Contextos

La guerra contra el Estado Islámico: cómo no ganarla

Por Rafael L. Bardají 

Estado Islámico
"Obama ha venido mostrando rechazo a la visión de su antecesor, George W. Bush, de entender el combate contra el terror como una auténtica guerra, con una clara componente militar, que no puede quedar en las solas manos de la CIA""El EI es un movimiento revolucionario que sólo encuentra su sentido desde el islam. Da igual la variante que se quiera. Responde a una corriente teológica y, por mucho que sus actos nos parezcan bárbaros, están plenamente legitimados para muchas de las autoridades religiosas que pueblan el islam hoy, ayer y antes de ayer"

¿Fueron los nazis unos monstruos? Sin duda, pero no por monstruos menos nazis. Creo que a cualquiera al que se le pregunte estará de acuerdo. Es más, pensará, con toda lógica, que menuda pregunta más estúpida: los nazis cometieron crímenes monstruosos porque, precisamente, eran nazis y su ideología les impulsaba a ello.

¿Qué tiene que ver todo esto con el EI y la guerra que el presidente norteamericano y una variopinta gama de aliados se han comprometido a llevar para eliminarlo? Pues muy sencillo, que hay que conocer bien quién y qué es el enemigo para poder vencerlo. Y durante esta última  semana hemos visto gravísimas equivocaciones al respecto que pueden hacer fracasar toda la operación.

La primera, la del presidente Obama, que ha caracterizado al EI como grupo terrorista. Ciertamente, en sus inicios el EI actuó como cualquier otra formación terrorista, pero muy pronto buscó algo que los terroristas no suelen hacer: el control del suelo y su administración. Económica, social y religiosa. A medida que su base geográfica se expandía, el EI se comportaba más y más como una insurgencia. Cuando a comienzos del pasado mes de junio se adentra en el norte de Irak y llega a amenazar Bagdad, creando un bastión mayor que el estado de Florida o cuatro veces la provincia española más extensa, y borrando físicamente con la fuerza de sus bulldozers la frontera de Siria e Iraq, era lógico que se planteara cambiar de nombre por el actual de Estado Islámico. Al fin y al cabo controlaba unos 80.000 kilómetros cuadrados, con su población y su aparato administrativo correspondientes. Suelo, gobierno y población han sido los tres elementos definitorios de todo Estado moderno.

Obama ha encarado la lucha contra Al Qaeda y grupos afines a través de operaciones especiales y ataques de aviones no tripulados. Esencialmente destinados a eliminar físicamente a sus cabecillas y principales militantes. En Yemen, en Afganistán, en Somalia… Ha sido una pauta motivada por su rechazo a la visión de su antecesor, George W. Bush, de entender el combate contra el terror como una auténtica guerra, con una clara componente militar, que no puede quedar en las solas manos de la CIA.

Ahora, la retórica de la Administración Obama ha cambiado un poco, y unos dicen que Estados  Unidos no está en guerra mientras que otros dicen que sí, en un claro mar de confusiones. Pero sí hay algo claro: el Pentágono ha hecho público que, desde agosto hasta comienzos de esta semana, la aviación americana ha llevado a cabo 162 sorties, esto es, salidas de sus aparatos. En cada salida se habría bombardeado posiciones de mortero, así como vehículos empleados por los militantes del EI. No resulta una cifra muy impresionante, sobre todo si se estuviera en guerra. Durante la primera guerra del Golfo, Estados Unidos operaba más de mil misiones al día (1.400 toda la coalición); en Kosovo, la OTAN gestionó unas 600 salidas diarias, y, más recientemente, en Libia, más de 200. Más o menos lo que Israel ha hecho en Gaza este verano. Tres o cuatro ataques aéreos al día no otorga mucha credibilidad a la voluntad de Obama de eliminar al EI. La línea roja de no enviar bajo ningún concepto tropas terrestres al combate, tampoco.

La guerra, como bien avisó Clausewitz hace siglos, es el enfrentamiento de dos voluntades opuestas y el deseo de imponerse la una sobre la otra por la fuerza. No es una frase baladí, porque lo que se deduce es justo lo que todos los historiadores militares deberían saber: que la victoria se produce cuando el otro se da cuenta de que no puede ganar. Ese es el verdadero punto de inflexión en todo conflicto.

Desgraciadamente, hoy por hoy, el EI, mientras pueda seguir presentándose como el Estado Islámico, seguirá creyendo –y esgrimiendo– que es el caballo ganador. De hecho, buena parte de sus fulgurantes éxitos de los dos últimos meses se debe, precisamente, al sentimiento de victoria que lo alienta. Y no hay nada más estimulante para el combate que saberse victorioso.

Por tanto, si de verdad se quisiera ser serio en la guerra contra el Estado Islámico, lo primero que habría que hacer es privarle del sentimiento de victoria. Éste es lo que ha causado el desplome de muchos de sus adversarios y, sobre todo, el paso a sus filas de muchos yihadistas que militaban en otros grupos; y, tampoco lo olvidemos, que crezca el número de admiradores que tiene en nuestro propio suelo y en toda Europa. Esto no se puede lograr solamente desde el aire. Y es más que dudoso que se logre se a las fuerzas terrestres iraquíes y kurdas sólo se les presta apoyo táctico. Los kurdos cuentan con la motivación, pero no con el número de efectivos y el equipamiento necesarios; el ejército iraquí tiene el personal, pero no la motivación.

Es más, el aviso de la Administración norteamericana de que esta campaña puede llevar hasta tres años plantea la posibilidad de una guerra de tan baja intensidad que difícilmente podrá hacer temblar a los dirigentes del EI. Para los yihadistas, el tiempo siempre juega a su favor.

El gran segundo error de esta semana lo ha dado David Cameron, el premier británico, quien tras la salvaje decapitación del cooperante David Haynes ha afirmado solemnemente que sus asesinos «son monstruos, no musulmanes». Muy en línea de lo que dijo Obama en su discurso del miércoles pasado, cuando tajantemente descartó que el Estado Islámico fuese en realidad islámico.

Es fácil jugar con las palabras. En buena medida, en eso se ha convertido la política contemporánea, pero la realidad es la que es. El Estado Islámico es un movimiento revolucionario que sólo encuentra su sentido desde el islam. Da igual la variante que se quiera. Responde a una corriente teológica y, por mucho que sus actos nos parezcan bárbaros, están plenamente legitimados para muchas de las autoridades religiosas que pueblan el islam hoy, ayer y antes de ayer.

Esta separación que los líderes occidentales hacen entre yihadismo e islam es lo más peligroso porque tiende a oscurecer el proceso que lleva a miles de jóvenes en Europa a rechazar ser parte de nuestras sociedades, simpatizar con las causas islamistas, apoyar a los grupos combatientes y, finalmente, formar parte de ellos y llegar, incluso, a inmolarse por su guerra santa. No podemos olvidar que más de la mitad de los combatientes del EI provienen de fuera de Siria e Irak. Nuestro vecino Marruecos cuenta con cerca de 2.000 combatientes identificados; más de 400 han salido de Francia; unos 700 del Reino Unido; un centenar de España.

El fenómeno de la radicalización, cada vez más veloz, no se debe ignorar. El problema de Cameron, a diferencia de Obama, no es el diagnóstico. Sus servicios de inteligencia y contraterrorismo llevan años advirtiendo de la amenaza. Cameron desliga islam y yihadismo porque teme que, si no lo hace, la población musulmana que vive en Inglaterra se revolverá y causará más problemas sociales. Pero así lo único que está logrando es silenciar a los moderados y dar alas a los extremistas y radicales. El grado de poyo al yihadismo no ha disminuido en este tiempo, sino que todas las encuestas muestran cómo sigue creciendo.

Negar que el Estado Islámico es exactamente eso, islámico, es conceder una victoria a nuestros enemigos, porque les lleva a creer que tenemos miedo a llamar a las cosas por su nombre, que les tenemos miedo. Y mientras eso sea así, se creerán los vencedores. Su brutalidad sólo tiene el sentido de inspirarnos más temor y paralizarnos. Para ellos su guerra no se gana o pierde por el balance de fuerzas a las que está habituada la OTAN, sino por el balance de debilidades. Y, actuando como actuamos, nos ven mucho más débiles que ellos. Por eso hay que corregir nuestro error. Y cuanto antes.