Contextos

La influencia rusa en Siria

Por Ricardo Ruiz de la Serna 

Vladímir Putin.
"Moscú ha encontrado en Damasco un comprador de material militar y un aliado en el mundo islámico que comprende sus problemas con el terrorismo""A diferencia de la Administración Obama, que ha dejado caer a aliados históricos de Estados Unidos en la región, la Federación Rusa se ha comprometido con la familia Asad y ha continuado suministrándole armamento, inteligencia y apoyo diplomático"

La presencia de Rusia en Oriente Medio ha estado condicionada por dos factores: la necesidad geoestratégica de Moscú de tener acceso al Mediterráneo y su defensa de las minorías cristianas en la región. Los zares libraron guerras contra el Imperio Otomano para garantizarse una salida por los estrechos e incluso llegaron a imaginar una ocupación rusa de Estambul que sirviese de cabeza de puente para un avance sobre Asia. El Mediterráneo era parte del Gran Juego al que se refería Kipling. La defensa de los ortodoxos, los sirios, los coptos y, especialmente, los armenios que vivían en la Sublime Puerta sirvió para legitimar intervenciones militares cada vez más agresivas que solo la reacción de británicos y franceses pudo contener. La Cuestión de Oriente tenía también una dimensión religiosa y propagandística.

Este interés de los zares por Oriente Medio lo heredó la Unión Soviética. El destino de los cristianos pasó a un segundo plano, aunque no desaparecieron instituciones creadas en el periodo zarista, como la Sociedad Imperial Ortodoxa de Palestina, que se vinculó a la Academia de Ciencias de la URSS y a la que pertenecen diversas personalidades rusas, como el actual ministro de Asuntos Exteriores de la Federación, Serguéi Lavrov. Lo mismo sucedió con la Sociedad Imperial Rusa Ortodoxa, que desde el siglo XIX venía educando a la europea a la élite siria. Por otra parte, los soviéticos ayudaron a la fundación del partido comunista sirio en 1925. Los comunistas vieron en Siria –y especialmente en la minoría alauí dominante– un socio islámico más práctico y flexible que las monarquías petroleras del Golfo, situadas del lado estadounidense. Así pues, el panarabismo socialista sustituyó a los cristianos en el interés de Moscú. El apoyo a los regímenes baazistas en Irak y Siria tuvo una traducción directa en términos militares y fue paralela a la ayuda prestada a Egipto durante el tiempo de Naser y hasta que Anuar el Sadat quiso.

Hoy, el Kremlin contempla la alianza con el régimen sirio como parte de su estrategia de reconstrucción de la influencia rusa en la región. Moscú ha encontrado en Damasco un comprador de material militar y un aliado en el mundo islámico que comprende sus problemas con el terrorismo; un aliado que, a su vez, necesita los beneficios que la amistad rusa le proporciona. En definitiva, es un negocio de suma positiva para ambos.

A diferencia de la Administración Obama, que ha dejado caer a aliados históricos de Estados Unidos en la región (recuérdese a Mubarak; y que también eran amigos de Washington el tunecino Ben Alí y el último Gadafi), la Federación Rusa se ha comprometido con la familia Asad y ha continuado suministrándole armamento, inteligencia y apoyo diplomático dentro y fuera del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

El papel ruso ha sido crucial a la hora de encauzar la destrucción de los arsenales químicos sirios y detener la amenaza de bombardeos que pesaba sobre el régimen de Asad, que hubiese acabado con al superioridad táctica de su Ejército sobre los sublevados. Sin helicópteros, aviones ni tanques, el equilibrio de fuerzas sería distinto. Gracias a los esfuerzos de Lavrov, Siria quedó protegida por un frente diplomático que integraba a la República Popular China y, por supuesto, a Irán, el otro actor clave en la resistencia de Asad hasta el momento.

Siria, a su vez, ha recompensado con creces el apoyo ruso. Es uno de sus principales compradores de armamento y acoge a parte de la flota rusa en la base de Tartus desde 1971. En ella recalan, por ejemplo, los barcos de guerra rusos que desarrollan labores antipiratería en la zona del Golfo de Adén. Fuentes rusas han asegurado que la intención de Moscú es crear una fuerza de respuesta en el Mediterráneo capaz de responder a las amenazas a la “seguridad nacional” desde esa zona. Una base en el Mediterráneo: el viejo sueño de los zares hecho realidad.

Cualquier solución al conflicto sirio pasa por Moscú y el Kremlin ya ha asegurado que rechazará propuestas que supongan la salida necesaria de Asad del poder. Un plan de paz apoyado por Rusia no puede tener como contrapartida la caída del presidente sirio. Hasta ahora, Asad ha demostrado que quien resiste gana, y Moscú se ha granjeado la confianza de sus aliados mostrando que, en las dificultades, no le tiembla el pulso.

Es dudoso que los rebeldes tengan amistades tan sólidas.