Revista de Prensa

La mujer que mueve los hilos en Qatar

 

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El analista israelí Reuven Berko escribe sobre el papel en la política catarí de la jequesa Mozah, la segunda de las tres esposas del anterior emir y madre del actual. Mozah, denuncia Berko, está detrás de las campañas de desestabilización regional cataríes y del apoyo del emirato a grupos terroristas islamistas.

La historia de Mozah podría haber sido una película de Hollywood llena de pasión, intriga y sangre. La segunda de las tres esposas de Hamad incitó a su esposo a derrocar a su padre en 1972, y más tarde, en 2013, lo convenció para que renunciara en favor de su hijo, Tamim. Ella dirige el ‘Emiri Diwan’, el complejo gubernamental en Doha, y aboga por unas políticas favorables a los Hermanos Musulmanes y otros grupos terroristas islamistas.

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Mozah promueve políticas maquiavélicas de traición y subversión. Desde su punto de vista, y a pesar de la amenaza iraní, la inestabilidad en Egipto, otros países árabes y el Golfo garantiza la seguridad de Qatar.

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La supervivencia de la dinastía Al Zani depende de su disposición a poner fin a su apoyo al terrorismo, cerrar Al Yazira y sacrificar el régimen de Tamim. Mozah, sin embargo, seguirá manejando los hilos.

En The Weekly Standard, Lee Smith aboga por que Washington no se deje enredar en los conflictos intestinos árabes y recomienda a Trump que se centre en los intereses norteamericanos en la región.

[Al romper relaciones con Qatar], los saudíes pretendían mostrar a los americanos que pueden ser útiles. (…) Lo que los saudíes no necesitan es una discusión sobre quién financia el terrorismo. (…) La realidad es que hay multitud de actores problemáticos en el Consejo de Cooperación del Golfo, empezando por Emiratos, que hace negocios con Irán y ha dado cobijo a figuras del régimen sirio, al que se oponen saudíes y cataríes. (…)

Lo más importante (…) es que la Administración no deje que los actores locales, ya sean Qatar, Emiratos o Arabia Saudí, establezcan las prioridades estadounidenses. El conflicto interno árabe no debe distraer a la Administración de mantener a sus socios regionales centrados en los dos asuntos principales de la agenda de EEUU: detener a Irán y aplastar al Estado Islámico.

El profesor Nicholas Rostow abunda aquí en las ideas recogidas en un artículo de Martin Kramer del que dimos cuenta en la Revista de Prensa de ayer, relacionado con ese documento tan importante en el devenir de la región en el último siglo.

En 1922 la Liga [de las Naciones] creó el Mandato de Palestina e hizo a Gran Bretaña potencia mandataria. A las palabras de la Declaración Balfour añadió el reconocimiento ya otorgado en San Remo “a la conexión histórica del pueblo judío con Palestina y a las bases para reconstruir su hogar nacional en ese país”, y confirió a Gran Bretaña la obligación de implantar su declaración, convirtiéndola, en consecuencia, en parte de la legalidad internacional. Los términos del mandato eran vinculantes para todos los miembros de la Liga. En 1924, EEUU formalmente se sumó esta acción internacional por medio de un tratado con Gran Bretaña. Al hacer eso, como relata Kramer, siguió lógicamente el apoyo del presidente Woodrow Wilson a la Declaración Balfour, antes de su proclamación y de la participación de EEUU en la Conferencia de San Remo de 1920.