Contextos

La insoportable levedad de la política siria de la Casa Blanca

Por Clifford D. May 

Barack Obama.
"Éste es el rompecabezas en cuya resolución Obama y sus asesores deberían estar haciendo horas extra. ¿Hay alguna forma de asegurarse de que ni Irán ni Al Qaeda salgan reforzados del conflicto?""¿Qué clase de gente somos si nos esforzamos más por salvar peces en peligro de extinción que a los siríacos?""No se puede hacer de Hamlet mientras quienes tratan de debilitarnos (por ejemplo, Putin) o destruirnos (por ejemplo, los dirigentes iraníes y sus rivales yihadistas) determinan el futuro de Siria y de todo Oriente Medio"

Armar a los rebeldes… es una opción. Examinas y reconsideras todas las opciones”, dijo el secretario de Defensa, Chuck Hagel, el pasado día 2. “Eso no significa que lo hagas o que vayas a hacerlo. (…) No significa que el presidente se haya decidido sobre nada”.

Pero a los presidentes les pagan bonitas sumas precisamente para que se decidan. Es normal que Obama encuentre poco atractivas las opciones disponibles, pero el problema sigue ahí. Renunciar a elegir no es una solución; es dejar que elijan otros, incluidos los peores enemigos de América.

Hace dos años, los sirios, hartos de la dictadura proiraní de Bashar al Asad, comenzaron a manifestarse pacíficamente. Asad respondió con brutalidad. Al poco tiempo se había desencadenado la guerra. Desde entonces, más de 75.000 hombres, mujeres y niños han muerto por su causa, una catástrofe de enormes proporciones. Curiosamente, esta carnicería no es una prioridad para la Liga Árabe ni para la Organización para la Cooperación Islámica, como demuestra incluso un somero repaso a sus páginas web.

Hace unos 600 días, Obama declaró: “Asad debe irse”. Cuando un presidente estadounidense desea acabar con algo, lo más recomendable es poner los medios para ello. El secretario de prensa del presidente, el secretario de Defensa y el director de la Inteligencia Nacional le aconsejaron apoyar a los opositores laicos y moderados. No siguió tal consejo. ¿Habría cambiado la situación de haberlo hecho? Es una suposición razonable, pero nunca lo sabremos a ciencia cierta. Llámenlo la insoportable levedad de la política exterior.

Ahora mismo la situación es ésta: Asad, respaldado por los yihadistas chiíes de Irán, por Hezbolá –la terrorista legión extranjera de la República Islámica– y por la Rusia de su amigo Vladímir Putin, está luchando contra unos insurgentes cuyos miembros más letales son yihadistas suníes no sirios, algunos de ellos estrechamente vinculados a Al Qaeda.

Como al parecer dijo Kissinger durante la guerra irano-iraquí: “Es una pena que no puedan perder los dos”. Pues bien, éste es el rompecabezas en cuya resolución Obama y sus asesores deberían estar haciendo horas extra. ¿Hay alguna forma de asegurarse de que ni Irán ni Al Qaeda salgan reforzados del conflicto? El otro día visitó mi oficina un grupo de siríacos. Los siríacos son miembros de un grupo étnico muy antiguo, algunos incluso dirían que de una nación ancestral. Han vivido en la actual Siria (el nombre procede de ellos) desde antes de que surgiera el islam y de las subsiguientes invasiones árabes. Son cristianos cuya lengua nativa es el arameo, el lenguaje que hablaban Jesús y otros judíos de la época.

Me dijeron que no apoyan a Asad ni a los yihadistas suníes que luchan contra él. No sienten afecto alguno por los Hermanos Musulmanes, que también compiten por el poder. Lo que quieren es poder sobrevivir en su patria. Están a favor de la tolerancia y de una considerable autonomía, no sólo para ellos mismos, sino para las otras minorías del país, como los kurdos, los drusos, los armenios, los turkmenos e incluso los alauitas, grupo al que pertenece Asad. Mis amigos siríacos me dijeron que creen que hay millones de sirios suníes urbanizados que tampoco desean vivir bajo el dominio de un virrey iraní, de los yihadistas o de los islamistas.

Los siríacos no piden que intervengan las tropas estadounidenses, tampoco un sofisticado armamento que pudiera caer en manos terroristas. Agradecerían disponer de armas simples que pudieran emplear para defenderse a sí mismos, a sus poblaciones y a sus familias, de las fuerzas de Asad, de los yihadistas y de las bandas de matones. La ayuda humanitaria también resultaría útil. 

Yo diría que apoyar a gente así –en Siria, Egipto, Irak, Afganistán… casi en cualquier parte– corre en el propio interés de América. Gente como ésa no debe quedarse huérfana mientras terroristas, totalitarios y tiranos de todo pelaje reciben amplio apoyo de Irán, Rusia, los petropríncipes del Golfo y, en no pocas ocasiones, las Naciones Unidas. ¿Qué clase de gente somos si nos esforzamos más por salvar peces en peligro de extinción que a los siríacos?

Si Asad sobrevive, los gobernantes iraníes descorcharán su botella de zumo de granada, pues habrán ganado una batalla ganada en la guerra que llevan librando desde 1979. En cambio, su caída representaría un retroceso, quizá permanente, en los intentos de Irán por extender su revolución islámica a los países árabes y suníes. Sólo por esa razón, “Asad debe irse”. Hace mucho que debería haberse dispuesto una estrategia para ello.

Es probable que lo que venga después de Asad no sea la paz y la prosperidad. Así que tiene sentido empezar, aunque sea con retraso, por apoyar a aquellos que desean resistir a los yihadistas extranjeros, así como a quienes, en la era post Asad, se mostrarían favorables a un Estado federal, en el que ni facciones ni individuos puedan imponerse.

No digo que sea una buena opción; lo que digo es que es menos mala que las demás. Ciertamente, es mejor que hacer de Hamlet mientras quienes tratan de debilitarnos (por ejemplo, Putin) o destruirnos (por ejemplo, los dirigentes iraníes y sus rivales yihadistas) determinan el futuro de Siria y de todo Oriente Medio.

Foundation for Defense of Democracies