Contextos

La modernización de Baréin

Por José María Marco 

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"En torno al 70% de la población musulmana es chiita, pero el gobierno siempre ha estado en manos de la minoría sunita. La llamada 'primavera árabe' sacó a la luz las tensiones y en febrero de 2011 se iniciaron las protestas""Lo que se pretende es enmascarar la verdadera naturaleza del conflicto, que atañe sobre todo a la democratización del régimen. La estrategia de enfrentamiento religioso evitaría cualquier apoyo exterior serio a la oposición"

El pasado sábado una explosión en un coche mató a dos personas en la localidad de Mughsha, al oeste de Manama, la capital de Baréin. Mughsha es una localidad poblada por chiitas. A principios de marzo tres policías resultaron muertos en otra explosión durante una protesta.

Baréin es un pequeño país de 760 km2, con poco más de 1.200.000 habitantes. Vive del petróleo y del turismo, y cuenta con importantes reservas de gas. En torno al 70% de la población musulmana (a su vez, el 70% de una población en la que más del 35% ha nacido fuera) es chiita, pero el gobierno siempre ha estado en manos de la minoría sunita. La llamada primavera árabe sacó a la luz las tensiones y en febrero de 2011 se iniciaron las protestas. La Plaza de la Perla, en Manama, fue ocupada por activistas chiitas, mientras que el gobierno proclamó la ley marcial y reprimió con dureza el movimiento. Se llegó incluso a arrasar el monumento de la plaza, con la intención evidente de evitar que cuajara un símbolo político como el de Plaza Tahrir de El Cairo.

La situación de Baréin, y su proximidad a Arabia Saudí y los Emiratos Árabes, facilitó la represión de las protestas. Arabia Saudí colaboró en el restablecimiento del orden y la cobertura internacional de los desórdenes fue considerablemente menor que en otros lugares. La cadena Al Yazira, que cubrió minuto a minuto las protestas en Egipto, no prestó tanta atención a lo que estaba sucediendo en Baréin.

Aun así, la situación no se ha calmado nunca y ha habido más protestas en 2012, en particular en el aniversario de las primeras manifestaciones, y en 2013, con ocasión de la celebración del aniversario de la independencia del país (en 1973). Los problemas llegaron a complicar la celebración del Gran Premio de Fórmula 1, que fue cancelado en su edición de 2011, aunque se celebró en abril de 2012, a pesar de las presiones internacionales en contra y en medio de las protestas. El propio Bernie Ecclestone ha invitado a representantes de la oposición a la celebración, para evitar las acusaciones de que la Fórmula 1 respalda el gobierno del emir Hamad ben Isa al Jalifa.

Uno de los problemas es que la violencia ha ido a más, como muestran los últimos atentados. Así que todo parece respaldar la idea de un enfrentamiento no solventado entre suníes y chiitas, englobado a su vez en un conflicto entre Arabia Saudí e Irán, es decir entre las dos grandes confesiones del islam, con la república islámica sirviendo de apoyo a los rebeldes chiitas en el interior del reino.

Hay quien ofrece otras perspectivas. En su número de junio de 2013 la revista Foreign Affairs publicó un artículo de Reza Aslan, autor de algunos polémicos libros sobre el islam y Jesucristo, en el que se describía una situación distinta. Según Aslan, el gobierno de Bahréin ha tenido interés, desde las manifestaciones de 2011, en difundir la idea de que los enfrentamientos se deben a un conflicto sectario entre chiitas y sunitas. Lo que se pretende así es enmascarar la verdadera naturaleza del conflicto, que atañe sobre todo a la democratización del régimen. La estrategia de enfrentamiento religioso evitaría cualquier apoyo exterior serio a la oposición. También tendría la ventaja, por así decirlo, de hacer del conflicto algo imposible de solucionar, por su carácter confesional. El artículo fue recibido con críticas y polémica, como otras obras de Reza Aslan.

Un hecho ocurrido en diciembre de 2013, sin embargo, permite adivinar la complejidad de una situación que no se deja clasificar tan pronto en categorías demasiado sencillas. Justin Gengler, en Foreign Policy, ha escrito que nunca, ni siquiera en los peores días de 2011, el gobierno se atrevió a detener a Alí Salman, líder del partido Al Wefaq, que participa en el Parlamento de Baréin desde que este fue reabierto en 2002, tras treinta años de suspensión. Con 18 escaños sobre un total de 40, y un respaldo del 64% del electorado, Al Wefaq es el partido más importante, aunque las organizaciones suníes y otras independientes siempre han conseguido evitar una mayoría absoluta. Alí Salman es, además, un clérigo chiita y participó activamente en los levantamientos anteriores de los años 90, que contribuyó a organizar.

Hoy en día, Alí Salman está considerado uno de los principales políticos del país, aunque recibe fuertes críticas por la dureza del tono que suele emplear. Al Wefaq, que se retiró del Parlamento tras los acontecimientos de 2011, sigue siendo una de las voces más críticas con el régimen. (El pasado mes de enero denunció 745 casos de arrestos políticos ocurridos tan sólo en diciembre de 2013, entre ellos 31 casos con niños).

La detención de Alí Salman hizo sospechar que el régimen se estaba radicalizando, hasta que tres semanas después aquél reapareció en una reunión con el príncipe Salman ben Hamad ben Isa al Jalifa, príncipe sucesor y conocido por sus posiciones moderadas, que después de los sucesos de 2011 le llevaron a la marginación frente al primer ministro Jalifa ben Salman al Jalifa. La situación de éste se ha complicado por la publicación de algunos importantes casos de corrupción. Y, como señalaba el artículo de Reza Aslan, siempre parece haber estado interesado en aprovechar el temor de la población ante el apoyo iraní a los promotores de los desórdenes.

Justin Gengler apunta en su artículo que el emirato de Baréin está necesitado de una política económica de reformas y ajustes que el príncipe Salman, considerado un modernizador, parece estar dispuesto a llevar a cabo, y para las que tendría que contar con el apoyo mayoritario de la población.