Contextos

La Fiesta del Sacrificio

Por José María Marco 

Kefia palestina.
"Los palestinos de la parte oriental de Jerusalén están en una situación harto difícil"

Cada año, con el mes de septiembre vuelven los problemas en la Explanada de las Mezquitas, en Jerusalén. Esta vez han sido lo bastante violentos como para que el Gobierno israelí haya cambiado las reglas de intervención que rigen la conducta de las fuerzas de orden en la ciudad. A partir de ahora podrán recurrir más fácilmente a las armas de fuego, con lo que se corre el riesgo de una escalada de la tensión.

Hay quien ve en estos hechos la continuación de una nueva intifada que se inició hace un año, cuando Israel intervino en Gaza para acabar con el lanzamiento de cohetes sobre territorio israelí (también sobre Jerusalén).

Hay quien ve otros motivos. Como cada año, Mahmud Abás intervino ante la Asamblea General de la ONU la semana pasada. Las imágenes de los desórdenes y de las Fuerzas Armadas israelíes, entre las mejores del mundo, reprimiendo a unos muchachos palestinos sin más armas que unas cuantas piedras realzan siempre esta bien publicitada pieza oratoria en la que el líder palestino no escatima el tono antisemita, ni los mensajes inflamados ni la retórica de altos vuelos melodramáticos.

El calendario de festividades, que casi hace coincidir la Fiesta del Sacrificio (Eid al Adha) con el Nuevo Año judío (Rosh Hashaná), es también un buen momento para movilizar a los jóvenes palestinos y volver a mostrar al mundo la dureza de la represión israelí. Era (y es) una festividad de reconciliación y perdón en recuerdo de la anulación del sacrificio del hijo de Abraham. En Jerusalén se ha ido convirtiendo en el pretexto de algo muy distinto. Como Rosh Hashaná se celebra por estas fechas (este año justo a mediados de septiembre), también hay un posible motivo de conflicto por la afluencia de fieles judíos al Templo. La tensión ha aumentado con la decisión del ministro de Defensa, Moshé Yaalón, de ilegalizar dos grupos musulmanes que venían operando en el Monte del Templo, por el carácter violento de sus actuaciones.

También se habla de otro motivo, la situación de las relaciones entre Hamás e Israel. Hamás parecía esperar que la presión internacional obligara a Israel a negociar después de los enfrentamientos en Gaza. No ha ocurrido así, y el Gobierno israelí no va a abrir negociaciones sobre otros asuntos, más allá del cese el fuego, de orden coyuntural.

Tras estos hechos está la situación de los palestinos en Jerusalén Este, cada vez más asfixiante. La realidad de una situación dramática, bien documentada en la prensa israelí, tiene también otra interpretación. El motivo de la desesperación que lleva a los jóvenes palestinos a enfrentarse a las Fuerzas Armadas israelíes, la razón por la que los residentes de Jerusalén Este sienten que no tienen nada que perder, como ha titulado Haaretz, no está sólo en el lado israelí. También está en la realidad interna de Jerusalén Este y, en general, de Cisjordania, con un contraste cada vez más acentuado, y particularmente dramático para los jóvenes, entre un territorio israelí cada vez más dinámico, más próspero y más globalizado y una Cisjordania bloqueada, sin futuro, encerrada en su propio conflicto.

Jerusalén es una de las muy escasas realidades que ponen de acuerdo a casi todos los musulmanes. Ahora bien, en vez de ser un acicate para el diálogo, el acuerdo y el progreso, esto se ha convertido en una maldición para los palestinos, obligados a desempeñar el papel de rehenes de un ideal en contradicción con los enfrentamientos que sacuden el mundo musulmán. Los palestinos conocen bien el papel al que se les ha condenado. Que esta intifada de relativa baja intensidad cobre más dramatismo con la fiesta anual del Sacrificio resulta una metáfora siniestra.