Contextos

La guerra asimétrica

Por José María Marco 

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"Entre las principales víctimas del conflicto entre Israel y la banda terroristas Hamás está Mahmud Abás. Al lado de Hamás, cuyos militantes se enfrentan a cuerpo limpio –canta la leyenda épica– a las ultramodernas fuerzas armadas israelíes, Abás parece un burócrata que anda suplicando un acuerdo de paz o, en el mejor de los casos, un mediador ajeno a los padecimientos de su pueblo""Netanyahu no tiene la menor intención de responder a las peticiones de que invada Gaza, peticiones que vienen de la parte derecha de su propio Gobierno. No quiere asumir la gestión de una situación difícil de gestionar, de la que son responsables los terroristas, que podrían haber invertido la ayuda que han recibido en otra cosa que misiles, armamento y túneles. En la medida de lo posible, se trata también de llegar a un alto el fuego con un enemigo abiertamente derrotado"

Por el momento, entre las principales víctimas del conflicto entre Israel y la banda terroristas Hamás está Mahmud Abás, presidente de la Autoridad Palestina. Aunque Abás ha estado desarrollando una intensa actividad diplomática, con viajes a Turquía y a Qatar, está desaparecido de la zona de combate y desconectado de la realidad de los 1.800.000 palestinos residentes en Gaza. Al lado de Hamás, cuyos militantes se enfrentan a cuerpo limpio –canta la leyenda épica– a las ultramodernas fuerzas armadas israelíes, Abás parece un burócrata que anda suplicando un acuerdo de paz o, en el mejor de los casos, un mediador ajeno a los padecimientos de su pueblo. Tampoco ha demostrado gran autoridad ni gran capacidad de negociación dentro de la propia Autoridad Palestina, y su acuerdo de gobierno con Hamás le pone en una posición difícil. Para colmo de males, ha conseguido llegar a este punto habiendo demostrado, en los años que lleva al frente de la Autoridad Palestina, que no está dispuesto a llegar a ningún acuerdo con Israel.

Hamás, por su parte, se está debilitando con el conflicto. Está gastando su fuerza de disparo y no tiene forma de reemplazarla. La red de túneles subterráneos, al menos en aquellos puntos en los que puede servir para hacer incursiones en territorio israelí, ha empezado a ser desmantelada. Está aislada internacionalmente, excepción hecha de los amigos de Qatar. No ha conseguido el acuerdo de paz que habría querido forzar y le habría permitido la apertura de las fronteras de Gaza –para la libre circulación de mercancías y personas–, la instalación de infraestructuras de transporte en la Franja y la liberación de presos por parte de Israel.

Tampoco ha conseguido, a pesar de todas las provocaciones y todas las maniobras, que la intervención israelí provoque, directa o indirectamente, una matanza importante que se pueda exhibir como demostración de la maldad intrínseca de Israel. Y sus propios intentos de llevar a cabo una matanza entre la población israelí, que es el objetivo perseguido con el lanzamiento de miles de proyectiles, tampoco ha tenido éxito. Ni se ha repetido la humillación que Hezbolá infligió a Israel durante el ataque masivo con misiles durante la Segunda Guerra del Líbano, con centenares de miles de refugiados israelíes. El único triunfo es resistir, lo que le está desgastando a toda velocidad.

El Gobierno de Israel, por su parte, no ha intervenido en Gaza con fuerzas terrestres hasta que no le ha sido absolutamente necesario para continuar con el trabajo de acabar con la capacidad de Hamás para sembrar el terror. Evidentemente, Netanyahu no tiene la menor intención de responder a las peticiones de que invada Gaza, peticiones que vienen de la parte derecha de su propio Gobierno. No quiere asumir la gestión de una situación difícil de gestionar, de la que son responsables los terroristas, que podrían haber invertido la ayuda que han recibido en otra cosa que misiles, armamento y túneles. En la medida de lo posible, se trata también de llegar a un alto el fuego con un enemigo abiertamente derrotado. 

Todo esto significa tiempo. Tiempo concedido por los Gobiernos democráticos occidentales para que las Fuerzas Armadas israelíes puedan acabar con la trama de terror de Hamás. Tiempo para que la opinión pública israelí no flaquee en su apoyo al gobierno. Y tiempo para que la diplomacia israelí encuentre la forma de llegar a un alto el fuego aceptable, sin precipitaciones como las que permitieron a Hamás sobrevivir 2009 y 2012.

Ese tiempo, en realidad, no lo tiene Israel. Lo tiene Estados Unidos, que puede forzar un alto el fuego en cualquier momento, y lo tiene Hamás, que lo puede aceptar también en cualquier momento. Israel está en una guerra asimétrica, que enfrenta un Estado con un ejército regular, que tiene que respetar las leyes de la guerra, a una organización terrorista que busca la muerte de su propia población civil como una forma de victoria. El terreno urbano en el que ahora se combate es el peor de todos, porque aumenta la posibilidad de bajas civiles, requiere un uso importante de infantería y ofrece a Hamás incontables oportunidades para la guerra sucia.

La asimetría no se refiere por tanto sólo a los medios. Se refiere a que unos –los israelíes– actúan según la racionalidad y los otros –Hamás– se mueven por otros motivos, no racionales (para nosotros). Saldrán muy mal parados del conflicto, pero para ellos eso no es una derrota. La razón de ser de Hamás no es la prosperidad ni la libertad de los palestinos. Es la destrucción de Israel. Y en esa tesitura los muertos no cuentan. Son mártires.

Parte de la opinión pública israelí piensa que el alto el fuego –que llegará– debería ser lo más generoso posible, y sin duda tiene razón. Ahora bien, por muy generoso que llegue a ser, no conviene engañarse al respecto. Por mucho que salga debilitada, e incluso que tenga que competir, a partir de ahora, con facciones yihadistas que ya llevan tiempo operando en Gaza, Hamás se ha hecho con el liderazgo de la opinión palestina: en la Franja, en Cisjordania y más allá. Es deseable que Mahmud Abás y la Autoridad Palestina entren a gobernar Gaza después de la debacle de Hamás, pero no se sabe cómo serán recibidos en la Franja. También en esto la guerra es asimétrica: los derrotados no aprenderán nada de la derrota.