democrático empieza a hacer concesiones a las tradiciones de una religión, esas concesiones se amplían inevitablemente a las demás.

Por ejemplo, Israel jamás podría prohibir el velo a las funcionarias porque las religiosas judías también se cubren la cabeza. Jamás podría prohibir un traje de baño recatado porque los judíos religiosos también insisten en la ropa recatada. No podría jamás prohibir los minaretes, porque resultaría muy obvia la analogía con la prohibición de las sinagogas. En cambio, Francia y Suiza pueden hacer todas esas cosas porque no tienen interés en acomodar a ninguna religión en la esfera pública.

En resumen: la identidad de Israel como Estado judío y democrático es la principal razón por la que el terrorismo islámico nunca ha provocado el tipo de leyes antimusulmanas que sí ha provocado en la democrática y laica Francia. Así que la próxima vez que alguien les diga que la identidad judía de Israel es intrínsecamente incompatible con su identidad democrática, recuérdenle el burkini. Y recuerden que, a veces, la identidad judía de Israel es precisamente lo que protege a la democrática.

© Versión original (en inglés): Commentary
© Versión en español: Revista El Medio