Contextos

La nefasta doctrina de 'guerras no'

Por Richard Grenell 

Barack Obama, en un pasillo de la Casa Blanca.
"La filosofía política de Obama de 'no veas nada malo' ha evitado intencionadamente cada crisis mundial al negarse a interpretar los acontecimientos. Fuera una cuestión que afectaba directamente a la seguridad norteamericana (Irán y Egipto), que se enfrentaba a la ética estadounidense (Siria), o que desafiaba al capitalismo (Ucrania y Venezuela), Obama ha desperdiciado intencionadamente la oportunidad de defender y mostrar de forma convincente el capitalismo y la libertad"

El motivo del presidente Obama para no involucrarse en conflictos en todo el mundo ha sido un argumento político consistente: el pueblo norteamericano está cansado de la guerra, según él. De hecho, el candidato Obama hizo campaña con que acabaría con los conflictos en Irak y Afganistán y con que no iniciaría ninguna guerra nueva. Sus inequívocas promesas de “guerras no” y “los norteamericanos están cansados de conflictos internacionales”, sin embargo, son cálculos políticos peligrosos y expeditivos, no estrategias de seguridad nacional. Si bien ignorar crisis internacionales puede resultar momentáneamente popular para un presidente estadounidense, es un plan político que está menguando el poder e influencia de Norteamérica.

Mientras los periodistas políticos estadounidenses aceptan alegremente el cambio de tendencia como reacción natural a lo que se consideraban “intromisiones” por parte de George Bush, los expertos en política exterior consideran que los peligros de una Casa Blanca que decide la seguridad nacional norteamericana basándose en criterios políticos y opiniones populares son un problema real y que va en aumento.

El mismo secretario de Defensa de Obama, Robert Gates, dijo de él:

Nunca me enfrenté con Obama por lo que yo (y también [Hillary] Clinton, [el entonces director de la CIA, Leon] Panetta, y otros) consideraba que era determinación del presidente a que la Casa Blanca controlara férreamente cada aspecto de la política e, incluso, de las operaciones de seguridad nacional. Su Casa Blanca fue, con diferencia, la más centralizada y controladora de la seguridad nacional que yo haya conocido desde que Richard Nixon y Henry Kissinger dirigían el cotarro.

El otoño pasado fue la Casa Blanca la que llevó la iniciativa para asegurarse de que el Gobierno estadounidense no se involucraba en la lucha de poder en Ucrania entre comunismo y capitalismo. El presidente Obama ignoró intencionadamente las señales de advertencia cuando miembros del Gobierno ucraniano pro-ruso, entre ellos el presidente Viktor Yanukovich, cancelaron de forma abrupta un acuerdo de integración con la Unión Europea y dieron un bandazo hacia la Rusia de Vladimir Putin. Mientras estudiantes indignados, capitalistas y otros ucranianos que, durante años, habían luchado para alejar a Ucrania del control ruso, tomaban las calles con manifestaciones, el equipo Obama dejaba confiadamente que débiles europeos se ocuparan de la cuestión. En vez de aprovechar la oportunidad de convencer a los dirigentes y al pueblo ucranianos de los méritos del capitalismo y de la libertad, el presidente Obama dejó que los socialistas discutieran con los comunistas qué dirección debía tomar la maltrecha economía ucraniana. Yanukovich aceptó un generoso paquete de ayudas de Putin, mientras Norteamérica se quedaba al margen, mirando.

Ahora se están produciendo disturbios parecidos en Venezuela. Años de crecimiento estancado, corrupción gubernamental y socialismo finalmente han hecho que los venezolanos se decidan a desafiar el status quo y a exigir una forma alternativa de gobierno. Con los ánimos en ebullición y la frustración en aumento en un país hostil a Norteamérica, el presidente Obama debería disfrutar con el debate que se está produciendo en Venezuela. El orador en jefe debería acudir presto a la discusión. El Departamento de Estado debería estar funcionando a toda marcha, y nuestros diplomáticos deberían estar organizando. Es el momento que muchos estaban esperando en Venezuela.

Pero la filosofía política de Obama de “no veas nada malo” ha evitado intencionadamente cada crisis mundial al negarse a interpretar los acontecimientos. Fuera una cuestión que afectaba directamente a la seguridad norteamericana (Irán y Egipto), que se enfrentaba a la ética estadounidense (Siria), o que desafiaba al capitalismo (Ucrania y Venezuela), Obama ha desperdiciado intencionadamente la oportunidad de defender y mostrar de forma convincente el capitalismo y la libertad.

El equipo Obama es tan ingenuo respecto a lo que constituye una enérgica acción estadounidense que cree que tiene dos opciones en las crisis internacionales: enviar tropas estadounidenses o ignorar el problema. El argumento político de que los norteamericanos no quieren otra guerra es una incongruencia. Si no quieres guerras, entonces es mejor que defiendas una diplomacia influyente.

Por eso el reajuste de las relaciones ruso-estadounidenses por parte de Hillary Clinton y la cancelación del escudo antimisiles para Europa Oriental por parte del presidente Obama fueron puntos de inflexión tan decisivos. Ella calculó mal su capacidad para hacer que los dirigentes rusos apreciaran más nuestro modo de vida y accedió a las exigencias rusas de alterar el poder norteamericano. Su ingenuidad animó a los rusos a llenar el vacío producido, afirmando y vendiendo su visión del mundo en Siria, con Irán y ahora en Ucrania.

Desde hace tiempo, cuando los extranjeros luchan por sus libertades, esperan que el Gobierno estadounidense sea el primero en apoyarlos. Es algo más que pronunciarse a través de las redes sociales, se trata de ganar el debate de forma agresiva. Al fin y al cabo, la libertad y la democracia son modos de vida moralmente superiores, y el presidente Obama debería estar buscando oportunidades de impulsarlas en todo el mundo.